Shock en Viajes: 12 - Vomité en el mar

12:45

 

Tailandia.

Destino final: 

Estábamos en el aeropuerto de Hong Kong cuando nos enteramos que no podíamos volar a Vietnam, un destino al que quiero ir desde que tengo memoria: tengo como un deseo muy arraigado de caminar por sus calles, explorar las cuevas, navegar sus ríos y conocer su gente en profundidad. Debe ser lo que me ha taladrado mi viejo con la historia, con la guerra, con la defensa que supieron implementar de manera estratégica y brillante frente a un mundo que los pretendía hundir y olvidar. 

No pudimos volar a Vietnam y la frustración comenzó a golpear la puerta. Ahí estábamos, cansados de tanto viaje, con hambre y ganas de cambiar de paisaje, cuando empezamos a pelear. Si volvíamos a Hong Kong se nos acababa el viaje, porque los precios que se manejan acá ya estaban achicando nuestro presupuesto destinado a disfrutar sin trabajar. En eso estábamos, entre pelea y un llanto que parecía asomar, cuando se me ocurrió abrir la aplicación de pasajes y ver que destino estaba bien barato ese día para aprovechar. 

Che amoroso - le dije a Mariano - mirá los vuelos a Tailandia, nos podemos ir en 5 horas y tirarnos en la playa a relajar. Así fue como gracias a las recomendaciones que me empezaron a dar por Instagram (quien es el que dice que las redes no son un buen puente?) terminamos en Phuket esa misma noche para luego cruzar en Ferry a Koh Tao, donde el viaje terminaría dando un rumbo impensado.

 

Bella Tailandia: 



Llegamos a Phuket a las 12.30 de la noche, con un calor agobiante, un cansancio increíble en el cuerpo y la sensación de estar en un globo de aire caliente. Una sensación de agobio que nunca voy a olvidar. Nos paso a buscar el dueño del "resort" que habíamos alquilado, y nos llevo a la casa casi sin hablar. Nos dieron agua de coco para calmar el calor y engañar al estomago y nos dejaron en el cuarto que teníamos destinado con una gran sonrisa y un gesto hermoso con sus manos, que no indicaban otra cosa mas que "bienvenidos a mi hogar". 

Hasta ese entonces solo sabíamos que Tailandia era barato y que tenia altas playas para disfrutar. Lo que no sabíamos era que caímos en época de Monzones y que Phuket es un destino destinado prácticamente a la joda, la droga, la prostitución y los gringos desquiciados. Tampoco estábamos al tanto de que una gran parte de la población es musulmana, que andar en moto por la montaña es espectacular y que su gente,  los Thai en general, son increíblemente amables, dedicados y sonrientes. 


En moto por Phuket


Estuvimos en Phuket unos días, tratando de ver como reconfigurar un viaje que no teníamos planeado: tratando de descifrar que teníamos ganas de hacer y sobre todo que posibilidades teníamos en la mano. Así fue como (y otra vez, gracias a las recomendaciones que me dieron en Instagram) nos pusimos a investigar sobre el buceo en Koh Tao. Compramos el pasaje en Ferry, hicimos la reserva en el hostel que mas me recomendaron, y nos fuimos con nuestros 7kg a cuestas a bucear. 

Lo que es la libertad, no? Poder sentarte en la cama de tu habitación en Phuket y escrolear en el celular hasta encontrar el destino al que queres llegar. Darle el tiempo a tus emociones de ir bajando lentamente, escuchar a quien tenes al lado, barajar y dar de nuevo, mientras el mundo sigue girando y a vos nada te detiene ni te obliga a parar. Es una sensación de vértigo constante, unas mariposas que aletean, crecen y se hacen gigantes dentro de tu cuerpo que se adapta sin pensar en lo que hay detrás. 

Esa libertad de subirte a un micro y tomarte un Ferry para cruzar de isla y ponerte un traje de neopreno que te va a poner en contacto con lo mas hermoso que has visto jamas. 

Aprender a vivir con esa simpleza, disfrutar de la libertad, entender que sos parte de una escenografía que cambia solamente cuando vos haces click para comprar el pasaje que te lleve al próximo lugar. Aprender y entender que podía tener esa vida me llevo un tiempo, y cuando entre ahí, ya no quise salir. 

Por que conformarme con lo que ven mis ojos, si puedo cruzar en Ferry, hundirme en el mar y ver que hay mucho, mucho mas?.


Bajo el mar: 


Buceo en Tailandia.


No voy a mentirles a esta altura, tenia muchísimo miedo de bucear. No tenia idea a lo que me estaba enfrentando cuando acepte la loca idea de Mariano de hacer el curso de open water para después poder conquistar el mundo desde otro lugar. Nos unimos a un grupo hermoso de gente que estaba en la misma: viajando hace varios anos, rompiendo prejuicios, cumpliendo sueños. Todos y cada uno de ellos tuvo que enfrentarse y romper sus miedos cuando nos dieron la indicación de respirar hondo y saltar al mar. 

