Shock en Viajes: 10 - La historia del Transiberiano


La ruta del Transiberiano



Si hoy me ves, quiero que mires. Vengo de cruzar Rusia en tren, de recorrer China y bucear en Tailandia. Vengo de trabajar en España, de vivir en Francia y Dinamarca. Vengo de hacer snorkel en Islandia, de volar por la montaña. Vengo de recorrer el mundo a pata, pero también de perder raíces y de a ratos me cuesta encontrarlas.

Así comenzaba a depurar un poco lo que estaba sintiendo este verano, cuando la angustia existencial se hizo carne en mi cuerpo presente - y ausente - y comenzó a derribar las barreras que muy inteligentemente supe armar. Barreras que, durante estos años de vida en viaje, supieron flexibilizarse y pasar desapercibidas mientras la cabeza no me dolía porque estaba mucho más entretenida nadando en Niza que pensando en la vida más allá. Barreras que, supieron flexibilizarse en el mientras tanto de mi vida y el espacio temporal que me separaba del encuentro inminente con lo que no se va. 

En otro borrador de las notas sueltas que guardo con recelo en mi celular escribí: Siento el cuerpo fragmentado. Desde que me fui, no volví. Y cuando vuelvo no me encuentro. O peor aún, encuentro a ese ser que no quiero ver, a ese que le duele el cuerpo. Que tiene angustias vacías en infinitas, que tiene miedos atascados y no puede más.


Ahora se preguntarán ustedes, mis queridos lectores, qué tiene que ver esto con mi viaje a través del tiempo en la línea ferroviaria del Transiberiano. Pues déjenme decirles que no tiene nada y tiene todo que ver; porque ese viaje ha sido soñado y planificado por quien escribió esas líneas a comienzos de enero, luego de haberse bajado del tren de sus sueños, y haber tenido que enfrentarse a todo aquello que creía superado. Tiene todo que ver, porque una vez que nos bajamos del tren de los sueños cumplidos, no queda nada más que enfrentarnos con la realidad. La nuestra, esa que nadie más tiene a la vista; simplemente porque nunca la pusiste a la venta en el feed de Instagram. 


La historia del Transiberiano:

En 1891, durante la época zarista, comenzó la construcción de una ruta ferroviaria para unir la Rusia europea con la Oriental y controlar así, la costa del Pacífico. La obra inició desde ambos extremos que ahora son cabecera: Moscú - Vladivostok; con el trabajo de soldados y presos rusos. Si bien la ruta se inauguró en 1904, recién en el 2002 se dieron por terminadas las obras de electrificación de las vías. 

Al día de hoy, esta gran línea ferroviaria cuenta con 2 ramales: la ruta del Transmongoliano, que une Moscú y Pekín pasando por Mongolia y la ruta del Transmanchuriano que une Moscú y Pekín, sin ingresar a Mongolia. 


Estación de tren Krasnoyarsk, Rusia 2019.



Un día, mientras estaba navegando por internet en mi casa en Buenos Aires (antes de irnos del país) me encontré con un video que mostraba este recorrido, y desde ese momento me obsesioné y puse como objetivo subirme al tren en Rusia y atravesar el mundo. 

Deben haber pasado como 4 años hasta que el sueño se cumplió. Al principio, todo parecía muy ajeno, lejano, prácticamente imposible de llevar a cabo. No llegábamos el dinero, o no creíamos que podíamos hacerlo. A veces nos daba miedo el clima, el idioma o el mismo hecho de subirnos a un tren con una historia tan gigante nos daba miedo. Pero aquí está la magia de viajar: de repente, todo eso que un día parecía tan extraño, comienza a ser familiar. De repente, el miedo comienza a desvanecerse, el idioma deja de ser un impedimento y al clima siempre, siempre te acostumbras. El dinero deja de ser ese valor de cambio que todo lo puede y todo lo frena, que se mete en tu vida y te atormenta, pasa a ser un medio para un fin, y ese fin no es otro más que vivir, sonreír y disfrutar. De repente, todo eso que parecía que solo le puede pasar a otros: los “suertudos”, los “iluminados”, los “herederos de un destino más feliz e irreal”; de repente te puede pasar a vos, que no sos nada más y nada menos que el motor y la acción que hace falta para que todo pase, o siga igual….

