Shock en Viajes: #4 El abrazo del Ruso

15:39
Estación de tren de Kazan. 



Llegamos a la estación de tren de Kazan a las 8 de la noche. Ya estaba oscuro desde hacía un rato, porque el otoño comienza a cerrar los días en Rusia como en todos lados, alrededor de las 6. Decidimos ir temprano a esperar el tren para que no nos agarre la noche divagando por las calles. 


Si bien me sentí segura en todo momento, hay un fantasmita que hace que prendamos el botoncito de alerta que nos aleja sin darnos cuenta de la realidad. Es un hecho: no importa en que parte del mundo estemos ni cuantos kilómetros hayamos acumulado a lo largo de estos años en viaje, siempre el fantasma del miedo aparece y nos enfrenta a la cultura que tenemos delante.


¿Está bien? ¿está mal? ¿somos demasiado prejuiciosos? No podría dar una respuesta certera a estos interrogantes que siempre termino por hacerme;lo que sí sé, es que todos los días desde que me di cuenta que no podía vivir con miedo a todo lo que me es ajeno o diferente; respiro hondo y trato de encontrar en eso desconocido algo familiar para poder disfrutar del mundo y su totalidad. No es un ejercicio fácil, requiere que ponga mucho empeño en darme cuenta que lo que tengo enfrente no me va a dañar; y no me culpo ni me victimizo por las veces que salí corriendo. ¿Cómo no tener miedo cuando crecemos creyendo que que todo te puede hacer daño, que no hay que saludar a extraños, ni vestir minifalda si vas a salir a caminar?. ¿Cómo no tener miedo si cuando entras en la adolescencia muchos extraños se asoman desde la ventana para gritarte  o te encierran contra una pared en la calle para no dejarte pasar. ¿Cómo no tener miedo, si el solo hecho de pensar en compartir el camarote del tren con 2 hombres presuntamente borrachos, hace que cualquier mujer tiemble hasta los huesos y quiera salir corriendo? 


Luchaba en silencio contra estos pensamientos intrusivos, que no me dejan discernir la fantasía de la realidad. Lo hacía en silencio, para no cargarle a Mariano mis miedos. Ya bastante tenía él con los propios, y se que son muy pocos los que logró compartir conmigo, estoy segura que dentro suyo luchaba en silencio con la misma entidad de pensamientos intrusivos que tenía yo. Solo que no podía saberlo, porque me esmere todo el tiempo en ser fuerte. No quería permitir que algo como el miedo arruinara mi viaje. Soñé con recorrer Rusia en tren durante muchísimo tiempo, y ahora que estaba ahí viviendo y haciendo realidad ese sueño, no quería sufrir por nada ajeno. 


Estación de subte en Moscú. 


El viaje de Kazan a Ekaterimburgo duró unas 16 horas. El tren llegó a la estación a las 20.20 y diez minutos más tarde estábamos saliendo. Siempre puntual, siempre impecable.


Presentamos nuestros boletos y pasaportes al guardia de la tercera clase, en el último vagón del tren; sin antes chequear quienes nos acompañaron. El miedo y el prejuicio siempre llegan antes que vos a cualquier parte. 


Subimos por la escalerita y empezamos a caminar hacia el final del vagón número 6. Nos tocaron las camas 42 y 43, una arriba y una abajo, al lado de la puerta que comunica con el baño compartido del vagón. 


Éramos los bichos raros. Una pareja de blanquitos desalineados que viajaban con poco equipaje y una bolsa de comida en la mano. Nuestros compañeros viajaban en grupos grandes: familias, amigos, todos con muchas bolsas y equipajes. Los trenes que recorren la línea del mítico Transiberiano, llevan consigo a pasajeros que se trasladan durante varios días para llegar a sus casas o su trabajo. Son trenes que comunican a Rusia de punta a punta, y a diferencia de lo que estamos acostumbrados en occidente, es la vía de comunicación más importante y concurrida de este gigante. 


Transiberiano


Guardamos las mochilas bajo mi cama y nos sentamos agarraditos de las manos. Mariano me miraba con dulzura mientras yo me hacía la fuerte. La verdad es que todo era tan ajeno que no podía evitar querer bajarme y comprar un pasaje en otro tren, para no tener que dormir rodeada de extraños en un vagón abierto al mas allá. Sentía el olor a cigarrillo y vodka correr por los pasillos. Había música de fondo y de vez en cuando risas y alguna niña que iba con su madre y su burka al baño una vez más. 


