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#ShockenViajes: 14 - La vida sin viajes

10:58

Irlanda, 2018.


En enero del 2020 volví a Buenos Aires, bah, mi cuerpo llegó a Ezeiza, con dolor de cabeza, ovarios y una menstruación galopante que decidió aparecer en pleno vuelo cuando no tenía nada que tomar o con que cubrirme a mano. Después de abrazar a mi mama un buen rato, no me quedó otra opción que correr a la farmacia para equiparme de toallitas y medicamentos antes de avanzar. El calor era sofocante ya en Ezeiza, y yo realmente no entendía nada. Pero hoy, un año después, entiendo que el regreso comenzó un par de meses antes de que mi cuerpo aterrizara ese 11 de enero en la ciudad de la furia. 


Qué paso ayer: 

En septiembre de 2019 aplicamos por tercera vez a la working holiday visa de Nueva Zelanda. Estábamos en Krasnoyarsk - Rusia - y nos levantamos para estar atentos al sistema de aplicación a las 5.30 de la mañana. A las 8 teníamos que salir para la estación a tomar el tren que nos llevaba al próximo destino, así que no era tan grave pegar un buen madrugón. 

Mariano estaba cascarrabias, ya cansado de madrugar y tratar de aplicar a una visa que estaba cantado que no salía. Yo no quería perder la esperanza, y me aferraba a esa opción como la única alternativa para continuar mi vida en viaje. La verdad, mucho no me equivoqué, pues sin esa visa al menos por ahora no hay opción de continuar viaje…

Estuve una hora dandole duro a la tecla F5 de mi computadora, mientras le pedía a mis amigos que intentaran entrar desde la parte del mundo donde se encontraban al sistema de aplicación. También actualizaba todo el tiempo el celular. Mariano probó 2, 3 veces y decidió que era mejor opción volverse a dormir. Yo seguí, un largo rato más, hasta que me avisaron que las visas ya estaban todas dadas. 1000 visas por año, y por tercera vez no lo logre. 

Me tragué las lágrimas y enojada volví un rato más a la cama. Había que seguir viaje, y ahora si, empezar a pensar que íbamos a hacer cuando esa vida paralela estuviera lista para mutar y dar un paso más. 

Relatos de tren:

Me subí al tren bastante angustiada, porque no sabía que hacer.Todos los planes que había formulado no estaban saliendo como lo había planeado. Por un lado, la visa de Nueva Zelanda rechazada y por el otro, la imposibilidad de aplicar a otras visas de trabajo por tener casi 31 (las que me interesan son hasta los 30). Y, sumado a esto, el cansancio y las ganas de tener un poco de estabilidad, una rutina y descansar. ¿Pero dónde? Volver a Argentina no era algo que me interesaba, ¿que iba a hacer? ¿buscar trabajo en una oficina de nuevo? ¿hacer de cuenta que nada había pasado? ¿ahorrar para comprarme un auto y llorar de nuevo en Panamericana por el tráfico? Todo eso me asustaba, me angustiaba, no me dejaba pensar en paz. Volver me daba miedo; miedo de tener que volver a una realidad en la que no podía soñar. 

Me subí al tren angustiada y escribí: ¿Como hago para volver? ¿como hago para aprender a caminar de nuevo, a tener cada día menos miedo? todos los días quiero un poco más mi cuerpo, todos los días me encuentro creando con más libertad, sin ataduras, la vida que quiero. ¿Como hago para volver, y no volver a ser parte de una realidad sin sueños? O peor aún, ¿que pasa si de golpe esa realidad se convierte en mi verdad? Quiero seguir siendo dueña de mis horas, de mi plata. Quiero seguir necesitando poco, aceptando las diferencias y conociendo a los otros. ¿Cómo hago para volver y no volver a desconfiar de todo el que camine a mi alrededor? No quiero vivir con miedo. Quiero seguir despejando mi mente para tener cada día un poquito más de claridad y estabilidad emocional. 