Me costo entender que la calma era todo, si controlaba mi respiración, podía hundirme cada vez más a fondo en ese agua caliente y descubrir lo hermosa que es la vida bajo el mar. Por suerte la dulce margarita me tuvo paciencia, me tomo de la mano las veces que fue necesaria y me ayudo a saltar y dejarme llevar. 

Yo, que deje mi vida cómoda y hermosamente establecida en Buenos Aires, empece a tener mareos en el mar. Como puede ser, si casi que no hay olas en Tailandia? bueno, el mareo que sentía era gigante. Tuve que tomar dramamine media hora antes de salir a navegar, durante los 4 días que subimos al bote. 

Yo, que deje mi vida cómoda y hermosamente establecida en Buenos Aires, tenia miedo de bucear. Como puede ser, si te metiste a hacer snorkel en el agua helada de Islandia? como puede ser, si te colgaste de un acantilado en Irlanda? como puede ser, si dejaste a tu familia del otro lado del mundo para irte sola con Mariano a buscar vaya uno a saber qué? Bueno, así fue. El miedo nos paraliza y nos encierra cuando menos lo pensamos, cuando menos lo esperamos. Empezó a manifestarse con las nauseas en el bote, quería atacarme cuando estaba a 15mts de profundidad bajo el agua caliente de Tailandia, y lo logro paralizarme por completo el único día que necesitaba accionar. 

Terminé el curso de Open Water, soy toda una buceadora certificada. Puedo ir a conquistar el mundo submarino cuando quiera y a donde yo quiera. El día que el agua me llevaba de manera suave y vibrante entre un cardumen de pececitos de colores, no pude hacer otra cosa que llorar. Que sensación hermosa poder apreciar la vida en todas sus formas, no hacerle daño, simplemente estar ahí, observando. 

Mariano fue por más: él certifico en Open Water y Advanced. Yo no me anime a más, porque significaba hacer más inmersiones, exigir más a mi cuerpo, destrabar más miedos que no sabia que tenia pero ahí estaban, empujando desde lo más profundo dispuestos a salir con todo cuando menos lo pensara. Pero después de 8 días en la isla, viviendo en patas y poca ropa, durmiendo en el hostel rodeados de buena onda, quise sumarme a la experiencia de bucear de noche. Como iba a permitir perderme esa oportunidad? Salir en barco al atardecer, ver a sol ponerse sobre el mar, mientras me ponía el traje y me disponía a saltar una vez más, eso era algo que tenia que vivir. Cueste lo que cueste. 


Atardecer en el mar.


A veces tengo esos arranques: hay algo que me dice ya no más, pero también hay algo que me insiste y me presiona para hacer las cosas igual. Cuando esas dos fuerzas se encuentran en mi mente, el cuerpo me da señales que sin darme cuenta decido ignorar. Ese día me paso eso: no me sentía muy bien, pero así y todo me sume a la experiencia nocturna, quería registrar ese momento en mi cuerpo, en mi mente, en mi go pro a prueba de agua, en la memoria de mi celular. Quería estar ahí, aunque también sabia que no quería estar presente de forma física y real. 


Vomité en el mar: 

Aunque me tome el drmamamine las nauseas nunca me abandonaron. El agua ese día estaba un poco más picada que de costumbre y el sol se puso de forma mágica, perfecta, irreal. 

Saltamos los 4 al agua, cada uno a su tiempo. Lo primero que noté es que no podía bajar, el corazón me latía muy fuerte, era de noche y las olas me mareaban. Sentía la corriente entre mis piernas, sentía el miedo apoderarse de mi alma y me costaba respirar. Pero no me permití abandonar, tenia que seguir igual, tenia que vivir esa experiencia aunque no pudiese respirar. Por que? Por que me estaba obligando si mi cuerpo daba clara señales de que no podía más? Esa lucha es algo que recién ahora puedo desgranar, entender y contar. Hasta hoy no había entendido lo que me estuve haciendo. 

Con el agua picada, después de varios intentos y el aguante de gonza, marga y mariano, logre sumergirme en la oscuridad. Allí íbamos los 4, con la go pro en la mano, descubriendo lo que tiene el mar en su inmensidad. Bucear de noche, debe de ser de las experiencias mas hermosas y locas a las que me expuse en mis anos de vida en viaje. Como no hacerlo? 



