Shock en Viajes: #8 - La cocinera de Mongolia

Soko, Mongolia 2019.

A fines de septiembre del 2019, ingresamos al continente asiático por la puerta grande: después de haber recorrido algo mas de 8000km en tren, pude ver desde la ventana de mi camarote cómo el paisaje cambiaba una vez más para dejarme sin aliento mientas el sol comenzaba a ocultarse. 

Llegamos a Mongolia de noche. Tal y como había pasado en la frontera rusa, subieron las chicas con sus perfectos uniformes y labios decorados de un rojo furioso a pedir los pasaporte de todos nosotros, los extraños visitantes. Recuerdo ver a los hombres de botas altas inspeccionar los techos del tren mientras ellas, impolutas, perfectamente bellas, nos interrogaban. Fueron alrededor de 4 horas entre frontera y frontera: nos sellaron la salida de un país para marcar el ingreso al otro. Se bajaron, y con ese bamboleo tan autoritario y sensual, nos dieron la bienvenida a un nuevo mundo.

Cuando abrí los ojos por la mañana ya estábamos por llegar. Salí al pasillo y empece a filmar lo que veía pasar con rapidez: ya no había árboles amontonados, peleando por salir en primer plano en mi fotografía fugaz que luego iba a subir a Instagram, no. Ahora el sol aparecía en la llanura total que caracteriza a Mongolia. Vi por primera vez las yurtas, esas carpas gigantes que son parte trascendental del paisaje. Mi boca quedó entreabierta ante la belleza de la diferencia. Ahora sí, el juego estaba comenzando a entrometerse en mi cabeza danzante de ideas fugaces. Quería más, quería ver y sentir más. La belleza de la diferencia, la cultura abierta, el sentirme tan ajena a todo me hace vibrar y mantener una sonrisa gigante donde algunos elegirían llorar. 



Hola, Mongolia: 

Si hay algo caro en Ulan Bator (la capital de Mongolia) es la noche de hotel. Pasamos los dos primeros días en un hotel cerca del centro, mientras hacíamos los tramites para solicitar la visa de China, y luego encontramos una Guest-house en internet que reunía las condiciones para poder pasar el resto de la semana y aprovechar para ir al desierto. Ademas de ser un lindo lugar, nos permitía no tener que perder tiempo buscando información extra, ya que ellos nos daban el alojamiento, el desayuno, nos guardaban las mochilas y nos organizaron a excursión. Como si fuera poco, también nos llevaron al aeropuerto el día que abandonamos Mongolia para seguir viaje. 

El mundo de la Guest-house es alucinante y chocante, genera una mezcla de sensaciones extrañas para quien no está acostumbrado a la vida en comunidad, porque te obliga a compartir espacio y actividades de otra forma: por ejemplo, una noche me levante para ir al baño, y me di cuenta que la señora que nos esperaba con el desayuno listo a las 7am, estaba durmiendo esa misma noche en el sillón del living comedor. Durante el día ordenaba el espacio comunitario y hasta ofrecía el servicio de lavado. 
Dentro del mismo edificio contaban con dos departamentos, con sus respectivas habitaciones y baños para alojar a estos extraños occidentales que decidían pasar sus días explorando el mundo sin entender bien por qué. 

Nos sentamos con la Madama de la Guest-house a ver que podíamos hacer. Nos ofreció tres tipos de excursiones, con diferentes precios, cantidad de días y medio de transporte. Podíamos irnos al desierto más remoto en una 4x4 o andar una semana a caballo recorriendo lugares inexplorados. 
Por los días que nos quedaban, y porque la verdad no sabíamos si nos íbamos a aguantar los trapos, decidimos ir con otra pareja en una excursión de 4 días a vivir con los nómades. Si bien no íbamos a adentrarnos en Gobbi (que había sido la idea original) podíamos vivir la experiencia completa, y conocernos a nosotros en un ambiente 100% diferente al que veníamos acostumbrados. 