Me sequé las lágrimas y entre mocos escribí: Ay Marina, te estás dando el lujo de lloriquear y pensar en un futuro incierto en vez de disfrutar que estás cumpliendo tu sueño de viajar en el Transiberiano. Así como no estabas exenta a extrañar a tus amigos y familiares, querer de a ratos las comodidades de tu antigua vida mientras estás de viaje, si volves, no estás exenta de extrañar a tu vida en viaje. Nadie te dijo que iba a ser fácil, y caer de a ratos no está mal. Pero que la ansiedad del futuro que no podes manejar y el miedo a revivir angustias del pasado, no te atrape y te encierre para que no puedas disfrutar de lo que creaste y estás haciendo en este momento de tu viaje. 

Cerré el cuaderno, deje que caiga la última lágrima, y me dispuse a volver de a poquito a Argentina, mientras el tren cruzaba a miles de kilómetros por hora, una Siberia otoñal. Y ese 18 de septiembre, fue la última vez que escribí sobre mis miedos de volver. 

Volver: 

Siempre escribí para sanar, para sacarme de adentro todas aquellas cosas que no podía asimilar, que me lastimaba pensar. Desde que tengo memoria, guardo en pedazos de papel todo aquello que alguna vez me lastimo. Estos meses de pandemia y encierro no fueron la excepción; solo que sentí que escribir y compartir diferentes momentos de viajes era la mejor forma de recordar y sanar. 

Después de andar por Rusia, Mongolia y disfrutar como locos de China, nos fuimos a Tailandia, donde el regreso empezó a hacerse realidad. Desde Bangkok tomamos 5 transportes diferentes para volver a Europa. Llegamos a Italia, donde nos recibieron unos amigos mientras seguíamos pensando que hacer. Allí surgió la oportunidad de experimentar la vida de voluntariado, donde a cambio de alojamiento y comida, vos trabajas. 

Nos fuimos a España, primero a Estepona y luego a Córdoba, donde estuvimos un poco más de un mes; y ahí si, no quedó otra opción que entender que la suerte estaba echada y las opciones habían llegado a su fin. Ya el verano estaba entrando en Buenos Aires y las responsabilidades nos golpeaban cada vez con más fuerza las puertas de esta vida en viaje. 

El 11 de enero aterrizamos en Buenos Aires. Pero llegué unos cuantos meses después. Mi cuerpo estuvo viviendo en piloto automático, contando historias sin ponerle el alma, yendo a reuniones mientras mi mente y mi corazón seguían recorriendo países exóticos y probando helados en algún lado. 

Tengo que admitir que contra todo pronóstico la pandemia me salvó, nos salvo: nos obligó a centrarnos, barajar y dar de nuevo. Después de 6 meses viviendo en la casa del papá de Mariano, sin trabajo, sin un norte y mucho menos si saber que hacer, una crisis fuerte en la pareja nos sacudió y nos hizo entender que si no reaccionamos no había vuelta atrás que nos pueda salvar. Vivir esperando nunca fue una opción, y sin embargo eso estábamos haciendo. El control de la vida se lo habíamos pasado a otro, a una enfermedad no conocida, que nos tenía encerrados sin poder avanzar. Cuando entendimos que había que tomar acción dentro para luego hacerlo afuera, nuestra vida sin viaje comenzó a mutar.

Así fue como encontramos un departamento para poder pasar los meses que tengamos que estar acá. Con la esperanza de una casa llegó la creatividad para trabajar, buscar clientes, dar clases, escribir. Y con nuestro hogar después de tanto tiempo de vivir andando, volvieron las ganas de abrazarnos y avanzar. Y ahí volví; al fin mi alma aterrizó en Buenos Aires y se conectó con mi cuerpo en el presente que nos toca hoy.