La corriente nos llevo por el coral, vimos a los bichos vivir su vida nocturna como si no hubiese nadie más: los cangrejos, las estrellas de mar, las rayas. Una fiesta de animales dispuestos a pasar por delante mío y abrazarme porque sabían que tenia miedo. Entre tanto, el agua me zarandeaba y mientras intentaba respirar y no perder el eje de lo que estaba viendo, mi cuerpo golpeaba contra el coral por el que estábamos pasando y me clavaba sin darme cuenta los restos del mar que me acompañarían por unos cuantos días. Duele, duele chocarse con la realidad y llevarse puesta las espinillas como recordatorio de que a veces esta bueno frenar: respetarse y no exigir los limites del cuerpo de manera constante. 

Salimos a la superficie porque la corriente ya estaba brava de verdad y, mientras todos los demás intentaban mantener la calma y no dejarse vencer, yo me relaje y deje que el miedo se apoderase de mi cuerpo y mi alma. Nade hasta la soga que nos llevaría al barco, me puse el respirador y me tire hacia atrás. Lo vi a Mariano sujetarme y nadar a mi lado, mientras marga nos indicaba el camino y gonza abria el paso. Yo estaba en otro lado, muerta de miedo, sin ánimos para avanzar, dejando que ellos me guíen a su tiempo, regalada a lo que el mundo quisiera que pasase en ese momento. 

Cuando llegamos al barco vi que la corriente lo llevaba a Mariano y yo no podía accionar. El estaba bien, estaba fuerte, estaba aferrado, pero en mi cabeza pasaban miles de cosas y no podía pensar, no podía respirar, estaba trabada física y emocionalmente, perdida en el medio del mar. Solo vi que marga me tendía la mano y me indicaba que suba primera, mientras ellos esperaban. 

Subí, y cuando gonza me saco el equipo, me tire de cabeza a la otra punta del barco para vomitar. No se que paso en el medio, pero todos subieron mientras yo seguía vomitando en el mar. 

Así estuve un buen rato, mientras mis compañeros se sacaban los equipos y el bote volvía a destino, yo estaba tirada con la cabeza colgando, vomitando en el mar. Largaba mis miedos, mi vergüenza, mi cansancio y frustración. La bronca de no haber disfrutado como los demás, y también la bronca de haberme sometido a hacer algo que ya de entrada mi cuerpo no iba  a aguantar. 




Un poquito mas allá: 

A casi un año de esa experiencia, solo tengo palabras de agradecimiento para esas 3 personas que estuvieron conmigo en todo momento. El poder que tiene el miedo sobre nosotros es algo que no se puede terminar de explicar: empieza golpeando despacito, casi avisando que algo va a pasar, pero hay que estar muy despiertos para entenderlo y hay que conocerse demasiado para hacerle caso o aprender a manejarlo. 

El pánico, ese invitado indeseado que puede cagarte cualquier experiencia, incluso la que siempre habías soñado. Esa noche, mientras vomitaba en el mar, pude entender que tenia que aprender a escuchar un poco más lo que me decía el cuerpo. También entendí que no esta mal frenar, descansar y arrancar de nuevo. 

Cuando nos subimos a una moto a miles de km por hora, no todos respondemos igual. Yo necesitaba bajarme de la moto, procesar todo lo que había vivido, y entender hasta dónde quiero avanzar. 

La marea me sacudió con tanta fuerza, que no me quedó otra que entenderlo; y a fin de cuentas, gracias a eso, voy conociendo un poco más hacia donde quiero encaminar mi libertad.




Hacia donde quiero llevar mi libertad:

Hacia romper mis miedos, mis frustraciones, aquello que no me permite avanzar. Quiero ser libre al nivel del mar, a poder sumergirme y contener la respiración para conocer un mundo nuevo. 

Quiero que la marea me sacuda con fuerza y yo poder aguantar. Subirme al bote y no vomitar más. 

Quiero que nadar entre pescaditos de colores sea mágico todo el tiempo, sin tener que pensar que la locura de lo que estoy haciendo no tiene lugar. Porque una vez más,  y a pesar de haber tenido un miedo paralizante que termino saliendo de mi cuerpo y siendo llevado por el mar de Tailandia, logré hacer algo que era impensado en otro momento.

Yo se que hay que respetarse y dar lugar al miedo, pero que hubiese pasado si lo dejaba ganar? Ahí entra mi deseo de llevar mi libertad al mar y no dejar que este invitado indeseado le gane a mis ganas de explorar cada vez mas...


Gracias eternas por estar a mi lado💜



Shock en Viajes 11 - El chico del Sahara Occidental

17:39




Entre diciembre del 2019 y principios de enero del 2020, estuve trabajando como voluntaria en un hostel de Córdoba, España. Fue la primera vez que hacia algo así: intercambiar mi tiempo, mi energía y conocimientos en redes y atención al publico a cambio de hospedaje. Sin dinero de por medio.

