Shock en Viajes: #3 Las piedras de Niza


Niza, marzo 2019.



La experiencia de dejarlo todo para irme a vivir el mundo y aterrizar unos cuantos meses en Dinamarca, hizo que me re-enamore de la vida y me dio el empujón que me faltaba para deconstruirme y construirme una vez más. 

Mi sonrisa por aquel entonces era gigante, digna de quien cree que todo lo que hace le proporcionará solo felicidad. Pero tan ocupada estaba en mi sonrisa, que olvidé por completo mirar mas allá de lo que en verdad implica tener una gran sonrisa en la cara. Olvidé que a veces es necesario llorar para que ésta vuelva a tener su lugar. No todo lo que brilla es oro y no todo lo que sonríe de manera gigante es real. Creí, casi en un nivel de ingenuidad absoluta, que todo podía ser paz y felicidad, que podía andar por el mundo haciendo lo que quisiera, que el verano era eterno y nadie más que mi voluntad manejaba lo que podía pasar. 
Lo que no me esperaba era el shock de lágrimas atoradas que tenía por delante, una vez que decidiera volver a volar. 

La visa de Dinamarca se nos vencía en febrero de 2019. Nos fuimos un mes antes, un poco porque yo no conseguía un trabajo estable para pasar el invierno, y otro poco porque no podíamos seguir estirando algo que al fin y al cabo iba a terminar. Fue una decisión difícil: dejar nuestra vida danesa llena de amigos y muchas oportunidades, es algo que al día de hoy seguimos refutando. Siempre extraño Dinamarca y la Marina que se despertó y vibró mientras bicilceteaba sin rumbo con el Báltico a un costado y los miles de canales con patos atrás. 


Llegamos a Buenos Aires un 6 de enero de sorpresa para nuestros amigos y familia. Obviamente todo fue alegría, juntadas, un exceso de energía y gratuidad acumuladas. Abrazos, besos y nuevas despedidas, porque en menos de un mes desde que puse un pie en Argentina por primera vez después del gran viaje, estaba comprando pasajes para volar una vez más. Esta vez el destino era Francia. Sabía que no me esperaban mis amigos del otro lado, no tenía trabajo ni casa, no conocía el idioma o las dificultades que iba enfrentar. Pero nada importaba entonces, porque sentía - y tenía - la vitalidad y la energía de quien cree que puede llevarse el mundo por delante, así sin más. 


Aplicamos a la visa de Francia el 6 de febrero, el 20 tuvimos el ok del Consulado y el 26 a la noche nos subimos al avión con destino a nuestra nuevo hogar. ¿Qué paso en el medio? Un torbellino de emociones que al día de hoy estoy tratando de procesar.


Sorbo amargo de verdad:


Me acuerdo que una de esas tardes de verano - entre que aplique a la visa y me tome el palo - estaba en lo de mi viejo con Mariano y mis hermanos. Entre mate y aire acondicionado, Trini nos muestra sus fotos de un verano en Niza. Me quedé helada. Entre lo turquesa e imponente del mar y la belleza de su cara de felicidad, había nada más y nada menos que unas enormes piedras. 

Vista de Niza desde el Castillo


- ¿Esas son piedras? - Le pregunté. 
- ¡Si! - Me contestó con la sorpresa e ingenuidad que caracterizan a alguien que se acaba de dar cuenta que destrozó de un plumazo el sueño de un verano haciendo angelitos en la playa con vistas al mediterráneo. 
¿No sabías que la costa de Niza está llena de piedras?¡esa playa es inventada! - Continuó, rompiendo en pedacitos más chiquitos mis esperanzas...
- No. No lo sabía - le dije, mientras quemaba en mi garganta el sorbo de mate caliente y amargo que acababa de tragarme así, como si nada.

La verdad es que nadie sabia por lo que yo estaba pasando: me fui de Dinamarca con la tristeza de quien deja al amor de su vida y no sabe cuándo lo podrá abrazar otra vez. Llegue a Argentina con la felicidad de ver a mi familia, a mis amigos y a Bea de nuevo, y saque la visa de Francia con la idea de vivir en la playa; de andar en bicicleta por pueblitos de montaña y mojar mis cachas en el mediterráneo todo el dia. Pero no se me ocurrió, en ningún momento, investigar un poco más si eso que mi mente despierta y agitada por la alegría de estar cumpliendo el sueño de su vida de viajar sin parar, podía tener alguna cosita que frenara la felicidad. 

Mejor dicho, no se me ocurrió dejar de soñar para detenerme a pensar si aquello que mi alma agitada sentía y vibraba era real o había algo que estaba empujando despacito y de a poquito, desde el fondo con ansias de sacar las garras y ponerle nombre y apellido al fantasma que había querido olvidar entre viajes y nuevas amistades. 

¿Alguna vez pensaste que detrás de una gran sonrisa bien puesta puede haber un fantasma alborotando el avispero y desempolvando recuerdos de tempestad? Les confieso, amigos míos, que todos los días trabajo fuertemente abrazar ese fantasma que despertó aquella tarde de verano las piedras de Niza entre mate amargo y aire acondicionado.


Una piedra en mi espalda:

Niza

Antes de subirme al avión con destino directo a Niza, ya estaba llorando en el baño del aeropuerto, escondida de todo aquello que comenzaba a perseguirme sin darme la mano para caminar despacio. Mariano no entendía lo que comenzaba a pasar. Yo tampoco. Pero desde antes de salir de Ezeiza, las piedras de Niza comenzaron a ser un dolor constante en mi espalda. Estaba enojada antes de llegar, por haber elegido un lugar con piedras en vez de arena para vivir en la playa. 

