Shock en Viajes: 10 - La historia del Transiberiano

13:39

La ruta del Transiberiano



Si hoy me ves, quiero que mires. Vengo de cruzar Rusia en tren, de recorrer China y bucear en Tailandia. Vengo de trabajar en España, de vivir en Francia y Dinamarca. Vengo de hacer snorkel en Islandia, de volar por la montaña. Vengo de recorrer el mundo a pata, pero también de perder raíces y de a ratos me cuesta encontrarlas.

Así comenzaba a depurar un poco lo que estaba sintiendo este verano, cuando la angustia existencial se hizo carne en mi cuerpo presente - y ausente - y comenzó a derribar las barreras que muy inteligentemente supe armar. Barreras que, durante estos años de vida en viaje, supieron flexibilizarse y pasar desapercibidas mientras la cabeza no me dolía porque estaba mucho más entretenida nadando en Niza que pensando en la vida más allá. Barreras que, supieron flexibilizarse en el mientras tanto de mi vida y el espacio temporal que me separaba del encuentro inminente con lo que no se va. 

En otro borrador de las notas sueltas que guardo con recelo en mi celular escribí: Siento el cuerpo fragmentado. Desde que me fui, no volví. Y cuando vuelvo no me encuentro. O peor aún, encuentro a ese ser que no quiero ver, a ese que le duele el cuerpo. Que tiene angustias vacías en infinitas, que tiene miedos atascados y no puede más.


Ahora se preguntarán ustedes, mis queridos lectores, qué tiene que ver esto con mi viaje a través del tiempo en la línea ferroviaria del Transiberiano. Pues déjenme decirles que no tiene nada y tiene todo que ver; porque ese viaje ha sido soñado y planificado por quien escribió esas líneas a comienzos de enero, luego de haberse bajado del tren de sus sueños, y haber tenido que enfrentarse a todo aquello que creía superado. Tiene todo que ver, porque una vez que nos bajamos del tren de los sueños cumplidos, no queda nada más que enfrentarnos con la realidad. La nuestra, esa que nadie más tiene a la vista; simplemente porque nunca la pusiste a la venta en el feed de Instagram. 


La historia del Transiberiano:

En 1891, durante la época zarista, comenzó la construcción de una ruta ferroviaria para unir la Rusia europea con la Oriental y controlar así, la costa del Pacífico. La obra inició desde ambos extremos que ahora son cabecera: Moscú - Vladivostok; con el trabajo de soldados y presos rusos. Si bien la ruta se inauguró en 1904, recién en el 2002 se dieron por terminadas las obras de electrificación de las vías. 

Al día de hoy, esta gran línea ferroviaria cuenta con 2 ramales: la ruta del Transmongoliano, que une Moscú y Pekín pasando por Mongolia y la ruta del Transmanchuriano que une Moscú y Pekín, sin ingresar a Mongolia. 


Estación de tren Krasnoyarsk, Rusia 2019.



Un día, mientras estaba navegando por internet en mi casa en Buenos Aires (antes de irnos del país) me encontré con un video que mostraba este recorrido, y desde ese momento me obsesioné y puse como objetivo subirme al tren en Rusia y atravesar el mundo. 

Deben haber pasado como 4 años hasta que el sueño se cumplió. Al principio, todo parecía muy ajeno, lejano, prácticamente imposible de llevar a cabo. No llegábamos el dinero, o no creíamos que podíamos hacerlo. A veces nos daba miedo el clima, el idioma o el mismo hecho de subirnos a un tren con una historia tan gigante nos daba miedo. Pero aquí está la magia de viajar: de repente, todo eso que un día parecía tan extraño, comienza a ser familiar. De repente, el miedo comienza a desvanecerse, el idioma deja de ser un impedimento y al clima siempre, siempre te acostumbras. El dinero deja de ser ese valor de cambio que todo lo puede y todo lo frena, que se mete en tu vida y te atormenta, pasa a ser un medio para un fin, y ese fin no es otro más que vivir, sonreír y disfrutar. De repente, todo eso que parecía que solo le puede pasar a otros: los “suertudos”, los “iluminados”, los “herederos de un destino más feliz e irreal”; de repente te puede pasar a vos, que no sos nada más y nada menos que el motor y la acción que hace falta para que todo pase, o siga igual….

Y ahí me encontré de nuevo en ese momento de pequeña infelicidad, con el deseo de patear el tablero y volar. Rusia dejó de parecer un lugar hostil, lejano, para convertirse en el destino al que debía imperiosamente acudir. Mongolia y su desierto me llamaban entre sueños, quería ver la naturaleza en su máxima expresión, quería enfrentarme a la polución, al miedo de no saber que comer, a cambiar cada dos días de huso horario. 