Los grandes viajeros, expertos en esto, suelen decirle al mundo a través de Instagram que salgamos a explorar y dejar que el mundo nos sorprenda. Tengo que decir que coincido con este discurso mediático de nuestros tiempos 2.0, porque si no hubiese estado paradita sin cobrar en este hostel perdido en el tiempo, no se si hubiese logrado terminar de entender lo que significa viajar. Al menos para mi, fue el broche de oro, la frutillita jugosa de un postre que tardé varios años en elaborar y pocos meses en devorar....

El 13 de diciembre del 2019 me tocó cubrir el turno de la noche en el hostel. Al principio fue raro, soy una persona que le gusta mucho más la mañana, que se levanta temprano y aprovecha el día, que se acuesta antes de las 12 y duerme largo y tendido, aunque haya ruidos. Al principio fue raro, me costo bastante adaptarme a la idea de trabajar de noche, de tomarme una cerveza en el bar mientras atendía o hacia un check in a completos desconocidos. No tenia horario de cena, y mal que me pese las noches que me tocaba hacer turnos, tampoco dormía como quería: si no tocaba la puerta algún borracho perdido, me sonaba el teléfono para que le reserve una cama a las 3 de la mañana...

Pero ese 13 de diciembre, ya con varios días de entrenamiento y mucho más canchera, me confiaron el bar. Yo - tengo que admitirlo - estaba radiante: me brillaba el pelo y la sonrisa que llevaba puesta era gigante. Tenia los ojos como platos, con el color cielo más potente que nunca, dispuestos a meterse adentro de cualquier cabecita juguetona que tuviera ganas de pasar a mirar más allá.

Ahí estaba, después de algunos vasos de sangría que yo misma hacía, vendiendo cerveza a los huéspedes que no paraban de llegar. Qué hermosos eran esos tiempos, en los que podíamos relacionarnos libremente sin miedo al contagio, Qué hermosos esos tiempos en los que nos abrazabarnos con extraños, nos dábamos la mano y compartíamos libremente las pitadas del faso. Qué hermosos esos tiempos, en los que con mi ondas rubias y mi sonrisa compradora, hacia records de venta en el bar, porque me encanta hablar con los huéspedes de todos lados y hacerlos sentir cerquita de sus casas, aunque estuvieran con una completa extraña que no sabia nada de su vida, no sabia nada más que ellos querían sentirse queridos e importantes como yo; como todos queremos sentirnos al final de cualquier día que pasa como uno más.

Ese 13 de diciembre, él se acerco con la cabeza en alto, la mirada hacia abajo y las manos escondidas en los bolsillos de su impecable campera Uniqlo color azul oscuro, pero brillante, de un brillo de esos que encandilan en cualquier parte. Se acercó despacito, y me preguntó si podía venderle una cerveza más.

En su mirada me di cuenta que en cualquier momento iba a comenzar el jugueteo peligroso, ese que arrasa con todo, que hace que las palabras vuelen por tu boca revoltosa y salgan disparadas entre los dientes calientes de tanto tomar. Quise evitar un momento incomodo y decidí que iba a manejar yo el juego: mientras guardaba sus euros en la caja y le abria la cerveza para acercarla a su mano tambaleante, me hice la loca y le pregunte: ¿vos sabes quien soy yo? y comencé el juego que ambos estábamos esperando pero que yo no iba a jugar.

Entre palabras tiradas de los pelos y preguntas de adivinanzas sin ganas, dio vuelta la tortilla de un salto y sin previo aviso me noqueó. Vos sos Marina, de Argentina, pero yo soy el chico de el Sahara Occidental, y estoy acá con el fin de contar mi historia, la de mi pueblo y hacer que esta verdad comience a trascender entre ustedes, viajeros intergalácticos que se creen tan importantes con sus canjes y bellos momentos. Yo, el chico del Sahara Occidental, estoy acá para contarte mi historia y obligarte a que te pongas a investigar y hagas de público conocimiento algo de lo que nadie quiere hablar.

Tuve que guardar mi orgullo en el bolsillo y dedicarme a escuchar. Mi interés era genuino y solo quería conocer más y más de la vida de este chico que me hizo entender que al fin y al cabo no somos más que humanos igual de importantes e insignificantes que el resto. Una vez más, entendí que el brillo de mis ojos color cielo pulposo son igual de exquisitos que sus ojos color almendra tostada. Ni más ni menos. Solo que la historia de la humanidad decidió, sin preguntarnos, hacernos creer que cada uno tiene su lugar. Pues no, no mi cielo, el chico de el Sahara Occidental tiene una voz muy fuerte y su historia le prometí narrar...


Recuerdos de una vida pasada:

Cuando respondo a la tan repetida pregunta: ¿por qué empezaste a viajar? Empiezo con una imagen de mi vida pasada el cuento. Cierro los ojos al empezar a relatar y me veo llorando encerrada en el baño de la oficina de turno, porque me sentía estancada, porque necesitaba salir al mundo y descubrir que había más historias, que había otras realidades y verdades, que había algo más allá de la Panamericana y su eterno atasque a la madrugada.