Uno de nuestros compañeros de catre se presentó simplemente realizando un movimiento de cabeza, como asintiendo. Guardar su mochila, se bajó los pantalones, y se puso un jogging. Subió a su cama y no supe más nada de él. 

El otro muchacho decidió que mejor tratábamos de comunicarnos. No hablaba inglés, y nosotros no hablamos Ruso, asique hicimos uso de las señas, dibujos con el dedo sobre la mesa que nos separaba y el lenguaje universal de los videos y las risas tan propias de quien no puede entender lo que está sucediendo. 


Me gustaría recordar el nombre de nuestro compañero, pero me es imposible hacerlo. Nuestra conversación pasó por diferentes estadios: nos presentamos, cada uno dijo su nombre y señalo su pecho, sin entendernos. Luego hablamos de nuestra nacionalidad, era obvio para este sujeto que éramos forasteros: “Argentina”, dijimos al unísono con Mariano, mientras nos miraba sin entendernos. No le importo, dibujó un mapa con su dedo en la mesa, mientras intentaba expresar de dónde venía y hacia dónde iba. Nadie comprendía nada, todo eran risas forzadas y un grado de incomodidad por no saber como expresarnos frente a este extraño que se esmeraba por hacernos sentir acompañados. 


La noche se tornó más rara cuando nos mostró en su celular cómo pescaban los chinos en un puerto cercano a quien sabe dónde. De los peces pasamos a un video militar, donde un grupo de soldados rusos desarmaba y armaba un tanque de guerra en un abrir y cerrar de ojos.  No supimos que responder a estas enseñanzas, nos mostraba su videos con tanto orgullo, como quien saca de la billetera las fotos de sus nietos para contarte porque late su corazón. 


Mariano tomo la cama de arriba, mientras yo me recostaba abajo. Puse en el celular un poco de música para relajarme y el tapa ojos para que la luz de la mañana no me despierte al alba. Me dije que todo iba a estar bien, nuestros compañeros parecían más que agradables, y los demás pasajeros estaban cada uno en su mundo, sin pasar a sonreír.


Estaba dormitando, cuando siento que algo me cayó encima. Me desperté de un sobresalto, pero no fui capaz de moverme ni defenderme, o levantarme para ver que es lo que estaba pasando. Cuando logré reaccionar, consumida por el miedo propio de que algo te despierte a mitad de la noche en un tren lleno de pasajeros extraños en Rusia, veo que Mariano colgaba de la cama de arriba y tiraba manotazos a nuestro Ruso de al lado. Me saco el tapa ojos y veo que sobre mis pies había una frazada, y cuando logro entender lo que pasaba le grito a Mariano: “tranquilo amor!, me estaba tapando!” 


Nuestro Ruso se sienta en su catre y nos mira sin entender nuestra relación: era de noche y hacía frío en el tren y claramente él considero una buena idea levantarse a buscar mantas para taparme primero a mi, y luego a Mariano. Yo me desperté cuando el Ruso puso la manta sobre mis pies y Mariano vio como a mitad de la noche un hombre se me acercaba borracho. Después de taparme a mi, agarró otra manta mientras ignoraba los manotazos que tiraba Mariano desde arriba de mi cama. Sin despeinarse o tambalearse, abrigó a Mariano y se sentó a observarnos. 


Pude ver en la oscuridad como sonreía y su rostro se iluminaba. Levantó los pulgares y se frotó los brazos, como diciendo: “hace frío amiga, los tape y ahora están bien”. 


Mariano me pregunto si esta todo en orden ahí abajo. Le dije que sí, que se quede tranquilo que el Ruso simplemente nos estaba cuidando. 


Se que Mariano tuvo miedo esa noche miedo. Y yo también. Pero ahí,  acostada en un tren en el medio de Rusia, entendí que los extraños pueden tener grandes actos de amor que a veces no estamos listos para entender.


A la mañana siguiente vimos al Ruso impecable, hasta parecía que se había dado un baño. Su ropa, sus uñas, su pelo y barba lucían mejor que nosotros. No quedaba rastros de las botellas de vodka que se había bebido en el pasillo del tren con los vecinos, y no se percató del miedo que nosotros tuvimos cuando nos encontramos con su cuerpo gigantesco apoyándonos durante la noche anterior. Le hicimos una sonrisa y bajamos en la estación de Ekaterimburgo, pero pasaron unos cuantos días hasta que pudimos analizar y comprender lo que nos había pasado. Todavía hoy, a casi un año de ese viaje en tren, me sigo preguntado si todo lo que viví y fui aprendiendo en el camino es verdad, porque les juro que de a ratos siento que fue otra vida. 