Quería ir a China con todas mis fuerzas, a caminar en esas plazas que de repente vi pérdidas en google maps; aunque realmente el viaje lo armé y planifique casi a ciegas, porque la información que encontraba me sabía a poco. Pero nada me importó, nada me detuvo ni me abrumó. Entre blogs y amigos que fui haciendo gracias a las redes, pude diagramar el destino que tanto había soñado: el viaje estaba listo para ser viajado, y el sueño estaba por explotar. 


Cruzar el mundo en tren: 

Siempre me gustó andar en tren. Durante años recorrí miles y miles de kilómetros para ir a la facultad o a trabajar. Me subía al tren en Lemos y me bajaba en Chacarita, casi una hora después de haberme acurrucado en el pasillo para dormir un rato más. 

Desde aquellos viajes que ahora parecen tan lejanos, los trenes se hicieron parte de mi. Porque no subirme entonces a este tren histórico para recorrer, como quien no quiere la cosa, el país más grande del mundo casi en su totalidad? 

Ruta del Transiberiano, 2019.


Mientras el viaje me presentaba un mundo desconocido a través de catedrales, mezquitas, dumplings y ciudades imponentes, me di cuenta que lo que estaba por vivir, nada tenía que ver con el turismo convencional. Si me piden una guía para recorrer estas ciudades, solo les voy a decir que caminen y sientan la historia. Decirles que hacer o dejar de hacer en Rusia sería un pecado mortal. Yo lo vibré como un viaje 100% simbólico: me subí al tren a medianoche en Moscú, después de haber pasado varios días caminando por sus majestuosas calles y decidí que lo único que quería hacer era perderme en otras calles desconocidas y dejar atrás todos los prejuicios y miedos que podía tener. 

Rusia no es como cualquier otro país, todo lo que tiene para ofrecer es simplemente magnífico, pero hay que estar dispuestos a soltar viejos esquemas y dejarnos llevar por la confianza y las ganas de conocer, ya que los rusos van a querer estar presentes en tu estadía por su país, ayudarte y acompañarte en todo lo que puedan y los dejes. 


Nuestra ruta: 

El primer tren que tomamos fue Moscú - San Petersburgo, un tramo que duró unas 8 hs y que hicimos de noche, para poder dormir ahí. Elegimos para esta primera experiencia viajar en un compartimiento solos, para poder descubrir de a poco esta nueva forma de andar. Cada uno tiene su tiempo de adaptación cuando está de viaje, y nosotros descubrimos que a veces es mejor ir de a poco para darnos el tiempo de disfrutar y compartir, para poder sacar provecho de lo que estamos viviendo. 

San Petersburgo, 2019.


Desde San Petersburgo tomamos el tren que nos llevó a Kazan, una de las ciudades más antiguas de Rusia. El paisaje que nos encontramos aquí fue otro: nos alejamos de las grandes ciudades y los atractivos turísticos a mansalva y entendimos la inmensidad que viste a Rusia, ya que al bajar del tren brotaron las diferencias culturales con la gran capital. En este tramo del viaje compartimos el camarote con dos generaciones de rusos: un pibe más joven que nosotros, nacido en el capitalismo, que hablaba perfectamente inglés y compartió muy poco; pero que lo más importante que hizo con nosotros fue decirnos dónde podíamos conseguir yerba al llegar a Kazan. La joyita del viaje fue una señora que había vivido la mitad de su vida en el comunismo y ahora estaba comenzando a conocer su país y estudiar inglés. Ella nos enseñó y nos señaló las diferencias entre ambos regímenes, nos dio su punto de vista y nos dio la bienvenida más cálida que alguien puede esperar. Su inglés era muy lento, lo estaba aprendiendo, pero sus ganas de conectar con el otro traspasaba cualquier diferencia cultural. 

Kremlin de Kazán.


Desde Kazan partimos hacia Ekaterimburgo, un viaje que duró 14 hs. Viajamos en la tercera clase, lo que nos permitió conocer otra cara del pueblo ruso. Los vagones son abiertos, y se comparte todo: el baño, el vodka, cigarrillos y cuentos. No pudimos hablar una palabra de inglés, pero nuestro vecino de cucheta se encargó de hacerse entender a través de videos, y de taparnos con mantas cuando comenzó a refrescar y a caer la noche. ¿Se acuerdan de esta historia? Le dedique un #ShockenViajes entero a este ruso y su abrazo (pueden leer el relato haciendo click acá)


Llegamos a Ekaterimburgo, la capital de los Urales, a las 8 de la mañana. Aquí se unen Europa y Asia. Además, en esta ciudad estuvo secuestrado y asesinado el Zar Nicolás II y toda su familia. La casa donde estaban, es ahora la Iglesia sobre la sangre derramada, que cuenta con monumentos y recordatorios destinados a preservar la memoria de la familia real. 