En cada día que duró mi vida en viaje, pude ir interiorizando de a poco la cantidad de realidades que hay: recién hora puedo entender el sentido de lo que sentía en aquel momento, porque había algo que me apretujaba el pecho y no me dejaba respirar con calma, con paz. Era el deseo de salir a ver que había ahí afuera, de qué se trataba el mundo más allá de Instagram y los Videos hermosos que cada vez más y más gente sabe hacer y comparte.

Esos vídeos, que me angustiaban a la vez que me motivaban, entiendo hoy que no son más que la construcción de una realidad que es muy hermosa de mostrar. Pero yo te juro, que si pones pausa y salís a caminar, las cachetadas de vidas paralelas empiezan a aflorar.
Hay un mundo, historias de vida, experiencias y verdades que no aparecen en primera plana del feed de Instagram. Hay fotos que no son editables, hay historias que no les podes dar brillo y sacar la niebla que acompaña los ojitos de cada persona que te viene a hablar. Te juro que cuando des vuelta el teléfono y te pongas a charlar, no vas a poder creer la cantidad de historias que hay en cada bendito lugar que se promocionan con estrellas fugaces del turismo internacional.


La birra en el bar:

El Sahara Occidental es un territorio que se encuentra al norte de Africa y que en la actualidad forma parte de uno de los 17 territorios no autónomos que están bajo la tutela de un Comité que pretende eliminar el colonialismo.

El chico del Sahara Occidental tomó su birra helada y mientras mi cuerpo se iba tencionando con el calor y color de su historia, empezó a relatarme como era nacer y vivir en un campo de refugiados.

Entre noviembre de 1975 y febrero de 1976, los habitantes del Sahara Occidental abandonaron sus provincias por la inminente invasión mauritana y marroquí. Quienes pudieron escapar de la muerte, tuvieron que exiliarse de su lugar de origen, adentrándose en el desierto para terminar formando un nuevo mundo en los campos de refugiados de Argelia, que tenían por objetivo ser un hogar transitorio y terminó funcionando como el único destino posible de este pueblo que quedó perdido y olvidado tras los rayos del sol candentes en el medio del desierto.

El chico del Sahara Occidental, con su español impecable y perfecto, me contó entre sorbos de cerveza helada, que nació en uno de estos campos de refugiados. Los niños nacen , se crían y no tienen permitido salir de ahí - me contó con el corazón latiendo fuerte pero sin permitir que su voz enloquecida por contar su historia me dejara leer la ansiedad que lo atravesaba.

A sus doce años conoció la luz. La primera vez que se topo con una perilla de luz, estuvo una hora encendiéndola y apagándola porque no podía creer lo que sus ojos veían Me contó esto, mientras sonaba la música fuerte del bar y despilfarrábamos electricidad en la terraza de un hostel atiborrado de gente con el ultimo modelo de celular, que su familia, la gente que se escondió en el medio del desierto y allí desarrollo su vida y la del resto de su humanidad, no tienen electricidad, ni agua corriente.


¿Cómo es que vos estas acá? Perdona que indague en tu historia, pero quiero saber cómo es que tu español es perfecto y estas acá tomando una birra helada a media noche, riéndote de mis caras y entendiendo lo que siento, aunque no pueda expresarlo ni me anime a sentir más.

El chico del Sahara Occidental le dio el ultimo sorbo a su birra gastada y me contó la verdad de la infancia en estos campos, su hogar: entre los 9 y 10 años, los niños tienen la posibilidad de ir a España por un verano, si una familia los acoge, para que puedan conocer otra forma de vida y recorrer las callecitas empedradas del centro turístico que quieran visitar.

Este chico tuvo esa oportunidad, pero además, la familia que lo tuvo durante un verano europeo, le ofreció adoptarlo para que tuviera la oportunidad de quedarse en España y progresar.

El chico del Sahara Occidental aceptó deshacerse de su armadura contra el calor abrazador del desierto que lo estaba esperando para masticarlo y devorarlo entre las fauces de una vida ardiente. Aceptó dejar atrás con el cuerpo a su familia y amigos, a la única vida que conocía, para darse la oportunidad de crear la vida que quiera.

Ese 13 de diciembre, cuando entre birras me contaba su historia, el chico del Sahara Occidental tenia 23 años y hacia casi 13 años que no veía a su familia, porque todavía vivían en el campo de refugiados, el hogar que armaron para escapar de la muerte.

Cuando terminó su birra, le regalé otra para que abra el mapa y me muestre dónde estaban su mamá y su papá. Mientras me miraba con los ojos de almendra deseosos de hablar más, el timbre del portero eléctrico sonó y tuve que volver a trabajar. Se me caía la cara de vergüenza de tener que abandonarlo en ese momento de la historia, pero no me quedaba otra que cumplir con mi obligación de seguir escuchando historias mientras acompañaba a cada nuevo huésped a su habitación.