Lo primero que hicimos al despertar en nuestro departamento del 4to piso en la Vieja Niza, fue ir a comprobar como era la playa. Ya conocen la historia: vi las piedras desde lejos, como riéndose de todo lo que comenzaba a hacerse realidad en la vida de esta viajera empedernida y obstinada. Yo solo quería olvidarme y vivir mi vida, las piedras venían a recordarme que todo lo que no se extirpa, crece y se hace mas fuerte. 

Tuve que comprarme unos zapatitos especiales para poder meterme al mar. Si. Durante mi vida en Niza no pude caminar libremente por la playa, ni nadar, sin ponerme mis zapatos de goma fucsia, que compré especialmente para que mis pies brillaran y no dolieran al pretender descansar tirada en el agua después de una larga jornada laboral. 



A mi me frustraba el hecho de no poder andar en patas por la playa. Mariano compraba una reposera porque las piedras le hacían doler la espalda, y otros amigos iban a la playa con mats o almohadas infladas. Las piedras de Niza se hacían presentes y protagonistas en todas las charlas pre mateadas. Quizás nadie lo decía abiertamente, pero a todos nos molestaba el hecho de sentarnos en la piedra caliente y fingir que nada pasaba. Y mientras tantos, nosotros dos pasábamos las tardes peleando. Y nadie lo sabía, porque nadie lo decía. 

¿Pero que es lo que en verdad me estaba pasando? El relato de las piedras hoy queda anecdótico después de haber atravesado descalza cada una de esas piedras que me quemaban y me hacían arder la piel. 


Piedra libre para el Shock:

Estábamos peleando. En Niza peleamos mucho, a veces sin sentido, a veces con sentido diluido, desvirtuado, entrelazado. Mientras discutíamos yo hervía el agua para el mate. Teníamos un solo día libre en la semana y solo quería ir a alguna playa a sentar el culo en las piedras de turno que me fueran a sostener. Recuerdo que Mariano salió a fumar y yo me quedé mirando la pava, como acostumbro cada vez que algún pensamiento invasivo se apodera de mi y se hace carne. Los recuerdos de los gritos de la infancia me amedrentaron, deje deslizar realidades que fueron parte de mi carne y no me pertenecían, deje deslizar lágrimas del pasado que necesitaban bailar sobre mi cara una vez más. Esta vez el recuerdo era diferente y me había llevado a esconder parte de nuestras cosas, vaya uno a saber por qué. Lloré tras un grito aislado, mientras me dejaba caer en el piso de la cocina y esperaba que asomara Mariano. 

No entendía nada. Le conté lo que estaba recordando y me disculpe por dejar que prácticas de cabotaje ancestrales se adueñaron de mi y me inhabilitaran a ser feliz. Nos abrazamos fuerte, mientras la pava chillaba porque el agua ya estaba. 

Nos quedamos en silencio, un poco enojados, un poco frustrados. Un poco sabiendo que esto recién empezaba. Pero el silencio tenía que adueñarse de una escena que no le era propia para dejarme respirar y disfrutar de las piedras que me estaban esperando cuatro cuadras más allá. 



Nos fuimos a la playa con la mochila a cuestas: una mochila de piedras ajenas que volvía a asomar, un fantasma que se había hecho presente para acariciarme los ojos color cielo y decirme que lo tenía que abrazar. Que si no lo hacía, se iba a encarnar en mi presente y no me dejaría avanzar. 

No me quedó otra opción que retomar terapia para lograr abrazar a mi fantasma y darle el paso a su disolución. Entre piedras calientes y un verano efervescente, sané una vez más. Le abrí la puerta a los fantasmas que había dejado rumiando en la profundidad de mi ser, mientras disfrutaba de mi vida en viaje y sonreía sin saber que en realidad me esperaba el shock de piedras en la cabeza para empezar a ser feliz otra vez.

Si no logré disfrutar a pleno de Niza fue porque estaba amigándome, luchando y durmiendo con mis fantasmas de la infancia, esos que todos tenemos pero a veces no nos damos el lujo de dejarlos volver a bailar de nuestra mano o salir a jugar. 

Y qué importante es dejarlos salir, hacer el quilombo que crean necesario, hacer ruido, gritar hasta el hartazgo, hasta quedarse sin voz ni voto en nuestro pequeño espacio corporal. ¿Que hubiese pasado ese día de peleas con mariano, hubiese hecho caso omiso a ese fantasmita que estaba listo para jugar? No lo se, porque las burbujas de la pava en ebullición me distrajeron de la fuerza que estaba haciendo para mantener una sonrisa gigante en mi cara, y se abrió camino el señor fantasma, cabalgando las lágrimas que lo llevarían a coronar a las reinas angustia y realidad.

Ya pasó un año desde que comencé este nuevo proceso de descubrimiento interno. Un año en el cual termine agradeciéndole a las piedras de Niza por haberme quemado los pies y darme un pequeño dolor de espalda. Porque más allá del shock de no poder correr en patas, me pude enfrentar a ese fantasma que tanto me acechaba. 

Ahora mi sonrisa es más real que dos años atrás, porque la estoy recomponiendo después de jugar y bailar con mis fantasmas. No creo que se hayan ido del todo, a veces los siento presentes, pero esta vez voy a estar más preparada para recibirlos, y no les voy a permitir shockearme con piedras calientes o arruinar mi vida en viaje. 

Mala Beach.

Hoy entiendo que las piedras de Niza vinieron a decirme que no tenía que correr otra vez. Necesitaba caminar despacio y con cuidado entre las piedras, para sentarme a ver el mar y enfrentarme al fantasma con aire de grandeza. Con amor y con respeto, lo voy a desarmar para que no vuelva a aparecer...