Los colores y sabores del viaje fueron cambiando mientras dejábamos atrás la Rusia occidental para ingresar a Siberia. Paramos en Novosibirsk, Tomsk y Krasnoyarsk hasta llegar a Irkutsk, donde se encuentra el Lago Baikal, la reserva de agua dulce más grande del mundo. El paisaje en estas ciudades es diferente, así como lo es su gente, sus costumbres. Desde el tren pudimos ir apreciar la llegada del otoño y transitar uno de los paisajes más soñados.


Krasnoyarsk. 



En el tramo de la ruta que une Krasnoyarsk con Irkutsk nos encontramos con un mundo aparte. De cada vagón salían cabecitas de turistas curiosos, expectantes; que llevaban más de un día de viaje, y el cuerpo pedía bajar a estirar y tomar aire. Para nosotros fue un respiro y una alegría volver a charlar con alguien, hacía más de 10 días que no lográbamos mantener una conversación en inglés constante. Este tramo del viaje fue una fiesta: hablamos de política, de cultura, de religión y planes de vida con nuestro compañeros de camarote. Fuimos a emborracharnos con otra gente al bar del tren y terminamos en una lluvia de vodka a medianoche antes de desmayarnos y dejarnos vencer.


Desde Irkutsk partimos hacia Ulan-Ude, ciudad que es frontera con Mongolia. Aquí la geografía y la población cambia nuevamente con el trayecto que realiza el tren y el clima más árido y frío se hace notar. Hicimos noche en esta ciudad para tomar desde aquí el último tren y cruzar a Ulan-Bator (capital de Mongolia). Una vez más, el cambio de colores en el paisaje logró ser protagonista de este viaje, dándole un tinte especial a la travesía de cruzar Rusia en tren. 


Templo de todas las religiones, Kazán.


El paso entre fronteras es maravilloso. En los más de 6.500 km que recorrimos en tren, esta transición del atardecer entre el bosque siberiano y el amanecer frío y despoblado en el desierto mongol, es lo más impactante que vi. El paisaje es totalmente diferente, escasea el agua y la vegetación frondosa, y te acompaña con el suave andar del tren los campamentos de nómadas que comienzan a trasladarse por la llegada del invierno. Es algo que hay que vivir: amanecer en Europa, cruzar durante el atardecer Siberia y entender que desde la ventana del tren, mientras el paisaje iba cambiando, dejamos atrás Europa para ingresar al continente asiático casi sin poder perderme al contar los árboles que ya no se ven.


El sueño cumplido: 


Lago Baikal


Al bajarme del último tren entendí que todo había terminado una vez más. De repente, aquello que durante tantos años sonaste y planeaste, ya no está. Solo queda el recuerdo de lo vivido, y agradezco tener la obsesión de filmar y sacar fotos a todo lo que veo y siento, porque gracias a eso puedo revivir cada día al despertarme, el sueño cumplido de haber atravesado el mundo en tren. 


A un año de haberme bajado del último tren, no puedo evitar mirar hacia atrás y sonreír por lo que hice: me subí a un tren y cruce las fronteras más lejanas, buscando encontrarme en cada rusa que veía al pasar. 

Subí a un tren y cruce las fronteras más lejanas, buscando encontrarme por la noche, cuando los vecinos de paso roncan así, sin más. 

Subí a un tren con el deseo de que el mundo se apodere de mí y me deje vivirlo. Y hoy, solo puedo decir que logre hacerlo y que no hay satisfacción más grande que sentir que puedo hacerlo de nuevo. 



Hoy compartí en mi Instagram un video que hizo mi amiga Jose con los mejores momentos de este viaje en tren. Pueden verlo haciendo click acá. 

Shock en Viajes: #9 - No hay comida china en China

13:53

Chengdu, China 2019.