Dos años después:

Dos años después, mi búsqueda de realidades toma sentido. Por esto empecé a viajar: para conocer el mundo en sus bellezas magníficas, estridentes y perfectamente naturales; pero también para bajar la cabeza y abrazar las historias de cada persona que tiene ganas de hablar y hacer que su mundo sea parte importante de la historia de alguien más.

Como me dijo el chico del Sahara Occidental, el chico que viene de un sitio lejano, olvidado y nunca mencionado: “no te sientas mal por no saber de donde vengo, para eso viajas, para auto educarte y decirle al resto del mundo que hay mucho más que su pequeño lugar”.

Oye, chico del Sahara Occidental, yo te quiero decir que además de eso, ahora entiendo que viajo para curarme de la ignorancia de creerme importante. Una vez más, que chiquita e imponente me siento frente a las miles de historias que no puedo retratar y hacer notar.

Y termino este mensaje diciendo: cuando vayas a un nuevo lugar, no te fijes solo en los bellos monumentos. Trata de conectar con quienes tienen ese brillo en la mirada que te invita a descubrir y entender un poquito más.

A vos, chico del Sahara Occidental, gracias por salvarme una vez más.

Shock en Viajes: 10 - La historia del Transiberiano

13:39

La ruta del Transiberiano



Si hoy me ves, quiero que mires. Vengo de cruzar Rusia en tren, de recorrer China y bucear en Tailandia. Vengo de trabajar en España, de vivir en Francia y Dinamarca. Vengo de hacer snorkel en Islandia, de volar por la montaña. Vengo de recorrer el mundo a pata, pero también de perder raíces y de a ratos me cuesta encontrarlas.

Así comenzaba a depurar un poco lo que estaba sintiendo este verano, cuando la angustia existencial se hizo carne en mi cuerpo presente - y ausente - y comenzó a derribar las barreras que muy inteligentemente supe armar. Barreras que, durante estos años de vida en viaje, supieron flexibilizarse y pasar desapercibidas mientras la cabeza no me dolía porque estaba mucho más entretenida nadando en Niza que pensando en la vida más allá. Barreras que, supieron flexibilizarse en el mientras tanto de mi vida y el espacio temporal que me separaba del encuentro inminente con lo que no se va. 

En otro borrador de las notas sueltas que guardo con recelo en mi celular escribí: Siento el cuerpo fragmentado. Desde que me fui, no volví. Y cuando vuelvo no me encuentro. O peor aún, encuentro a ese ser que no quiero ver, a ese que le duele el cuerpo. Que tiene angustias vacías en infinitas, que tiene miedos atascados y no puede más.


Ahora se preguntarán ustedes, mis queridos lectores, qué tiene que ver esto con mi viaje a través del tiempo en la línea ferroviaria del Transiberiano. Pues déjenme decirles que no tiene nada y tiene todo que ver; porque ese viaje ha sido soñado y planificado por quien escribió esas líneas a comienzos de enero, luego de haberse bajado del tren de sus sueños, y haber tenido que enfrentarse a todo aquello que creía superado. Tiene todo que ver, porque una vez que nos bajamos del tren de los sueños cumplidos, no queda nada más que enfrentarnos con la realidad. La nuestra, esa que nadie más tiene a la vista; simplemente porque nunca la pusiste a la venta en el feed de Instagram. 


La historia del Transiberiano:

En 1891, durante la época zarista, comenzó la construcción de una ruta ferroviaria para unir la Rusia europea con la Oriental y controlar así, la costa del Pacífico. La obra inició desde ambos extremos que ahora son cabecera: Moscú - Vladivostok; con el trabajo de soldados y presos rusos. Si bien la ruta se inauguró en 1904, recién en el 2002 se dieron por terminadas las obras de electrificación de las vías. 

Al día de hoy, esta gran línea ferroviaria cuenta con 2 ramales: la ruta del Transmongoliano, que une Moscú y Pekín pasando por Mongolia y la ruta del Transmanchuriano que une Moscú y Pekín, sin ingresar a Mongolia. 


Estación de tren Krasnoyarsk, Rusia 2019.



Un día, mientras estaba navegando por internet en mi casa en Buenos Aires (antes de irnos del país) me encontré con un video que mostraba este recorrido, y desde ese momento me obsesioné y puse como objetivo subirme al tren en Rusia y atravesar el mundo. 