Una vida sin viaje - por ahora - pero con muchos planes y sin miedo por delante. Hoy Marina, te digo que lograste una vez más crear la vida que querías, sin estar atada a miedos y angustias que te frenan y te estancan en un lugar que no queres estar. 

El futuro ya llegó:

¿Y como sigue esto? no lo sé, nadie lo sabe. Solo puedo agradecerles por haber llegado conmigo hasta acá, durante la vida en viaje y el tiempo que dure no viajar. Con la promesa de volver a volar cuando pueda, espero que con la ciudadanía en mano, para seguir construyendo la vida que quiero en el lugar que tenga que estar. 

Hoy me despido de esta sección de Shock en Viajes, porque es momento de cerrar una etapa y dar lugar a otras. Gracias eternas por leerme y estar del otro lado, esperando que logre aterrizar. 




Con amor, 

Marina. 







#ShockenViajes: 13 - La vida en la cocina (historia de la deshumanización en primera persona)

11:20





¿Qué ves cuando comes?

En junio del 2019 retome terapia online. Ya llevaba más de cinco meses en Francia y la cosa no avanzaba. Me sentía perdida, angustiada. El trabajo no me gustaba y cada día que pasaba me sentía más solitaria. 

En una de las sesiones, le conté a mi psicóloga como había sido mi experiencia trabajando en una cocina, apenas llegue a Niza. Los días allí fueron terribles, todavía tengo las marcas de los cortes que me hice con el cuchillo porque no paraba de cortar pan y tomate, las quemaduras en los brazos por chocarme contra las freidoras mientras corría de una estación a otra, y un malestar enorme por saber que yo pude elegir irme de ahí, pero hay gente que no tiene otra opción y no le queda otra que quedarse y aguantar. 

Un día llegue a mi trabajo y quise saludar a la jefa de la cocina. Su reacción fue terrible: se separó de mí con una mano y con la otra en alto me dijo “No”, ya no podemos saludarnos. Ya sabía que no podíamos hablar entre nosotros en horario de trabajo (entre 8 y 11 hs al día), tampoco podíamos sentarnos más de media hora por turno, no podíamos reírnos, cantar, ni comer algo que no estuviera estipulado. 

Pero ahora, además, no podíamos saludarnos. ¿En donde estoy trabajando, qué es esto? Me siento totalmente deshumanizada, le dije a Andrea durante esa sesión de terapia. Trabajo más de 10 hs al día, 6 veces por semana, y no puedo ya ni saludar cuando entro o me voy de ese agujero que es la cocina de uno de los restaurantes más concurridos de Niza. ¿Alguien se imaginará lo que pasa acá? ¿Alguna vez pensaste cómo es trabajar en un lugar donde te sentís terriblemente borrado como ser humano?

Así fue como terminé en La Marinette un sábado de junio, pleno verano, haciendo la tarea que Andrea me había sugerido durante la sesión mientras yo secaba mis lágrimas: anda a sentarte a un bar, observa, escribí, compenetrate con el lugar en el que estás viviendo. No lo dejes pasar, y no dejes que una mala experiencia te ciegue frente a todo el resto. 


42 grados a la sombra y una sonrisa que es falsa:

Me detuve a observar cómo trabajaban los mozos en ese bar: visten pantalones largos, era obvio que estaban muy acalorados. Veo su sonrisa, sus dientes blancos, pero siento sus nervios, el estrés que están pasando. 

De repente suena una campana. 1,2,3,4 veces, esta desesperada. Me doy vuelta para ver que pasa, quiero preguntar: ¿se está quemando tu casa? pero no, antes de abrir la boca, veo que por debajo de la ventanita que separa la recepción del bar de la cocina, asoma una mano y deja un sándwich a la espera de que este mozo sonriente vaya corriendo a buscarlo, como si nada más importara. 

Son las 11am de un sábado muy caluroso. Vine a la Marinette a buscar un poquito de paz, de inspiración, de conexión con mi nuevo hogar. El sol me pega tan fuerte que me levanto y cambio de mesa. No hay nadie en la sombra, así que aprovecho para sentarme a observar. 