Bienvenidos:

La comida, esa protagonista de todas las reuniones, eventos y festividades, fue durante muchísimos años, mi archi enemiga. ¿Por que? lo se, pero todavía no estoy lista para atravesar desnuda la tormenta que va a ocasionar a mi cuerpo y mi alma hablar y exponerme frente a esto. Así y todo, no puedo seguir evitando las señales que mi cuerpo entumecido me empieza a mandar desde lo más profundo de su eternidad. No puedo evitar empezar a diagramar el mapa de este viaje que algún día les terminaré de contar. Solo puedo decirles que la comida, con todo su potencial y cualidades espectaculares, será parte importantísima de una próxima vida en viaje. 

Por ahora, vamos a transitar despacito este recorrido: agárrenme tímidamente de mi dedo meñique, y acompáñenme en silencio mientras les cuento este cuento. Mi cuento. Por ahora, tengan la delicadeza y la paciencia de escuchar, de leer y abrazar. Nada más. 

Porque yo lo se, y se los prometo, ya habrá tiempo para atravesar este océano enardecido de recuerdos enterrados que están asomando y haciendo baches en mi campo florecido.

Dos años después:


Hace dos años y medio, cuando me fui de Argentina para vivir en Dinamarca, dejé de comer carne. Ese primer encuentro con lo que quería - o no - ingerir y darle a mi cuerpo, fue sencillamente maravilloso. Empecé a sentirme feliz, sin culpa, y mucho más tranquila cuando comía (o cuando iba a hacer las compras para después cocinar y comer). Quienes me conocen personalmente saben que históricamente mi relación con la carne era tormentosa. Si bien era la base de mi alimentación (como lo es para la mayoría de los argentinos) siempre terminaba con mucho conflicto a la hora de comer: si no era porque me daba asco ir a comprarla (nunca pude entrar a una carnicería), no podía cocinarla (de eso se encargaba siempre alguien más) y, cuando finalmente el plato estaba frente mío, comenzaba el baile y el ida y vuelta con la cocción. Al fin y al cabo, yo no quería comer carne, pero no conocía otra forma de alimentarme; y la información que tenía a disposición era muy prohibitiva y limitante. 

No se como les fue a ustedes, pero mi socialización fue en base a lo que te engordaba o te ayudaba a adelgazar. Nunca nadie me enseñó que es importante entender qué es lo que le metemos al cuerpo, que te alimenta y que no. ¿Qué te gusta? ¿Qué elegis masticar y utilizar para tener energía durante tu día? Esa lógica antes no existía, simplemente había que estar atento a no darle a tu cuerpo algo que te haga engordar. Perdoname niña Marina, hoy te abrazo y te alimento para que puedas saltar y ser feliz en la Muralla China, no para que alguien de fuera te diga si estas mas gorda o mas flaca que tu hermana o tu mamá. 

A los 20 días de haber pisado Europa algo en mi cambió: de repente me empecé a sentir más libre, más despreocupada. No tenia miedos que me frenaran y me inmovilizaran, ni si quiera me dolía la espalda o la cabeza. No. Estaba simplemente viviendo, disfrutando de mi entorno y mi cuerpo, disfrutando de todo lo que estaba haciendo, producto de mi esfuerzo y dedicación para cumplir un gran sueño.

Así fue como, mientras un día nos parábamos a mirar las ovejas de un campo en Irlanda, decidí que no iba a comer más carne. Y así fue, ya dos años y medio después de ese momento, puedo decir que fue una de las cosas más lindas que pude haber hecho.

 



Irlanda 2018.



En Francia avancé un poquito más, y empecé a coquetear con la idea de hacerme vegana. ¿Vegana, yo? que vengo de una familia que trabaja el campo y sirve el asado rigurosamente como si no hubiera nada más que importara? Si, estaba dispuesta a poner en jaque de nuevo todo aquello que había aprendido y que ya no podía sostener; porque uno aprende cosas, pero también puede derribarlas. 

Asique empece a escuchar, a leer, a observar que decía la gente a mi alrededor. ¿Qué come esa chica que trabaja conmigo y sonríe tanto? ¿Qué hay en el super que no sabia que existía? ¿Qué hay en las redes sociales que me sirva para entender y comenzar a transitar mi vida con otra perspectiva? Y probé: me fui al super y compré algunas cosas como para ver que pasaba. Todo me gustó: la leche de avena para tomar el café, el postrecito de chocolate y el pan con mermelada y nada más. Me gustó, pero me faltaba información, me faltaba entender, y a pocos días de lanzarme en un viaje en tren a través de Rusia, Mongolia y China, no podía afrontar este cambio solita y sin información. 

Nos fuimos de viaje y guarde mi transición en la mochila que deje en Niza. Ganas no me faltaban, pero si la certeza de que podía crear y vivir mas allá de la comida tradicional.