Y ahí me encontré de nuevo en ese momento de pequeña infelicidad, con el deseo de patear el tablero y volar. Rusia dejó de parecer un lugar hostil, lejano, para convertirse en el destino al que debía imperiosamente acudir. Mongolia y su desierto me llamaban entre sueños, quería ver la naturaleza en su máxima expresión, quería enfrentarme a la polución, al miedo de no saber que comer, a cambiar cada dos días de huso horario. 

Quería ir a China con todas mis fuerzas, a caminar en esas plazas que de repente vi pérdidas en google maps; aunque realmente el viaje lo armé y planifique casi a ciegas, porque la información que encontraba me sabía a poco. Pero nada me importó, nada me detuvo ni me abrumó. Entre blogs y amigos que fui haciendo gracias a las redes, pude diagramar el destino que tanto había soñado: el viaje estaba listo para ser viajado, y el sueño estaba por explotar. 


Cruzar el mundo en tren: 

Siempre me gustó andar en tren. Durante años recorrí miles y miles de kilómetros para ir a la facultad o a trabajar. Me subía al tren en Lemos y me bajaba en Chacarita, casi una hora después de haberme acurrucado en el pasillo para dormir un rato más. 

Desde aquellos viajes que ahora parecen tan lejanos, los trenes se hicieron parte de mi. Porque no subirme entonces a este tren histórico para recorrer, como quien no quiere la cosa, el país más grande del mundo casi en su totalidad? 

Ruta del Transiberiano, 2019.


Mientras el viaje me presentaba un mundo desconocido a través de catedrales, mezquitas, dumplings y ciudades imponentes, me di cuenta que lo que estaba por vivir, nada tenía que ver con el turismo convencional. Si me piden una guía para recorrer estas ciudades, solo les voy a decir que caminen y sientan la historia. Decirles que hacer o dejar de hacer en Rusia sería un pecado mortal. Yo lo vibré como un viaje 100% simbólico: me subí al tren a medianoche en Moscú, después de haber pasado varios días caminando por sus majestuosas calles y decidí que lo único que quería hacer era perderme en otras calles desconocidas y dejar atrás todos los prejuicios y miedos que podía tener. 

Rusia no es como cualquier otro país, todo lo que tiene para ofrecer es simplemente magnífico, pero hay que estar dispuestos a soltar viejos esquemas y dejarnos llevar por la confianza y las ganas de conocer, ya que los rusos van a querer estar presentes en tu estadía por su país, ayudarte y acompañarte en todo lo que puedan y los dejes. 


Nuestra ruta: 

El primer tren que tomamos fue Moscú - San Petersburgo, un tramo que duró unas 8 hs y que hicimos de noche, para poder dormir ahí. Elegimos para esta primera experiencia viajar en un compartimiento solos, para poder descubrir de a poco esta nueva forma de andar. Cada uno tiene su tiempo de adaptación cuando está de viaje, y nosotros descubrimos que a veces es mejor ir de a poco para darnos el tiempo de disfrutar y compartir, para poder sacar provecho de lo que estamos viviendo. 

San Petersburgo, 2019.


Desde San Petersburgo tomamos el tren que nos llevó a Kazan, una de las ciudades más antiguas de Rusia. El paisaje que nos encontramos aquí fue otro: nos alejamos de las grandes ciudades y los atractivos turísticos a mansalva y entendimos la inmensidad que viste a Rusia, ya que al bajar del tren brotaron las diferencias culturales con la gran capital. En este tramo del viaje compartimos el camarote con dos generaciones de rusos: un pibe más joven que nosotros, nacido en el capitalismo, que hablaba perfectamente inglés y compartió muy poco; pero que lo más importante que hizo con nosotros fue decirnos dónde podíamos conseguir yerba al llegar a Kazan. La joyita del viaje fue una señora que había vivido la mitad de su vida en el comunismo y ahora estaba comenzando a conocer su país y estudiar inglés. Ella nos enseñó y nos señaló las diferencias entre ambos regímenes, nos dio su punto de vista y nos dio la bienvenida más cálida que alguien puede esperar. Su inglés era muy lento, lo estaba aprendiendo, pero sus ganas de conectar con el otro traspasaba cualquier diferencia cultural. 

Kremlin de Kazán.