Suena la campana nuevamente. Es un ruido que hace casi 2 meses no escuchaba, y así y todo logró sobresaltarme, moverme de mi espacio una vez más. Quizás no todos comprendan lo que ese ruidito que parece insignificante significa en realidad para el ser que está sonriendo mientras te tomas todo tu tiempo para pensar: ¿quiero café o té? ¿me recomendas helado de dulce de leche o frutillas con nuez?

Es un ruido que te paraliza al nivel que estando inmovilizado comenzas a andar igual. Los brazos se mueven automáticamente, con prisa y sin calma. Las piernas duelen, pero no se sienten. En la cabeza ya no queda prácticamente nada. ¿Y el dolor de espalda? te preguntarás, es tan grande que ya no está.
Y, mientras tus brazos siguen bailando al compás de los tomates, lechugas y frituras, limpiando, corriendo, moviendo cajas de naranja y freidoras sin parar, se escucha esa campana nuevamente: 1, 2,3,4 veces. Y, como si pudieras percibirlo, el grito que te hace llorar aparece.

¿Es acaso una cuestión de vida o muerte? claro que no, pero eso parece. 

Y, mientras veo desde mi sillita a la sombra cómo el mozo sale corriendo y deja a una mesa boquiabierta y sin atender, automáticamente me transporto a mis días en la cocina: sigo bailando entre cajones, frituras y pañuelos de limpieza y, esa persona que vos ves tan risueña aparece. Me mira buscando complicidad, le sonrió, cuando realidad quiero abrazarlo y llorar. Y lo veo desvanecerse: vos recibís tu sandwich caliente, y a él le esperan varios minutos de gritos sin sentido, de estar con la cabeza mirando para abajo y callar, porque la campana sonó 4 veces y él no llegó a tomar el pedido a tiempo, correr y agarrar el sándwich antes de que la campana comience a sonar. 

Escucho ese ruido nuevamente, le doy un sacudón a mis ideas y vuelvo al tiempo y espacio actual. Esta vez no estoy entre frituras, esta vez no tengo que tocar la campana y poner cara de mala si el mozo tarda 1 segundo más, esta vez, decidí sentarme del otro lado, simplemente a observar. Suena 1,2,3,4 veces. El mozo ya no sonríe. Ya sabe lo que vendrá. 

Una historia real: 

El 19 de marzo escribí en mi cuaderno: hoy me duele mucho todo; los brazos de hacer fuerza y cortar verduras, las piernas, pies y cintura por estar parada todo el día; la espalda, porque toda la vida lo hizo, no va a dejar de hacerlo ahora. También me duele un poquito el alma, me pregunto mucho que es lo que estoy haciendo acá.¿Por qué vine a Francia? ¿por qué me quedo en este lugar? Intento respirar, pero me gana la ansiedad. La eterna lucha entre lo que quiero y lo que tengo vuelve a comenzar. 

No sabía que en la cocina el fuego quema mucho, más en verano, y la noche es mucho más larga en invierno. No sabía que las horas son eternas, que los descansos son pocos, que los cuidados para que nada salga mal son increíblemente minuciosos. No sabía que además de tener el stock al día de forma constante, hay que preparar, limpiar, correr, controlar, no equivocarse, limpiar de nuevo, no desperdiciar. No hacer algo más chico o más grande de lo que esta estipulado, volver a limpiar. No hablar. No saludar. No reírse, no llorar. Y quizás, si te enfermas y no podes ir a trabajar, esa semana no te dan la propina que se reparte, simplemente porque no estabas donde tenías que estar. 

Esa persona que te atiende, te sirve, te sonríe, está corriendo hace 8 horas sin importar si llueve o si el sol te invita a desmayarte al pasar. Esa persona que armó tu plato con tanto esmero, quizás después de eso tuvo que tragarse las lágrimas porque alguien le gritó que todo estaba mal. 