El gran desafío: 


Todo fue un desafío en ese viaje: el idioma iba mutando de estación en estación, junto con las costumbres y los husos horarios. Los olores eran diferentes conforme avanzábamos, casi tanto como la religión o la ropa que veíamos pasar al lado. A veces el menú del restaurante era imposible de descifrar, y el mozo por más que se esforzaba no nos entendía. Y cuando decía “sin carne, por favor” su mundo se revolucionaba y caía en pedazos. 


Pero lo logré. Logré alimentarme más allá de las diferencias, logré no sentirme amenazada y hacer una huelga de hambre. En Mongolia descubrí el paraíso vegano que hay en su capital: claaaro, el Budismo como religión prioritaria, sumada a la gran explosión turística a causa del tren, hicieron que haya bares con opciones veganas a diestra y siniestra. Ahí me relaje. ¿Quién iba a pensarlo, no? sinceramente eso no lo había imaginado.



Desayuno en el desierto, Mongolia 2019.


El conflicto más interesante fue cuando llegamos a China. Realmente el mundo tal y como lo conocía dio un vuelco de 360 grados y me enfrenté al desafío más grande que he tenido en los últimos años. No solo el olor a todo es diferente, sino la forma de alimentarse, de moverse, de transitar el mismo sitio era diferente.



Guillin, China 2019. 

En la calle hay puestos de comida por todos lados. Arroz, pescados, bichos encerrados. Colores, olores, ruidos. La comida habla, los carteles hablan, la gente grita, el tofu resulta en un punto insoportable. Hay gente que fuma en lugares cerrados, y están los que se sientan en la vereda y mastican a boca abierta cosas que cuelgan de un palito que podría ser de helado. No hay agua para acompañar tu manjar, sino té. El olor, el olor a tofu negro no puedo borrarlo de le memoria sensitiva que tengo a flor de piel mientras estoy escribiendo.


China 2019.


Tampoco puedo evitar sentir de nuevo el ruidito de las pesuñas de pollo que sacó de una bolsa el señor que se sentó a mi lado en el tren. Todo es diferente, y yo tengo que sobrevivir un mes aquí, vaya uno a saber comiendo qué.



No hay comida china en China: 


Tengo que admitir que creía que iba a gozar como nunca y a nadar en mares de arroz frito con verduritas de estación cuando llegara a China. Pero no señores, no. La comida que aquí tenemos, no es la misma que consume el pueblo en su país de origen. Y yo, gringa ingenua, me deje engañar por mis ganas de replicar mis costumbres y formas de alimentarme en un lugar extraño. 


Ahora entiendo, que viajar es aprender a ser de nuevo. Es desprenderte de tus creencias, de tus formas de ver y vivir el mundo, y entregarte de lleno a transitarlo como lo ven otros. ¿Quién soy yo para querer imponer mi forma frente a ellos? 




Barrio Musulman, Xian, China 2019.


No quedo otra que empezar a ingeniárnosla entre la lluvia de sopas y caldos que olían y sabían diferente a nada que haya probado jamas. ¿Dónde estaba la fiesta de arroz frito y salsa de soja que tanto había esperado? Me costo muchísimo explicar que simplemente quería comer eso, que no quería ver en mi plato ningún tipo de animal flotando. 

Tengo que admitir que ahí era yo el bicho raro. La que pedía platos que no salían fácilmente, la que tenia que hacer señas y suplicar que me entendieran. Pero siempre hubo voluntad de mis anfitriones estrellas: si el primero no me entendía, atrás venían 2 o 3 mas a leer el papelito que el chico del hostel tan amablemente me había escrito para explicarles lo que yo comía.



China 2019.


De a ratos tenia que explicar también que no quería nada picante. Y ahí comenzábamos con otro baile de señas y palabras sin sentido, esforzándonos de todos lados para poder ser comprendidos. Pasábamos a veces 1 o 2 horas caminando, buscando un lugar en el cual yo me sintiera cómoda para poder comer en paz. Es que la cultura alimenticia es tan pero tan diferente, que había lugares a los cuales no podía ni siquiera entrar. 