San Petersburgo.


Mucho dicen de este pueblo golpeado por la guerra, las luchas de poder y la historia hambrienta. Lo que nadie dice es que más allá de todo eso, existe en su realidad una gran bondad, un sentido común tan grande y noble que no vi en ningún otro lugar. Como puede ser que nos haya resultado extraño y ajeno que frente al frío alguien nos tape? Mirando hacia atrás, solo puedo sentir el calor de la manta y su sonrisa triunfal, porque sabía que su verdad era más fuerte que nuestro miedo, y que su accionar no nos iba a causar ningún mal. 


El abrazo del Ruso fue un shock tan grande que aun lo trato de procesar. Todos los días, desde aquella noche, tratamos de no ser ajenos a lo que nos pasa al lado: estrechar una mano, dar cobijo a quien te dice que tiene frío, comprar un chocolate caliente al chico que veo en la esquina cuando voy al super todos los días. Mariano logró accionar más rápido que yo, empujado por el miedo saltó a defenderme y del mismo modo, cuando entendió la importancia de mirar a los costados y no centrarse solo en uno mismo, accionó de nuevo. Yo sigo aprendiendo. Sigo despojándome de miedos a diario y aprendiendo que no todo el mundo quiere hacer daño. 


El abrazo del Ruso fue un mimo a mi alma asustada, fue la lección que necesitaba para seguir adelante y reforzar que el mundo no es lo que nos contaron que era, sino lo que tenemos enfrente de nuestros ojos dañados por el mecanismo de defensa que nos obliga a parecer ausentes. 



Mariano, yo, nuestro amigo holandés Zep y nuestros guías en el lago Baikal.


Shock en Viajes: #3 Las piedras de Niza

14:42

Niza, marzo 2019.



La experiencia de dejarlo todo para irme a vivir el mundo y aterrizar unos cuantos meses en Dinamarca, hizo que me re-enamore de la vida y me dio el empujón que me faltaba para deconstruirme y construirme una vez más. 

Mi sonrisa por aquel entonces era gigante, digna de quien cree que todo lo que hace le proporcionará solo felicidad. Pero tan ocupada estaba en mi sonrisa, que olvidé por completo mirar mas allá de lo que en verdad implica tener una gran sonrisa en la cara. Olvidé que a veces es necesario llorar para que ésta vuelva a tener su lugar. No todo lo que brilla es oro y no todo lo que sonríe de manera gigante es real. Creí, casi en un nivel de ingenuidad absoluta, que todo podía ser paz y felicidad, que podía andar por el mundo haciendo lo que quisiera, que el verano era eterno y nadie más que mi voluntad manejaba lo que podía pasar. 
Lo que no me esperaba era el shock de lágrimas atoradas que tenía por delante, una vez que decidiera volver a volar. 

La visa de Dinamarca se nos vencía en febrero de 2019. Nos fuimos un mes antes, un poco porque yo no conseguía un trabajo estable para pasar el invierno, y otro poco porque no podíamos seguir estirando algo que al fin y al cabo iba a terminar. Fue una decisión difícil: dejar nuestra vida danesa llena de amigos y muchas oportunidades, es algo que al día de hoy seguimos refutando. Siempre extraño Dinamarca y la Marina que se despertó y vibró mientras bicilceteaba sin rumbo con el Báltico a un costado y los miles de canales con patos atrás. 


Llegamos a Buenos Aires un 6 de enero de sorpresa para nuestros amigos y familia. Obviamente todo fue alegría, juntadas, un exceso de energía y gratuidad acumuladas. Abrazos, besos y nuevas despedidas, porque en menos de un mes desde que puse un pie en Argentina por primera vez después del gran viaje, estaba comprando pasajes para volar una vez más. Esta vez el destino era Francia. Sabía que no me esperaban mis amigos del otro lado, no tenía trabajo ni casa, no conocía el idioma o las dificultades que iba enfrentar. Pero nada importaba entonces, porque sentía - y tenía - la vitalidad y la energía de quien cree que puede llevarse el mundo por delante, así sin más. 