Veo por el vidrio a quien toca la campana desesperadamente, ¿no se dará cuenta que el mozo no puede correr más? No te estreses, tu sandwich va a llegar caliente igual. Solo te pido, te aconsejo, te recomiendo, que seas más amable cuando te sientes en cualquier lugar. Sonreirles, preguntale como esta; de dónde es, que hace acá. Dejale propina, dales las gracias, hace de que su día sea un poco mejor de lo que puede esperar. 


La suerte no puede esperar:

Un día descubrí que era fuerte, cuando me tiré boca abajo en un acantilado en Irlanda y, mientras miraba como la olas rompían contra las piedras y mi pelo revoloteaba contra mi cara helada, me puse a llorar de alegría por poder estar disfrutando de este momento tan especial. Yo, que de un día para el otro empecé a tener miedo en las alturas cuando la naturaleza me abombaba, de repente estaba colgada boca abajo riendome de todo mientras el viento me acompañaba. Ese día de abril del 2018, volví a creer en mí. Porque después de mucho tiempo, me sentí fuerte y capaz de disfrutar lo que estaba eligiendo y construyendo. 

Pero esta historia no se trata de como superé mis miedos y me di cuenta que era mucho más fuerte; sino de contarles como fueron mis meses trabajando como ayudante de cocina. Esa fortaleza que descubrí aquel día, tirada en el piso llorando y riendo en un acantilado, volvió a aparecer hace un tiempo; cuando volví a casa envuelta en un manto de olor a fritanga y un llanto que no me largaba.

Resulta que estuve expuesta a un contexto de violencia, de esos que pueden llegar a pasar desapercibidos si no frenas a pensar en lo que pasa. Y son los más peligrosos, porque te podes acostumbrar tanto a vivir así, que lo transformas en algo natural. 

Entre marzo y mayo del 2019 trabajé en un restaurante del que solo me habían hecho malos comentarios. Me contaron de los gritos, de los malos tratos. Me dijeron que siempre decidían cuando iban o no a pagar propina. Todo eso me lo avisaron. Pero yo quería trabajar igual, así que pinté mis pestañas para la entrevista y me esmeré en quedar, quería tener la oportunidad de trabajar ahí igual; y, apenas lo hice, entendí como funcionaba, comencé a percibir todo aquello de lo que me habían advertido. 

A los pocos días de comenzar a trabajar volví a casa llorando. Mariano me abrazó con fuerza y me dijo que renuncie, que ya estaba, pero yo entendí que necesitaba quedarme ahí un poco más, que había algo de todo esto que tenía que aprender, que descubrir. Me sequé las lágrimas, y decidí que al otro día no me iba a dejar pisar. Me acordé de los acantilados y entendí que era fuerte. Que soy fuerte. Entendí, y recordé, que puedo tomar las riendas y darle forma a mi destino. 

Asique comencé a hablar. Frente a cada problema, yo iba y lo planteaba, expresaba mi malestar y mi desconformidad. Les decía, cuando algo me parecía que tenía que ser de otra forma. Entonces la cosa se puso más en mi contra aún, porque ya no me callaba y ahí me acordé que los violentos, abusivos, te quieren mirando al piso. No te quieren oír cantar ni soñar. No te van a dar lugar a crear. 

Cuando conseguí otro trabajo me fui de ahí, porque entendí que había llegado a mi fin en ese lugar, porque no hay razón por la cual sentirme fuerte tenga que estar ligado a aguantar el maltrato de alguien mas. Gracias a eso recordé cuando hace muchos años le pregunté a alguien que vivió en una situación de violencia: “¿por que te quedaste tanto tiempo?” Esa persona no pudo responderme. Quizás no pudo procesar por qué se había quedado. Pero yo sí puedo, estoy trabajando aun en eso. 