¿Saben cuando mejoro todo? el día que Mariano descubrió que el lenguaje de los emoticones es universal. Nunca me voy a olvidar de la sonrisa gigante que hicieron las cuatro chicas que estuvieron 40 minutos tratando de atendernos. Mariano agarró el celular y muy astutamente llenó el espacio de mensajes de animales, mientras ellas miraban enardecidas, él empezó a gesticular como si no hubiera un mañana: blandía sus manos y su cabeza hacia los lados, en ese gesto tan particular que en todos lados entendemos y que significa ampliamente “No”. Entre risas, volvió a llenar de verduras el espacio de mensajes, y con un amplio movimiento de cabeza, les dijo que “Si”. Las chinas comenzaron a reirse a carcajadas, y salieron encantadas hacia la cocina, a dar las indicaciones para que la rubia extraña que estaba ahí sentada pudiera comer y ser feliz de una vez.



El día que conseguí mi arrocito en China. 

Gracias a esto pudimos comunicarnos un poquito mejor a diario. ¿Quién se iba a imaginar que a través de los emoticones nos íbamos a entender a pesar de no tener nada que ver? 

El shock de la comida en China fue muy grande; no solo porque no era lo que me esperaba, sino porque no era similar a nada de lo que había visto en otros lugares mientras estuvimos en viaje. No pude transitar hacia el veganismo en este tiempo, claro está, porque haberlo hecho hubiese implicado un cimbronazo de estrés innecesario a mi alma y mi cuerpo. Pero me quedo con la enseñanza más grande que me llevé de China y su inmensidad: no importa de donde vengas o a donde vayas, no importa lo que creas o lo que veas, no importa si te crees mejor o peor que yo, al fin y al cabo lo único que importa es tu voluntad de entender el mundo y comer despacito; disfrutando cada bocado y no dándote un atracón de esos que hacías a escondidas, para evitar que otros te vieran comer. 

El mundo te invita a saborearlo con placer, no hace falta nada más y nada menos que las ganas de hacerlo.



Xian, China 2019.




Shock en Viajes: #8 - La cocinera de Mongolia

13:28

Soko, Mongolia 2019.

A fines de septiembre del 2019, ingresamos al continente asiático por la puerta grande: después de haber recorrido algo mas de 8000km en tren, pude ver desde la ventana de mi camarote cómo el paisaje cambiaba una vez más para dejarme sin aliento mientas el sol comenzaba a ocultarse. 

Llegamos a Mongolia de noche. Tal y como había pasado en la frontera rusa, subieron las chicas con sus perfectos uniformes y labios decorados de un rojo furioso a pedir los pasaporte de todos nosotros, los extraños visitantes. Recuerdo ver a los hombres de botas altas inspeccionar los techos del tren mientras ellas, impolutas, perfectamente bellas, nos interrogaban. Fueron alrededor de 4 horas entre frontera y frontera: nos sellaron la salida de un país para marcar el ingreso al otro. Se bajaron, y con ese bamboleo tan autoritario y sensual, nos dieron la bienvenida a un nuevo mundo.

Cuando abrí los ojos por la mañana ya estábamos por llegar. Salí al pasillo y empece a filmar lo que veía pasar con rapidez: ya no había árboles amontonados, peleando por salir en primer plano en mi fotografía fugaz que luego iba a subir a Instagram, no. Ahora el sol aparecía en la llanura total que caracteriza a Mongolia. Vi por primera vez las yurtas, esas carpas gigantes que son parte trascendental del paisaje. Mi boca quedó entreabierta ante la belleza de la diferencia. Ahora sí, el juego estaba comenzando a entrometerse en mi cabeza danzante de ideas fugaces. Quería más, quería ver y sentir más. La belleza de la diferencia, la cultura abierta, el sentirme tan ajena a todo me hace vibrar y mantener una sonrisa gigante donde algunos elegirían llorar. 



Hola, Mongolia: 

Si hay algo caro en Ulan Bator (la capital de Mongolia) es la noche de hotel. Pasamos los dos primeros días en un hotel cerca del centro, mientras hacíamos los tramites para solicitar la visa de China, y luego encontramos una Guest-house en internet que reunía las condiciones para poder pasar el resto de la semana y aprovechar para ir al desierto. Ademas de ser un lindo lugar, nos permitía no tener que perder tiempo buscando información extra, ya que ellos nos daban el alojamiento, el desayuno, nos guardaban las mochilas y nos organizaron a excursión. Como si fuera poco, también nos llevaron al aeropuerto el día que abandonamos Mongolia para seguir viaje. 