Hasta el infinito y más allá: 

A las 6 de la mañana del día siguiente de haber reservado, nos pasaron a buscar. Finalmente íbamos a viajar solos, porque la otra pareja había decidido adentrarse en el desierto a caballo. Nos subimos a la camioneta con el chofer y nuestra guía. El no hablaba ingles, ella hacia lo que podía. Tuvimos que arreglar el tema de la comida con anterioridad, ya que yo en ese entonces ya no comía carne y necesitaba estar segura de que iba a poder pilotear los días que estaban por llegar. Sin ningún problema, me dijeron que todo iba a funcionar bien. Nos subimos a la camioneta y arrancamos el recorrido con Soko - la guía -  y nuestro amigo el chofer. No recuerdo su nombre, me da mucha pena, pero no logro hacerlo. 




La primer parada fue Hustai National Park, donde hay un gran predio para que los visitantes puedan acampar y miles de especies de animales en libertad. Una de las más atractivas es el caballo de Przewalskii, Takhi es su nombre local, una especie de caballo salvaje que estuvo en peligro de extinción. Estuvimos gran parte del día aquí, caminando y buscando ver a través del entusiasmo de Soko, lo que la belleza de su país tenia para dar. 

Mientras la camioneta avanzaba, apoye la cabeza contra la ventana y me deje llevar; el movimiento suave del andar, el solcito de la tarde y la música perfectamente seleccionada - y propia del lugar - me hicieron entrar en una siesta perfecta y profunda, de esas que te sacuden las penas y te obligan a relajarte y dejarte llevar. Llegamos a destino un rato antes del atardecer, cuando el viento ya estaba soplando fuerte y el sol dejaba de calentar. Estaba fresco, y el paisaje era abrumante. 



En lo alto de la ladera estaba montado el campamento de verano de la familia que nos alojaría; en realidad, lo que quedaba de él, porque ya estaban empezando a trasladarse desierto adentro, entre el abrazo de las montañas que los protegerían de las fuertes nevadas del invierno que estaba por llegar. 

Nos recibió una familia con la que no pudimos comunicarnos más allá de sonrisas y algunos golpecitos de cabeza: la abuela, la nieta y los hijos que veíamos pasar al otro día bien temprano por la mañana. Todos habitaban este mágico lugar. 



Soko nos indico cual seria nuestra yurta, una carpa preparada con 4 camas, una mesa con sillas y una salamandra en el medio. Dejamos la mochila y fuimos a la casa familiar. Solo podíamos ser observadores de la escena: nuestro amigo el chofer se sentó a charlar con nuestros anfitriones. La nieta se sentó frente a su abuela mientras esta cosía en su máquina, y la ayudaba a sostener los retazos de tela que unía sin parar. Había en la carpa otra mujer, quizás una hija, que servía té y nos miraba. Mariano y yo nos sentamos a observar, mientras mi corazón estaba desesperado por hablar, pero no podía hacerlo. No había forma de entablar conversación y conocernos. Soko nos sugirió que entregáramos nuestro regalo (nos dijeron que lleváramos chocolates, y así lo hicimos) y nos fuéramos a relajar. En un rato estaría lista la cena servida en la mesa de nuestro nuevo y momentáneo hogar.

En ese momento empezamos a entender, cuando la vimos a Soko cocinando. Se fue a su carpa, sacó cajas de la camioneta y se puso a cocinar para los 4: nuestro amigo el chofer, ella, Mariano y yo. La familia seguía con su rutina, no compartiríamos este evento tan peculiar. 

En ese momento comprendí por qué no había problema con mi duda sobre comer o no carne: Soko tenia en la camioneta todo lo que nosotros íbamos a comer durante esos días, porque claro, estábamos en un tour privado, y ella además de hacer de guía y amiga, nos iba a cocinar 4 comidas a diario. Nuestro amigo el chofer, que manejaba hasta el cansancio, lavaba los platos cuando terminábamos, y se encargaba de el trabajo pesado. Le decíamos a Soko que queríamos ayudar, que nosotros podíamos hacer algo además de esperar a que ella cocinara, pero con una sonrisa inmensa siempre nos dijo que no, que para eso ella estaba.