De fondo suena Queen y me dice: Open your eyes. Estás construyendo la mujer que queres ser: enamorada, viajando, libre, independiente. Solo dependes de vos para hacer lo que viniste a hacer: conocer el mundo, vivirlo, experimentarlo: lo bueno y lo malo, porque como siempre digo, hay muchas historias que contar mas allá de lo lindo que sean las fotos que subo a Instagram. 





Shock en Viajes: 12 - Vomité en el mar

12:45

 

Tailandia.

Destino final: 

Estábamos en el aeropuerto de Hong Kong cuando nos enteramos que no podíamos volar a Vietnam, un destino al que quiero ir desde que tengo memoria: tengo como un deseo muy arraigado de caminar por sus calles, explorar las cuevas, navegar sus ríos y conocer su gente en profundidad. Debe ser lo que me ha taladrado mi viejo con la historia, con la guerra, con la defensa que supieron implementar de manera estratégica y brillante frente a un mundo que los pretendía hundir y olvidar. 

No pudimos volar a Vietnam y la frustración comenzó a golpear la puerta. Ahí estábamos, cansados de tanto viaje, con hambre y ganas de cambiar de paisaje, cuando empezamos a pelear. Si volvíamos a Hong Kong se nos acababa el viaje, porque los precios que se manejan acá ya estaban achicando nuestro presupuesto destinado a disfrutar sin trabajar. En eso estábamos, entre pelea y un llanto que parecía asomar, cuando se me ocurrió abrir la aplicación de pasajes y ver que destino estaba bien barato ese día para aprovechar. 

Che amoroso - le dije a Mariano - mirá los vuelos a Tailandia, nos podemos ir en 5 horas y tirarnos en la playa a relajar. Así fue como gracias a las recomendaciones que me empezaron a dar por Instagram (quien es el que dice que las redes no son un buen puente?) terminamos en Phuket esa misma noche para luego cruzar en Ferry a Koh Tao, donde el viaje terminaría dando un rumbo impensado.

 

Bella Tailandia: 



Llegamos a Phuket a las 12.30 de la noche, con un calor agobiante, un cansancio increíble en el cuerpo y la sensación de estar en un globo de aire caliente. Una sensación de agobio que nunca voy a olvidar. Nos paso a buscar el dueño del "resort" que habíamos alquilado, y nos llevo a la casa casi sin hablar. Nos dieron agua de coco para calmar el calor y engañar al estomago y nos dejaron en el cuarto que teníamos destinado con una gran sonrisa y un gesto hermoso con sus manos, que no indicaban otra cosa mas que "bienvenidos a mi hogar". 

Hasta ese entonces solo sabíamos que Tailandia era barato y que tenia altas playas para disfrutar. Lo que no sabíamos era que caímos en época de Monzones y que Phuket es un destino destinado prácticamente a la joda, la droga, la prostitución y los gringos desquiciados. Tampoco estábamos al tanto de que una gran parte de la población es musulmana, que andar en moto por la montaña es espectacular y que su gente,  los Thai en general, son increíblemente amables, dedicados y sonrientes. 


En moto por Phuket


Estuvimos en Phuket unos días, tratando de ver como reconfigurar un viaje que no teníamos planeado: tratando de descifrar que teníamos ganas de hacer y sobre todo que posibilidades teníamos en la mano. Así fue como (y otra vez, gracias a las recomendaciones que me dieron en Instagram) nos pusimos a investigar sobre el buceo en Koh Tao. Compramos el pasaje en Ferry, hicimos la reserva en el hostel que mas me recomendaron, y nos fuimos con nuestros 7kg a cuestas a bucear. 

Lo que es la libertad, no? Poder sentarte en la cama de tu habitación en Phuket y escrolear en el celular hasta encontrar el destino al que queres llegar. Darle el tiempo a tus emociones de ir bajando lentamente, escuchar a quien tenes al lado, barajar y dar de nuevo, mientras el mundo sigue girando y a vos nada te detiene ni te obliga a parar. Es una sensación de vértigo constante, unas mariposas que aletean, crecen y se hacen gigantes dentro de tu cuerpo que se adapta sin pensar en lo que hay detrás. 