El mundo de la Guest-house es alucinante y chocante, genera una mezcla de sensaciones extrañas para quien no está acostumbrado a la vida en comunidad, porque te obliga a compartir espacio y actividades de otra forma: por ejemplo, una noche me levante para ir al baño, y me di cuenta que la señora que nos esperaba con el desayuno listo a las 7am, estaba durmiendo esa misma noche en el sillón del living comedor. Durante el día ordenaba el espacio comunitario y hasta ofrecía el servicio de lavado. 
Dentro del mismo edificio contaban con dos departamentos, con sus respectivas habitaciones y baños para alojar a estos extraños occidentales que decidían pasar sus días explorando el mundo sin entender bien por qué. 

Nos sentamos con la Madama de la Guest-house a ver que podíamos hacer. Nos ofreció tres tipos de excursiones, con diferentes precios, cantidad de días y medio de transporte. Podíamos irnos al desierto más remoto en una 4x4 o andar una semana a caballo recorriendo lugares inexplorados. 
Por los días que nos quedaban, y porque la verdad no sabíamos si nos íbamos a aguantar los trapos, decidimos ir con otra pareja en una excursión de 4 días a vivir con los nómades. Si bien no íbamos a adentrarnos en Gobbi (que había sido la idea original) podíamos vivir la experiencia completa, y conocernos a nosotros en un ambiente 100% diferente al que veníamos acostumbrados. 

Hasta el infinito y más allá: 

A las 6 de la mañana del día siguiente de haber reservado, nos pasaron a buscar. Finalmente íbamos a viajar solos, porque la otra pareja había decidido adentrarse en el desierto a caballo. Nos subimos a la camioneta con el chofer y nuestra guía. El no hablaba ingles, ella hacia lo que podía. Tuvimos que arreglar el tema de la comida con anterioridad, ya que yo en ese entonces ya no comía carne y necesitaba estar segura de que iba a poder pilotear los días que estaban por llegar. Sin ningún problema, me dijeron que todo iba a funcionar bien. Nos subimos a la camioneta y arrancamos el recorrido con Soko - la guía -  y nuestro amigo el chofer. No recuerdo su nombre, me da mucha pena, pero no logro hacerlo. 




La primer parada fue Hustai National Park, donde hay un gran predio para que los visitantes puedan acampar y miles de especies de animales en libertad. Una de las más atractivas es el caballo de Przewalskii, Takhi es su nombre local, una especie de caballo salvaje que estuvo en peligro de extinción. Estuvimos gran parte del día aquí, caminando y buscando ver a través del entusiasmo de Soko, lo que la belleza de su país tenia para dar. 

Mientras la camioneta avanzaba, apoye la cabeza contra la ventana y me deje llevar; el movimiento suave del andar, el solcito de la tarde y la música perfectamente seleccionada - y propia del lugar - me hicieron entrar en una siesta perfecta y profunda, de esas que te sacuden las penas y te obligan a relajarte y dejarte llevar. Llegamos a destino un rato antes del atardecer, cuando el viento ya estaba soplando fuerte y el sol dejaba de calentar. Estaba fresco, y el paisaje era abrumante. 



En lo alto de la ladera estaba montado el campamento de verano de la familia que nos alojaría; en realidad, lo que quedaba de él, porque ya estaban empezando a trasladarse desierto adentro, entre el abrazo de las montañas que los protegerían de las fuertes nevadas del invierno que estaba por llegar. 

Nos recibió una familia con la que no pudimos comunicarnos más allá de sonrisas y algunos golpecitos de cabeza: la abuela, la nieta y los hijos que veíamos pasar al otro día bien temprano por la mañana. Todos habitaban este mágico lugar. 



Soko nos indico cual seria nuestra yurta, una carpa preparada con 4 camas, una mesa con sillas y una salamandra en el medio. Dejamos la mochila y fuimos a la casa familiar. Solo podíamos ser observadores de la escena: nuestro amigo el chofer se sentó a charlar con nuestros anfitriones. La nieta se sentó frente a su abuela mientras esta cosía en su máquina, y la ayudaba a sostener los retazos de tela que unía sin parar. Había en la carpa otra mujer, quizás una hija, que servía té y nos miraba. Mariano y yo nos sentamos a observar, mientras mi corazón estaba desesperado por hablar, pero no podía hacerlo. No había forma de entablar conversación y conocernos. Soko nos sugirió que entregáramos nuestro regalo (nos dijeron que lleváramos chocolates, y así lo hicimos) y nos fuéramos a relajar. En un rato estaría lista la cena servida en la mesa de nuestro nuevo y momentáneo hogar.

En ese momento empezamos a entender, cuando la vimos a Soko cocinando. Se fue a su carpa, sacó cajas de la camioneta y se puso a cocinar para los 4: nuestro amigo el chofer, ella, Mariano y yo. La familia seguía con su rutina, no compartiríamos este evento tan peculiar. 