Durante los días en el campamento de verano pudimos apreciar el funcionamiento de una familia nómade tradicional. Por la mañana temprano, la hija y la nieta iban a ordeñar las vacas, mientras las cabritas pastoreaban, y una vez que todos terminaban de desayunar, arrancaban a desarmar las carpas para trasladarse una vez más. Cada familia tiene su espacio asignado, y entre esos campamentos se mudan durante el año, de acuerdo a la estación, para acompañar su vida según los caprichos del clima. Además, reciben turistas a diario, y por ese intercambio cada Guest -house o agente les da dinero para subsistir. 

La cocinera de Mongolia: 

Soko cocinaba como los dioses, todo era elaborado por sus manos, rico y abundante, ademas de preparme un plato especial, le ponía amor y voluntad. 
Recuerdo el cruce de miradas desoladas que intercambiamos con Mariano cuando la vimos a Soko empezar a cocinar. Pobres nosotros, ingenuos, que no nos dimos cuenta que habíamos pagado para que nuestra guía sea ademas nuestra cocinera personal. Nos quedamos a su lado de manera constante, porque no encontrábamos la forma de agradecerle lo que hacia con su tiempo, su energía y sus manos. 

Soko integra a nuestras abuelas, nuestras madres, esa parte de nuestra infancia en la que creíamos que la maternidad estaba ligada de manera lineal y obligatoria a la cocina empedernida, a la entrega total y arriesgada. A las 7 de la mañana Soko empezaba a calentar el agua para que tengamos el tecito cuando nos levantáramos, y a las 8 de la noche nos despedía con otro tecito en la mano, mientras se retiraba de la carpa con los platos sucios para que nuestro amigo el chofer pudiera lavar. En ese acto tan servicial, nos adentramos de lleno a la cultura asiática. Y más allá de las diferencias entre las culturas, pude encontrar la similitud que me haría sentirme en casa una vez mas. 

La abuela y su nieta frente a la maquina de coser, una escena que he vivido más de mil veces, mientras mi abuela me hacia los trajes para que pudiera brillar en el escenario cada año. 

Soko cocinando de sol a sombra, otra escena que me es fervientemente familiar, que me dan ganas de salir corriendo y abrazar a mi abuela y mi mamá, ellas que todo lo dieron para alimentarnos, para cuidarnos. Soko nos unió con esa imagen de la infancia que parecía ser parte de una actividad dada de una vez y para siempre, y que con el tiempo y la vorágine de la vida no nos detenemos a pensar. 
Pero ahí estábamos, nosotros ingenuos, creyendo que teníamos que ocuparnos de nuestra comida mientras estemos en el desierto, viendo como Soko, con una sonrisa gigante, se hacia cargo de que sus invitados al mundo Mongol, se llevaran de este encuentro solamente amor y un gran sabor en el gigante paladar. 




Pasamos 4 días increíbles entre animales salvajes en peligro de extinción, nómades, camellos y la inmensidad del desierto. Hicimos caminatas con un suizo que andaba dando vueltas en libertad, y dormimos con unas chicas de Taiwan que no paraban de reirse de lo que pasaba. 

Hice pis en el medio de la nada, y en una letrina improvisada. No me bañé durante los días que duró la experiencia. Comí chocolate y nos miramos con amor con nuestros anfitriones eternos. Nos sentamos al solcito, con el abuelo, mientras la abuela barría la puerta de casa. 




Miramos a Soko cocinar y nos comimos todo lo que nos dio con tanto amor. 
Aprendi, gracias a este shock de amor cultural que conocer a Soko me dio, que la belleza de la diferencia está en entender que no hay nada más allá que equidad. 

Y en esa búsqueda constante me encuentro y recuerdo a diario la mirada de amor de Soko por lo que hacia. Y así logro conciliar el sueño después de este año eterno...