Aplicamos a la visa de Francia el 6 de febrero, el 20 tuvimos el ok del Consulado y el 26 a la noche nos subimos al avión con destino a nuestra nuevo hogar. ¿Qué paso en el medio? Un torbellino de emociones que al día de hoy estoy tratando de procesar.


Sorbo amargo de verdad:


Me acuerdo que una de esas tardes de verano - entre que aplique a la visa y me tome el palo - estaba en lo de mi viejo con Mariano y mis hermanos. Entre mate y aire acondicionado, Trini nos muestra sus fotos de un verano en Niza. Me quedé helada. Entre lo turquesa e imponente del mar y la belleza de su cara de felicidad, había nada más y nada menos que unas enormes piedras. 

Vista de Niza desde el Castillo


- ¿Esas son piedras? - Le pregunté. 
- ¡Si! - Me contestó con la sorpresa e ingenuidad que caracterizan a alguien que se acaba de dar cuenta que destrozó de un plumazo el sueño de un verano haciendo angelitos en la playa con vistas al mediterráneo. 
¿No sabías que la costa de Niza está llena de piedras?¡esa playa es inventada! - Continuó, rompiendo en pedacitos más chiquitos mis esperanzas...
- No. No lo sabía - le dije, mientras quemaba en mi garganta el sorbo de mate caliente y amargo que acababa de tragarme así, como si nada.

La verdad es que nadie sabia por lo que yo estaba pasando: me fui de Dinamarca con la tristeza de quien deja al amor de su vida y no sabe cuándo lo podrá abrazar otra vez. Llegue a Argentina con la felicidad de ver a mi familia, a mis amigos y a Bea de nuevo, y saque la visa de Francia con la idea de vivir en la playa; de andar en bicicleta por pueblitos de montaña y mojar mis cachas en el mediterráneo todo el dia. Pero no se me ocurrió, en ningún momento, investigar un poco más si eso que mi mente despierta y agitada por la alegría de estar cumpliendo el sueño de su vida de viajar sin parar, podía tener alguna cosita que frenara la felicidad. 

Mejor dicho, no se me ocurrió dejar de soñar para detenerme a pensar si aquello que mi alma agitada sentía y vibraba era real o había algo que estaba empujando despacito y de a poquito, desde el fondo con ansias de sacar las garras y ponerle nombre y apellido al fantasma que había querido olvidar entre viajes y nuevas amistades. 

¿Alguna vez pensaste que detrás de una gran sonrisa bien puesta puede haber un fantasma alborotando el avispero y desempolvando recuerdos de tempestad? Les confieso, amigos míos, que todos los días trabajo fuertemente abrazar ese fantasma que despertó aquella tarde de verano las piedras de Niza entre mate amargo y aire acondicionado.


Una piedra en mi espalda:

Niza

Antes de subirme al avión con destino directo a Niza, ya estaba llorando en el baño del aeropuerto, escondida de todo aquello que comenzaba a perseguirme sin darme la mano para caminar despacio. Mariano no entendía lo que comenzaba a pasar. Yo tampoco. Pero desde antes de salir de Ezeiza, las piedras de Niza comenzaron a ser un dolor constante en mi espalda. Estaba enojada antes de llegar, por haber elegido un lugar con piedras en vez de arena para vivir en la playa. 

Lo primero que hicimos al despertar en nuestro departamento del 4to piso en la Vieja Niza, fue ir a comprobar como era la playa. Ya conocen la historia: vi las piedras desde lejos, como riéndose de todo lo que comenzaba a hacerse realidad en la vida de esta viajera empedernida y obstinada. Yo solo quería olvidarme y vivir mi vida, las piedras venían a recordarme que todo lo que no se extirpa, crece y se hace mas fuerte. 

Tuve que comprarme unos zapatitos especiales para poder meterme al mar. Si. Durante mi vida en Niza no pude caminar libremente por la playa, ni nadar, sin ponerme mis zapatos de goma fucsia, que compré especialmente para que mis pies brillaran y no dolieran al pretender descansar tirada en el agua después de una larga jornada laboral. 



A mi me frustraba el hecho de no poder andar en patas por la playa. Mariano compraba una reposera porque las piedras le hacían doler la espalda, y otros amigos iban a la playa con mats o almohadas infladas. Las piedras de Niza se hacían presentes y protagonistas en todas las charlas pre mateadas. Quizás nadie lo decía abiertamente, pero a todos nos molestaba el hecho de sentarnos en la piedra caliente y fingir que nada pasaba. Y mientras tantos, nosotros dos pasábamos las tardes peleando. Y nadie lo sabía, porque nadie lo decía. 

