Derribando los super miedos


Hyde Park, Londres.

Dinamarca me esta presentando diferentes situaciones a superar. Cada vez que me siento molesta, frustrada y hasta un poquito alterada, trato de frenar mi mente y pensar: ¿a qué te tenes que enfrentar ahora, Marina? Y siempre encuentro esa situación, esa forma de relacionarme que necesito transformar.

No creo que sea solo a mi, ni que sea solo Dinamarca. Creo que viajar hace eso: te moviliza a enfrentarte a tus miedos, a tus esquemas, a romper con todo aquello que creías que eras, para demostrarte, que podes ser lo que quieras.

La primer situación me la puso en frente el verano. Ay, qué extraña me sentí cuando empecé a darme cuenta que se me venía un verano muy caluroso encima. Y yo, que me había venido a vivir a un país nórdico, con mis camperas, guantes y medias térmicas en la mochila, feliz de no tener que exponerme a un rayo de sol, ni mucho menos a sacar la bikini (que solo traje por las dudas, por si algún día pintaba ir a la playa) y mostrar mi blanco cuerpo durante prácticamente 5 meses.  Pero ya me vieron. De repente fue como si otra Marina (una que les juro no había conocido antes) se adueñara de mi.


Palma de Mallorca.


Tuve que derribar mis miedos, tuve que anteponerme a mis creencias, tuve que destruir cada frase que tenía bien grabada en la cabeza, y salir. Tuve que ponerme el short, la musculosa. Sacar la bikini, andar en bicicleta al rayo del sol. Tuve que disfrutar, y creo que esta fue la parte más difícil, ya que no estaba programada naturalmente para hacerlo. Antes de este viaje era una persona que no creía tener la capacidad de disfrutar; y mucho menos de disfrutar un verano, de meterme al mar sin problemas, de caminar por la playa sin prejuicios - ni míos, ni del resto.

Y así fue, como por primera vez en mis 30 años, pude disfrutar de un verano a pleno. Pude reirme, salir, trabajar, nadar. Todos los días me iba al mar: a alguna playa o a saltar a un canal. Todos los días me permití y me enseñe a disfrutar, a no pensar que tenía que tener un cuerpo perfecto (todavía sigo intentando descifrar a qué nos referimos cuando pensamos en “un cuerpo perfecto”) para poder estar al sol y disfrutar. Una sonrisa se dibujó en mi cara el día que salte al báltico por primera vez, y me acompañó durante todo el verano europeo.

Me di cuenta de que estaba viviendo de verdad, que no necesitaba nada más que dejarme ser, que permitirme ser libre y feliz a la vez. Que todas las ataduras estaban en mi mente, y las pude romper. Y que bien que se siente romper con esos lazos destructivos, que nos atan a ideas y pre conceptos que nos van matando lentamente, porque nos impiden ser.

Otra situación que tuve que afrontar fue la amistad: para una persona que lo da todo al conocer a alguien, no es tan difícil comenzar a relacionarse y generar lazos, pero si es difícil comprender que no todos estamos listos para construir amistades como las esperamos.

Distortion, Copenhague.

Asique tuve que aprender a escuchar y entender a quienes me rodeaban desde otro lado. Tuve que aprender a soltar relaciones, a construir desde otro lado, quizás más libre, pero 100% diferente a lo que estaba acostumbrada.
Como en todos lados, viajando también se hacen amigos. Uno conoce gente que sabe que será temporal, y otra que deseas que sea para siempre. Pero en este juego de amistades y temporalidades, también está bueno aprender a disfrutar de quienes están, por el tiempo que están. Porque en este tiempo - sea breve o largo - también se aprende. En mi caso, a relajarme, a no ser tan estricta, a sentirme más libre al relacionarme. Aprendí a manejar mi forma de “dar” y también la forma de “recibir”. De cada persona que conocí en este tiempo de viaje aprendí algo, y espero, del mismo modo, haberle dejado algo de mi.

No les voy a negar que al principio me costó. Tuve algunos días de replantearme muchas cosas, de sentir que me costaba relacionarme, de sentir espacios vacíos, de sentir que necesitaba forjar una amistad. Y cuando empezaba a desesperarme, ahí estaban. Personas que llegaron a mis dias y todavia me acompañan. Que me llenaron de risas, de mates, de cervezas y salidas. Que tienen una palabra de calma cuando voy a desesperar, y también el grito necesario cuando hay que frenar. También hay personas que ya no están, que fueron de risas de un dia. De carcajadas laborales, de charlas largas en un tren. Personas que no conozco, pero que son lindos mensajes por whatsap, o respuestas a una historia en instagram. Siempre hay alguien del otro lado, diciendo “acá estoy”, no pasa nada.

Y al final de la visa, cuando creí que todo comenzaba a estabilizarse se me presenta la situación que más me moviliza: la laboral. Si bien decidí trabajar como freelance todo el año (es decir, todo lo que realice fue sin horas aseguradas, sino que intercambiando trabajos, dias y horarios) porque me gustaba esa adrenalina de no saber que iba a pasar al otro dia, cuando el invierno se acercó todo cambio. Muy lindo tener días libres y tiempo en el verano, pero ahora, con la finalización de la visa tan cerca ya es necesario ponerme las pilas y trabajar. Así Que comencé a tomar más horas de limpieza por la mañana y buscar algún trabajo en un bar o restaurante por la tarde. En eso estoy, cuando me avisan que debo dejar de trabajar con la empresa de limpieza porque pase la facturación anual permitida. Me quede en pampa y la vía. Sin otro trabajo asegurado, y con solo 2 meses por delante. ¿Que hago ahora? Eso es lo que estoy resolviendo.

Siempre digo que Copenhague provee. Y no me ha fallado. Claramente ahora estoy frente a una situación que me molesta, me confunde y me altera. Mi estabilidad se vio afectada por algo que no esperaba. Y ahí es cuando me puse a pensar, ¿que tengo que trabajar sobre la forma de relacionarme con el trabajo?

Puente de las cadenas, Budapest.


Estoy trabajando en encontrar estas respuestas. Trabajo todos los días en conocerme, en resolver esas cosas que me alteran, porque también para eso emprendí este viaje. No solo para conocer el mundo, para aprender culturas diferentes, para relacionarme con otras personas. Sino para conocerme, para dar rienda suelta a mis capacidades, a todo aquello que se que puedo ser, y que sentía tan arrinconado en el lugar que estaba antes. ¿Como hago entonces para no volver a encerrarme? Trabajo, no solo para juntar la plata que me va a permitir seguir viaje, sino también para darme la chance de transformarme y reconstruirme. Quizás, esto es lo más difícil de todo el viaje...