Desde Kazan partimos hacia Ekaterimburgo, un viaje que duró 14 hs. Viajamos en la tercera clase, lo que nos permitió conocer otra cara del pueblo ruso. Los vagones son abiertos, y se comparte todo: el baño, el vodka, cigarrillos y cuentos. No pudimos hablar una palabra de inglés, pero nuestro vecino de cucheta se encargó de hacerse entender a través de videos, y de taparnos con mantas cuando comenzó a refrescar y a caer la noche. ¿Se acuerdan de esta historia? Le dedique un #ShockenViajes entero a este ruso y su abrazo (pueden leer el relato haciendo click acá)


Llegamos a Ekaterimburgo, la capital de los Urales, a las 8 de la mañana. Aquí se unen Europa y Asia. Además, en esta ciudad estuvo secuestrado y asesinado el Zar Nicolás II y toda su familia. La casa donde estaban, es ahora la Iglesia sobre la sangre derramada, que cuenta con monumentos y recordatorios destinados a preservar la memoria de la familia real. 


Los colores y sabores del viaje fueron cambiando mientras dejábamos atrás la Rusia occidental para ingresar a Siberia. Paramos en Novosibirsk, Tomsk y Krasnoyarsk hasta llegar a Irkutsk, donde se encuentra el Lago Baikal, la reserva de agua dulce más grande del mundo. El paisaje en estas ciudades es diferente, así como lo es su gente, sus costumbres. Desde el tren pudimos ir apreciar la llegada del otoño y transitar uno de los paisajes más soñados.


Krasnoyarsk. 



En el tramo de la ruta que une Krasnoyarsk con Irkutsk nos encontramos con un mundo aparte. De cada vagón salían cabecitas de turistas curiosos, expectantes; que llevaban más de un día de viaje, y el cuerpo pedía bajar a estirar y tomar aire. Para nosotros fue un respiro y una alegría volver a charlar con alguien, hacía más de 10 días que no lográbamos mantener una conversación en inglés constante. Este tramo del viaje fue una fiesta: hablamos de política, de cultura, de religión y planes de vida con nuestro compañeros de camarote. Fuimos a emborracharnos con otra gente al bar del tren y terminamos en una lluvia de vodka a medianoche antes de desmayarnos y dejarnos vencer.


Desde Irkutsk partimos hacia Ulan-Ude, ciudad que es frontera con Mongolia. Aquí la geografía y la población cambia nuevamente con el trayecto que realiza el tren y el clima más árido y frío se hace notar. Hicimos noche en esta ciudad para tomar desde aquí el último tren y cruzar a Ulan-Bator (capital de Mongolia). Una vez más, el cambio de colores en el paisaje logró ser protagonista de este viaje, dándole un tinte especial a la travesía de cruzar Rusia en tren. 


Templo de todas las religiones, Kazán.


El paso entre fronteras es maravilloso. En los más de 6.500 km que recorrimos en tren, esta transición del atardecer entre el bosque siberiano y el amanecer frío y despoblado en el desierto mongol, es lo más impactante que vi. El paisaje es totalmente diferente, escasea el agua y la vegetación frondosa, y te acompaña con el suave andar del tren los campamentos de nómadas que comienzan a trasladarse por la llegada del invierno. Es algo que hay que vivir: amanecer en Europa, cruzar durante el atardecer Siberia y entender que desde la ventana del tren, mientras el paisaje iba cambiando, dejamos atrás Europa para ingresar al continente asiático casi sin poder perderme al contar los árboles que ya no se ven.


El sueño cumplido: 


Lago Baikal


Al bajarme del último tren entendí que todo había terminado una vez más. De repente, aquello que durante tantos años sonaste y planeaste, ya no está. Solo queda el recuerdo de lo vivido, y agradezco tener la obsesión de filmar y sacar fotos a todo lo que veo y siento, porque gracias a eso puedo revivir cada día al despertarme, el sueño cumplido de haber atravesado el mundo en tren. 


A un año de haberme bajado del último tren, no puedo evitar mirar hacia atrás y sonreír por lo que hice: me subí a un tren y cruce las fronteras más lejanas, buscando encontrarme en cada rusa que veía al pasar. 

Subí a un tren y cruce las fronteras más lejanas, buscando encontrarme por la noche, cuando los vecinos de paso roncan así, sin más. 

Subí a un tren con el deseo de que el mundo se apodere de mí y me deje vivirlo. Y hoy, solo puedo decir que logre hacerlo y que no hay satisfacción más grande que sentir que puedo hacerlo de nuevo. 



Hoy compartí en mi Instagram un video que hizo mi amiga Jose con los mejores momentos de este viaje en tren. Pueden verlo haciendo click acá.