¿Pero que es lo que en verdad me estaba pasando? El relato de las piedras hoy queda anecdótico después de haber atravesado descalza cada una de esas piedras que me quemaban y me hacían arder la piel. 


Piedra libre para el Shock:

Estábamos peleando. En Niza peleamos mucho, a veces sin sentido, a veces con sentido diluido, desvirtuado, entrelazado. Mientras discutíamos yo hervía el agua para el mate. Teníamos un solo día libre en la semana y solo quería ir a alguna playa a sentar el culo en las piedras de turno que me fueran a sostener. Recuerdo que Mariano salió a fumar y yo me quedé mirando la pava, como acostumbro cada vez que algún pensamiento invasivo se apodera de mi y se hace carne. Los recuerdos de los gritos de la infancia me amedrentaron, deje deslizar realidades que fueron parte de mi carne y no me pertenecían, deje deslizar lágrimas del pasado que necesitaban bailar sobre mi cara una vez más. Esta vez el recuerdo era diferente y me había llevado a esconder parte de nuestras cosas, vaya uno a saber por qué. Lloré tras un grito aislado, mientras me dejaba caer en el piso de la cocina y esperaba que asomara Mariano. 

No entendía nada. Le conté lo que estaba recordando y me disculpe por dejar que prácticas de cabotaje ancestrales se adueñaron de mi y me inhabilitaran a ser feliz. Nos abrazamos fuerte, mientras la pava chillaba porque el agua ya estaba. 

Nos quedamos en silencio, un poco enojados, un poco frustrados. Un poco sabiendo que esto recién empezaba. Pero el silencio tenía que adueñarse de una escena que no le era propia para dejarme respirar y disfrutar de las piedras que me estaban esperando cuatro cuadras más allá. 



Nos fuimos a la playa con la mochila a cuestas: una mochila de piedras ajenas que volvía a asomar, un fantasma que se había hecho presente para acariciarme los ojos color cielo y decirme que lo tenía que abrazar. Que si no lo hacía, se iba a encarnar en mi presente y no me dejaría avanzar. 

No me quedó otra opción que retomar terapia para lograr abrazar a mi fantasma y darle el paso a su disolución. Entre piedras calientes y un verano efervescente, sané una vez más. Le abrí la puerta a los fantasmas que había dejado rumiando en la profundidad de mi ser, mientras disfrutaba de mi vida en viaje y sonreía sin saber que en realidad me esperaba el shock de piedras en la cabeza para empezar a ser feliz otra vez.

Si no logré disfrutar a pleno de Niza fue porque estaba amigándome, luchando y durmiendo con mis fantasmas de la infancia, esos que todos tenemos pero a veces no nos damos el lujo de dejarlos volver a bailar de nuestra mano o salir a jugar. 

Y qué importante es dejarlos salir, hacer el quilombo que crean necesario, hacer ruido, gritar hasta el hartazgo, hasta quedarse sin voz ni voto en nuestro pequeño espacio corporal. ¿Que hubiese pasado ese día de peleas con mariano, hubiese hecho caso omiso a ese fantasmita que estaba listo para jugar? No lo se, porque las burbujas de la pava en ebullición me distrajeron de la fuerza que estaba haciendo para mantener una sonrisa gigante en mi cara, y se abrió camino el señor fantasma, cabalgando las lágrimas que lo llevarían a coronar a las reinas angustia y realidad.

Ya pasó un año desde que comencé este nuevo proceso de descubrimiento interno. Un año en el cual termine agradeciéndole a las piedras de Niza por haberme quemado los pies y darme un pequeño dolor de espalda. Porque más allá del shock de no poder correr en patas, me pude enfrentar a ese fantasma que tanto me acechaba. 

Ahora mi sonrisa es más real que dos años atrás, porque la estoy recomponiendo después de jugar y bailar con mis fantasmas. No creo que se hayan ido del todo, a veces los siento presentes, pero esta vez voy a estar más preparada para recibirlos, y no les voy a permitir shockearme con piedras calientes o arruinar mi vida en viaje. 

Mala Beach.

Hoy entiendo que las piedras de Niza vinieron a decirme que no tenía que correr otra vez. Necesitaba caminar despacio y con cuidado entre las piedras, para sentarme a ver el mar y enfrentarme al fantasma con aire de grandeza. Con amor y con respeto, lo voy a desarmar para que no vuelva a aparecer...