Deben haber pasado como 4 años hasta que el sueño se cumplió. Al principio, todo parecía muy ajeno, lejano, prácticamente imposible de llevar a cabo. No llegábamos el dinero, o no creíamos que podíamos hacerlo. A veces nos daba miedo el clima, el idioma o el mismo hecho de subirnos a un tren con una historia tan gigante nos daba miedo. Pero aquí está la magia de viajar: de repente, todo eso que un día parecía tan extraño, comienza a ser familiar. De repente, el miedo comienza a desvanecerse, el idioma deja de ser un impedimento y al clima siempre, siempre te acostumbras. El dinero deja de ser ese valor de cambio que todo lo puede y todo lo frena, que se mete en tu vida y te atormenta, pasa a ser un medio para un fin, y ese fin no es otro más que vivir, sonreír y disfrutar. De repente, todo eso que parecía que solo le puede pasar a otros: los “suertudos”, los “iluminados”, los “herederos de un destino más feliz e irreal”; de repente te puede pasar a vos, que no sos nada más y nada menos que el motor y la acción que hace falta para que todo pase, o siga igual….

Y ahí me encontré de nuevo en ese momento de pequeña infelicidad, con el deseo de patear el tablero y volar. Rusia dejó de parecer un lugar hostil, lejano, para convertirse en el destino al que debía imperiosamente acudir. Mongolia y su desierto me llamaban entre sueños, quería ver la naturaleza en su máxima expresión, quería enfrentarme a la polución, al miedo de no saber que comer, a cambiar cada dos días de huso horario. 

Quería ir a China con todas mis fuerzas, a caminar en esas plazas que de repente vi pérdidas en google maps; aunque realmente el viaje lo armé y planifique casi a ciegas, porque la información que encontraba me sabía a poco. Pero nada me importó, nada me detuvo ni me abrumó. Entre blogs y amigos que fui haciendo gracias a las redes, pude diagramar el destino que tanto había soñado: el viaje estaba listo para ser viajado, y el sueño estaba por explotar. 


Cruzar el mundo en tren: 

Siempre me gustó andar en tren. Durante años recorrí miles y miles de kilómetros para ir a la facultad o a trabajar. Me subía al tren en Lemos y me bajaba en Chacarita, casi una hora después de haberme acurrucado en el pasillo para dormir un rato más. 

Desde aquellos viajes que ahora parecen tan lejanos, los trenes se hicieron parte de mi. Porque no subirme entonces a este tren histórico para recorrer, como quien no quiere la cosa, el país más grande del mundo casi en su totalidad? 

Ruta del Transiberiano, 2019.


Mientras el viaje me presentaba un mundo desconocido a través de catedrales, mezquitas, dumplings y ciudades imponentes, me di cuenta que lo que estaba por vivir, nada tenía que ver con el turismo convencional. Si me piden una guía para recorrer estas ciudades, solo les voy a decir que caminen y sientan la historia. Decirles que hacer o dejar de hacer en Rusia sería un pecado mortal. Yo lo vibré como un viaje 100% simbólico: me subí al tren a medianoche en Moscú, después de haber pasado varios días caminando por sus majestuosas calles y decidí que lo único que quería hacer era perderme en otras calles desconocidas y dejar atrás todos los prejuicios y miedos que podía tener. 

Rusia no es como cualquier otro país, todo lo que tiene para ofrecer es simplemente magnífico, pero hay que estar dispuestos a soltar viejos esquemas y dejarnos llevar por la confianza y las ganas de conocer, ya que los rusos van a querer estar presentes en tu estadía por su país, ayudarte y acompañarte en todo lo que puedan y los dejes. 


Nuestra ruta: 

El primer tren que tomamos fue Moscú - San Petersburgo, un tramo que duró unas 8 hs y que hicimos de noche, para poder dormir ahí. Elegimos para esta primera experiencia viajar en un compartimiento solos, para poder descubrir de a poco esta nueva forma de andar. Cada uno tiene su tiempo de adaptación cuando está de viaje, y nosotros descubrimos que a veces es mejor ir de a poco para darnos el tiempo de disfrutar y compartir, para poder sacar provecho de lo que estamos viviendo. 

San Petersburgo, 2019.


Desde San Petersburgo tomamos el tren que nos llevó a Kazan, una de las ciudades más antiguas de Rusia. El paisaje que nos encontramos aquí fue otro: nos alejamos de las grandes ciudades y los atractivos turísticos a mansalva y entendimos la inmensidad que viste a Rusia, ya que al bajar del tren brotaron las diferencias culturales con la gran capital. En este tramo del viaje compartimos el camarote con dos generaciones de rusos: un pibe más joven que nosotros, nacido en el capitalismo, que hablaba perfectamente inglés y compartió muy poco; pero que lo más importante que hizo con nosotros fue decirnos dónde podíamos conseguir yerba al llegar a Kazan. La joyita del viaje fue una señora que había vivido la mitad de su vida en el comunismo y ahora estaba comenzando a conocer su país y estudiar inglés. Ella nos enseñó y nos señaló las diferencias entre ambos regímenes, nos dio su punto de vista y nos dio la bienvenida más cálida que alguien puede esperar. Su inglés era muy lento, lo estaba aprendiendo, pero sus ganas de conectar con el otro traspasaba cualquier diferencia cultural. 