Esa libertad de subirte a un micro y tomarte un Ferry para cruzar de isla y ponerte un traje de neopreno que te va a poner en contacto con lo mas hermoso que has visto jamas. 

Aprender a vivir con esa simpleza, disfrutar de la libertad, entender que sos parte de una escenografía que cambia solamente cuando vos haces click para comprar el pasaje que te lleve al próximo lugar. Aprender y entender que podía tener esa vida me llevo un tiempo, y cuando entre ahí, ya no quise salir. 

Por que conformarme con lo que ven mis ojos, si puedo cruzar en Ferry, hundirme en el mar y ver que hay mucho, mucho mas?.


Bajo el mar: 


Buceo en Tailandia.


No voy a mentirles a esta altura, tenia muchísimo miedo de bucear. No tenia idea a lo que me estaba enfrentando cuando acepte la loca idea de Mariano de hacer el curso de open water para después poder conquistar el mundo desde otro lugar. Nos unimos a un grupo hermoso de gente que estaba en la misma: viajando hace varios anos, rompiendo prejuicios, cumpliendo sueños. Todos y cada uno de ellos tuvo que enfrentarse y romper sus miedos cuando nos dieron la indicación de respirar hondo y saltar al mar. 

Me costo entender que la calma era todo, si controlaba mi respiración, podía hundirme cada vez más a fondo en ese agua caliente y descubrir lo hermosa que es la vida bajo el mar. Por suerte la dulce margarita me tuvo paciencia, me tomo de la mano las veces que fue necesaria y me ayudo a saltar y dejarme llevar. 

Yo, que deje mi vida cómoda y hermosamente establecida en Buenos Aires, empece a tener mareos en el mar. Como puede ser, si casi que no hay olas en Tailandia? bueno, el mareo que sentía era gigante. Tuve que tomar dramamine media hora antes de salir a navegar, durante los 4 días que subimos al bote. 

Yo, que deje mi vida cómoda y hermosamente establecida en Buenos Aires, tenia miedo de bucear. Como puede ser, si te metiste a hacer snorkel en el agua helada de Islandia? como puede ser, si te colgaste de un acantilado en Irlanda? como puede ser, si dejaste a tu familia del otro lado del mundo para irte sola con Mariano a buscar vaya uno a saber qué? Bueno, así fue. El miedo nos paraliza y nos encierra cuando menos lo pensamos, cuando menos lo esperamos. Empezó a manifestarse con las nauseas en el bote, quería atacarme cuando estaba a 15mts de profundidad bajo el agua caliente de Tailandia, y lo logro paralizarme por completo el único día que necesitaba accionar. 

Terminé el curso de Open Water, soy toda una buceadora certificada. Puedo ir a conquistar el mundo submarino cuando quiera y a donde yo quiera. El día que el agua me llevaba de manera suave y vibrante entre un cardumen de pececitos de colores, no pude hacer otra cosa que llorar. Que sensación hermosa poder apreciar la vida en todas sus formas, no hacerle daño, simplemente estar ahí, observando. 

Mariano fue por más: él certifico en Open Water y Advanced. Yo no me anime a más, porque significaba hacer más inmersiones, exigir más a mi cuerpo, destrabar más miedos que no sabia que tenia pero ahí estaban, empujando desde lo más profundo dispuestos a salir con todo cuando menos lo pensara. Pero después de 8 días en la isla, viviendo en patas y poca ropa, durmiendo en el hostel rodeados de buena onda, quise sumarme a la experiencia de bucear de noche. Como iba a permitir perderme esa oportunidad? Salir en barco al atardecer, ver a sol ponerse sobre el mar, mientras me ponía el traje y me disponía a saltar una vez más, eso era algo que tenia que vivir. Cueste lo que cueste. 