Shock en Viajes: #2 El Shock del Panda

15:10

Centro de Conservación de osos pandas.


“¡Mira gorda, hay un panda!”, me susurró Mariano de cerca para no molestar a esos pequeños gigantes que comenzaban a desperezarse y dar vueltas entre la hierba y los árboles como seguramente hacen cada día a las 9 de la mañana. 

En los últimos dos años, convertí mi vida en una especie de show, invitando a quienes conozco - y a los que no - a ser partícipes activos de mi cotidianidad. Así es como, desde que me levanto hasta que me voy a dormir, mantengo a quien quiera seguirme al tanto de lo que veo, vivo y siento. La premisa es no inventar; tampoco oculto lo que no me gusta y evito no compartir aquello que me hace mal.
Pero algo me dijo que la visita al mundo de los Pandas en China tenía que esperar unos meses para poder compartirla con el resto del mundo. 
Necesitaba procesar lo que vivi, entender donde había estado y, sobre todo, como había llegado hasta allí. 

Centro de Conservación de Osos Pandas Gigantes: 

Para tomar la decisión final de si íbamos a ir o no al Centro, hice la investigación pertinente al caso: leí blogs, charle con quienes habían ido sobre su experiencia. Leí lo negativo y lo positivo de cada uno de los que me contestó. No se si sabían, pero desde China es muy difícil acceder a blogs y páginas webs como estamos acostumbrados a hacerlo en el mundo occidental, así y todo, logré encontrar algunos sitios oficiales de los santuarios, leer ciertas experiencias que aparecían en esas webs y hacerme una idea de lo que estaba por vivenciar. 

Yo quería ver pandas, pero en su hábitat natural. No quería ir a un zoológico atiborrado de gente, o hacer fila para sacarme una foto con el pobre animal acorralado entre gritos de turistas y los flashes de las cámaras. No quería exponerlos ni exponerme a ser parte de una actividad con la cual no comulgo más. Porque no voy a ser hipócrita, crecí en un mundo en el que es normal ir al zoológico, sacarte foto con los delfines o alimentar al elefante que misteriosamente estaba en Buenos Aires o Luján. Pero por suerte, esa normalidad con la que crecí está mutando y hoy soy parte de los que luchan por el cambio. Voy despacio, a mi tiempo, porque son muchas creencias las que hay que mutar. Son muchas las costumbres y actividades que tengo que cambiar, pero lo estoy haciendo y es lo que al fin y al cabo, cuenta.  

En fin, ya con toda la investigación realizada, llegue a la conclusión de que lo único que podía hacer era ir a la reserva natural que está a 10km de la ciudad de Chengdu. Al ser la más cercana al centro, me imaginé que podía ser la más concurrida, pero así y todo necesitaba ver con mis propios ojos de que se trataba todo esto que me tuvo en vela durante tanto tiempo. Ya estaba saturada de información y experiencias ajenas. Era hora de vivir en carne propia lo que sea que pasaba en ese Centro de Conservación. 

El Shock del Panda: 

Tomar el subte en China es un placer: todo está señalizado en ingles, por lo que es fácil moverse. La parada de subte en la que hay que bajar para luego tomar el colectivo que te lleva al Centro de Conservación se llama Panda, por lo cual no fue difícil organizarnos antes de salir. 
Cuando bajamos del subte sentí que estaba en una película. Desde el minuto cero todo se convirtió en un show: gente vestida con gorros, remeras, medias y hasta polleras con dibujos de pandas. La estación de subte decorada con pandas y al salir, colectivos amarillos con figuras que te llevaban una vez que comprabas tu entrada en el shop. 

Quisiera que puedan ponerse en mi lugar: estaba en China. Llegue hasta ahí cumpliendo el sueño de hacer la ruta del Transiberiano. Cruce Rusia y Mongolia en tren, y después de mucho tiempo de investigación, estaba por entrar a una reserva natural a ver pandas. 


Lo primero que hice fue sacar el celular para filmar. Y mientras lo hacía, empecé a llorar, mezcla de emoción por aquellos animales hermosos que estaba admirando y mucha tristeza y frustración al entender en dónde estaba. Mariano me miro con carita de desconcierto, y me di cuenta que a mi alrededor todos empezaban a hacerlo. Me trate de calmar mientras caminaba y me obligue a retener las lágrimas que querían seguir fluyendo.