Kremlin de Kazán.


Desde Kazan partimos hacia Ekaterimburgo, un viaje que duró 14 hs. Viajamos en la tercera clase, lo que nos permitió conocer otra cara del pueblo ruso. Los vagones son abiertos, y se comparte todo: el baño, el vodka, cigarrillos y cuentos. No pudimos hablar una palabra de inglés, pero nuestro vecino de cucheta se encargó de hacerse entender a través de videos, y de taparnos con mantas cuando comenzó a refrescar y a caer la noche. ¿Se acuerdan de esta historia? Le dedique un #ShockenViajes entero a este ruso y su abrazo (pueden leer el relato haciendo click acá)


Llegamos a Ekaterimburgo, la capital de los Urales, a las 8 de la mañana. Aquí se unen Europa y Asia. Además, en esta ciudad estuvo secuestrado y asesinado el Zar Nicolás II y toda su familia. La casa donde estaban, es ahora la Iglesia sobre la sangre derramada, que cuenta con monumentos y recordatorios destinados a preservar la memoria de la familia real. 


Los colores y sabores del viaje fueron cambiando mientras dejábamos atrás la Rusia occidental para ingresar a Siberia. Paramos en Novosibirsk, Tomsk y Krasnoyarsk hasta llegar a Irkutsk, donde se encuentra el Lago Baikal, la reserva de agua dulce más grande del mundo. El paisaje en estas ciudades es diferente, así como lo es su gente, sus costumbres. Desde el tren pudimos ir apreciar la llegada del otoño y transitar uno de los paisajes más soñados.


Krasnoyarsk. 



En el tramo de la ruta que une Krasnoyarsk con Irkutsk nos encontramos con un mundo aparte. De cada vagón salían cabecitas de turistas curiosos, expectantes; que llevaban más de un día de viaje, y el cuerpo pedía bajar a estirar y tomar aire. Para nosotros fue un respiro y una alegría volver a charlar con alguien, hacía más de 10 días que no lográbamos mantener una conversación en inglés constante. Este tramo del viaje fue una fiesta: hablamos de política, de cultura, de religión y planes de vida con nuestro compañeros de camarote. Fuimos a emborracharnos con otra gente al bar del tren y terminamos en una lluvia de vodka a medianoche antes de desmayarnos y dejarnos vencer.


Desde Irkutsk partimos hacia Ulan-Ude, ciudad que es frontera con Mongolia. Aquí la geografía y la población cambia nuevamente con el trayecto que realiza el tren y el clima más árido y frío se hace notar. Hicimos noche en esta ciudad para tomar desde aquí el último tren y cruzar a Ulan-Bator (capital de Mongolia). Una vez más, el cambio de colores en el paisaje logró ser protagonista de este viaje, dándole un tinte especial a la travesía de cruzar Rusia en tren. 


Templo de todas las religiones, Kazán.


El paso entre fronteras es maravilloso. En los más de 6.500 km que recorrimos en tren, esta transición del atardecer entre el bosque siberiano y el amanecer frío y despoblado en el desierto mongol, es lo más impactante que vi. El paisaje es totalmente diferente, escasea el agua y la vegetación frondosa, y te acompaña con el suave andar del tren los campamentos de nómadas que comienzan a trasladarse por la llegada del invierno. Es algo que hay que vivir: amanecer en Europa, cruzar durante el atardecer Siberia y entender que desde la ventana del tren, mientras el paisaje iba cambiando, dejamos atrás Europa para ingresar al continente asiático casi sin poder perderme al contar los árboles que ya no se ven.


El sueño cumplido: 


Lago Baikal


Al bajarme del último tren entendí que todo había terminado una vez más. De repente, aquello que durante tantos años sonaste y planeaste, ya no está. Solo queda el recuerdo de lo vivido, y agradezco tener la obsesión de filmar y sacar fotos a todo lo que veo y siento, porque gracias a eso puedo revivir cada día al despertarme, el sueño cumplido de haber atravesado el mundo en tren. 


A un año de haberme bajado del último tren, no puedo evitar mirar hacia atrás y sonreír por lo que hice: me subí a un tren y cruce las fronteras más lejanas, buscando encontrarme en cada rusa que veía al pasar. 

Subí a un tren y cruce las fronteras más lejanas, buscando encontrarme por la noche, cuando los vecinos de paso roncan así, sin más. 

Subí a un tren con el deseo de que el mundo se apodere de mí y me deje vivirlo. Y hoy, solo puedo decir que logre hacerlo y que no hay satisfacción más grande que sentir que puedo hacerlo de nuevo. 



Hoy compartí en mi Instagram un video que hizo mi amiga Jose con los mejores momentos de este viaje en tren. Pueden verlo haciendo click acá.