En ese momento comprendí por qué no había problema con mi duda sobre comer o no carne: Soko tenia en la camioneta todo lo que nosotros íbamos a comer durante esos días, porque claro, estábamos en un tour privado, y ella además de hacer de guía y amiga, nos iba a cocinar 4 comidas a diario. Nuestro amigo el chofer, que manejaba hasta el cansancio, lavaba los platos cuando terminábamos, y se encargaba de el trabajo pesado. Le decíamos a Soko que queríamos ayudar, que nosotros podíamos hacer algo además de esperar a que ella cocinara, pero con una sonrisa inmensa siempre nos dijo que no, que para eso ella estaba.




Durante los días en el campamento de verano pudimos apreciar el funcionamiento de una familia nómade tradicional. Por la mañana temprano, la hija y la nieta iban a ordeñar las vacas, mientras las cabritas pastoreaban, y una vez que todos terminaban de desayunar, arrancaban a desarmar las carpas para trasladarse una vez más. Cada familia tiene su espacio asignado, y entre esos campamentos se mudan durante el año, de acuerdo a la estación, para acompañar su vida según los caprichos del clima. Además, reciben turistas a diario, y por ese intercambio cada Guest -house o agente les da dinero para subsistir. 

La cocinera de Mongolia: 

Soko cocinaba como los dioses, todo era elaborado por sus manos, rico y abundante, ademas de preparme un plato especial, le ponía amor y voluntad. 
Recuerdo el cruce de miradas desoladas que intercambiamos con Mariano cuando la vimos a Soko empezar a cocinar. Pobres nosotros, ingenuos, que no nos dimos cuenta que habíamos pagado para que nuestra guía sea ademas nuestra cocinera personal. Nos quedamos a su lado de manera constante, porque no encontrábamos la forma de agradecerle lo que hacia con su tiempo, su energía y sus manos. 

Soko integra a nuestras abuelas, nuestras madres, esa parte de nuestra infancia en la que creíamos que la maternidad estaba ligada de manera lineal y obligatoria a la cocina empedernida, a la entrega total y arriesgada. A las 7 de la mañana Soko empezaba a calentar el agua para que tengamos el tecito cuando nos levantáramos, y a las 8 de la noche nos despedía con otro tecito en la mano, mientras se retiraba de la carpa con los platos sucios para que nuestro amigo el chofer pudiera lavar. En ese acto tan servicial, nos adentramos de lleno a la cultura asiática. Y más allá de las diferencias entre las culturas, pude encontrar la similitud que me haría sentirme en casa una vez mas. 

La abuela y su nieta frente a la maquina de coser, una escena que he vivido más de mil veces, mientras mi abuela me hacia los trajes para que pudiera brillar en el escenario cada año. 

Soko cocinando de sol a sombra, otra escena que me es fervientemente familiar, que me dan ganas de salir corriendo y abrazar a mi abuela y mi mamá, ellas que todo lo dieron para alimentarnos, para cuidarnos. Soko nos unió con esa imagen de la infancia que parecía ser parte de una actividad dada de una vez y para siempre, y que con el tiempo y la vorágine de la vida no nos detenemos a pensar. 
Pero ahí estábamos, nosotros ingenuos, creyendo que teníamos que ocuparnos de nuestra comida mientras estemos en el desierto, viendo como Soko, con una sonrisa gigante, se hacia cargo de que sus invitados al mundo Mongol, se llevaran de este encuentro solamente amor y un gran sabor en el gigante paladar. 




Pasamos 4 días increíbles entre animales salvajes en peligro de extinción, nómades, camellos y la inmensidad del desierto. Hicimos caminatas con un suizo que andaba dando vueltas en libertad, y dormimos con unas chicas de Taiwan que no paraban de reirse de lo que pasaba. 

Hice pis en el medio de la nada, y en una letrina improvisada. No me bañé durante los días que duró la experiencia. Comí chocolate y nos miramos con amor con nuestros anfitriones eternos. Nos sentamos al solcito, con el abuelo, mientras la abuela barría la puerta de casa. 




Miramos a Soko cocinar y nos comimos todo lo que nos dio con tanto amor. 
Aprendi, gracias a este shock de amor cultural que conocer a Soko me dio, que la belleza de la diferencia está en entender que no hay nada más allá que equidad. 

Y en esa búsqueda constante me encuentro y recuerdo a diario la mirada de amor de Soko por lo que hacia. Y así logro conciliar el sueño después de este año eterno...