En mi cabeza la historia tenía que ser otra: me imaginaba un lugar seguro, tranquilo y silencioso. Me imaginaba a quienes íbamos a ingresar en silencioso, con mucho respeto. Imaginaba que quizás, subíamos a un jeep para ir recorriendo y ver desde lejos como era la interacción y vida de los pandas. Nada de esto fue así. 

Desde el bus amarillo con fotografías de pandas, aquella imagen armoniosa que había inventado comenzó a desvanecerse. En su lugar, aparecieron las cámaras con flashes vibrantes, los gorros de colores y los gritos de la gente. 



Desde el ingreso al Centro se vibraba un ambiente diferente: “esto parece Disney”, le dije a Mariano después de darme vuelta y ver a mi alrededor a miles de personas disfrazadas de pandas y elevando la voz con tonos eufóricos, el mismo tono de quien está por ingresar a un parque de diversiones. 

Adentro la cosa no era muy diferente, existe la opción de comenzar a caminar e ir siguiendo el mapa que te dan en el ingreso con los diferentes puntos a destacar, o hacer colas eternas para subirte a un jeep que te ahorra los 15 minutos de caminata. Nosotros caminamos. En China algo muy importante a destacar es que la mayoría de las personas eligen hacer colas, así que si decidís evitaras vas a ir más tranquilo. 



En esos días de investigación, charle con muchas personas que me recomendaron que vayamos temprano, antes de las 9 de la mañana, para que podamos ver como iniciaban los Pandas su día. Pero, al llegar al primer punto, se me freno un poquito el corazón: cuando vi a esos osos gigantes revolcarse y amontonarse mientras todos a su alrededor gritaban, no pude evitar llorar. 

También llore, y me enoje, cuando vi a mucha gente intentar despertar a los pequeños pandas. Que pasan la mayor parte del día durmiendo, jugando o comiendo. Que pasan su día a día, su vida, haciendo monerías y revolcándose entre sus hojitas para quien vaya a verlos. Saben que sensación tuve durante toda la visita? Que nada de lo que estaba viendo era real. Parecía que estaban entrenados para jugar como jugaban, comer como y cuando comían. Incluso, parecían estar entrenados para dormir a pesar de los gritos de quienes caminaban a su alrededor. 



Y tengo que admitir, por más de que llore de nuevo mientras les cuento esto, que es así. El Centro de Conservación de los Osos Pandas Gigantes se encarga, entre otras cosas de la reproducción del panda. Pero lamentablemente esto no termina acá: hay todo un show montado alrededor del animal, que termina en miles y miles de personas al día gritando alrededor de la reserva cuando ven a los pandas aparecer (como si esto fuera por arte de magia). No los juzgo, solo trato de comprender y acercar este mensaje a todo aquel que quiera leerlo y tratar de cambiar esto.

Una vez más, como casi todos los días en China, me sentí en Disney. Solo que esta vez, esa sensación de adrenalina que te da estar disfrazado de princesa o de panda y jugar, no tenía lugar. Tratar de caminar por una aglomeración de gente sacando fotos y gritando al ver tras de un vidrio la incubadora de un panda bebé, no tenía lugar. Andar en un carrito que hace ruido, comiendo cantando y silbando, mientras sigo a los gritos al ver al panda comer, no tenía lugar. Ahí es cuando pierdo la fe y rompo en llanto. 

Todo lo bueno - quisiera poder creer- que hace el Centro por una especie en peligro de extinción, se ve desarmado, roto y enterrado al abrir las puertas y dar espacio y permiso al show. 

Termine sintiendo que el panda estaba entrenado, porque lo vi jugar, lo vi comer, lo vi dormir. Y cuando quise salir corriendo, la marea de gente me llevo hacia la incubadora, donde miles y millones gritaban al lado. Y al doblar a la esquina para seguir buscando la salida, veo el corral donde un panda gigante está acostado. Un lugar tan pequeño, oscuro y siniestro, que no me dio lugar a pensar en nada más que salir corriendo. 




Solo espero que esto de verdad algún día nuestra forma de vivir el mundo cambie. Por mi parte, desde que inicie el viaje, empece a informarme para poder modificar mis hábitos de consumo y colaborar con el desarrollo y la comunicación para que vivamos el turismo de manera responsable. Creo que el camino hacia una sociedad más responsable, empatica y amorosa con el otro, es la única forma de cuidar nuestro mundo.