Atardecer en el mar.


A veces tengo esos arranques: hay algo que me dice ya no más, pero también hay algo que me insiste y me presiona para hacer las cosas igual. Cuando esas dos fuerzas se encuentran en mi mente, el cuerpo me da señales que sin darme cuenta decido ignorar. Ese día me paso eso: no me sentía muy bien, pero así y todo me sume a la experiencia nocturna, quería registrar ese momento en mi cuerpo, en mi mente, en mi go pro a prueba de agua, en la memoria de mi celular. Quería estar ahí, aunque también sabia que no quería estar presente de forma física y real. 


Vomité en el mar: 

Aunque me tome el drmamamine las nauseas nunca me abandonaron. El agua ese día estaba un poco más picada que de costumbre y el sol se puso de forma mágica, perfecta, irreal. 

Saltamos los 4 al agua, cada uno a su tiempo. Lo primero que noté es que no podía bajar, el corazón me latía muy fuerte, era de noche y las olas me mareaban. Sentía la corriente entre mis piernas, sentía el miedo apoderarse de mi alma y me costaba respirar. Pero no me permití abandonar, tenia que seguir igual, tenia que vivir esa experiencia aunque no pudiese respirar. Por que? Por que me estaba obligando si mi cuerpo daba clara señales de que no podía más? Esa lucha es algo que recién ahora puedo desgranar, entender y contar. Hasta hoy no había entendido lo que me estuve haciendo. 

Con el agua picada, después de varios intentos y el aguante de gonza, marga y mariano, logre sumergirme en la oscuridad. Allí íbamos los 4, con la go pro en la mano, descubriendo lo que tiene el mar en su inmensidad. Bucear de noche, debe de ser de las experiencias mas hermosas y locas a las que me expuse en mis anos de vida en viaje. Como no hacerlo? 



La corriente nos llevo por el coral, vimos a los bichos vivir su vida nocturna como si no hubiese nadie más: los cangrejos, las estrellas de mar, las rayas. Una fiesta de animales dispuestos a pasar por delante mío y abrazarme porque sabían que tenia miedo. Entre tanto, el agua me zarandeaba y mientras intentaba respirar y no perder el eje de lo que estaba viendo, mi cuerpo golpeaba contra el coral por el que estábamos pasando y me clavaba sin darme cuenta los restos del mar que me acompañarían por unos cuantos días. Duele, duele chocarse con la realidad y llevarse puesta las espinillas como recordatorio de que a veces esta bueno frenar: respetarse y no exigir los limites del cuerpo de manera constante. 

Salimos a la superficie porque la corriente ya estaba brava de verdad y, mientras todos los demás intentaban mantener la calma y no dejarse vencer, yo me relaje y deje que el miedo se apoderase de mi cuerpo y mi alma. Nade hasta la soga que nos llevaría al barco, me puse el respirador y me tire hacia atrás. Lo vi a Mariano sujetarme y nadar a mi lado, mientras marga nos indicaba el camino y gonza abria el paso. Yo estaba en otro lado, muerta de miedo, sin ánimos para avanzar, dejando que ellos me guíen a su tiempo, regalada a lo que el mundo quisiera que pasase en ese momento. 

Cuando llegamos al barco vi que la corriente lo llevaba a Mariano y yo no podía accionar. El estaba bien, estaba fuerte, estaba aferrado, pero en mi cabeza pasaban miles de cosas y no podía pensar, no podía respirar, estaba trabada física y emocionalmente, perdida en el medio del mar. Solo vi que marga me tendía la mano y me indicaba que suba primera, mientras ellos esperaban. 

Subí, y cuando gonza me saco el equipo, me tire de cabeza a la otra punta del barco para vomitar. No se que paso en el medio, pero todos subieron mientras yo seguía vomitando en el mar. 

Así estuve un buen rato, mientras mis compañeros se sacaban los equipos y el bote volvía a destino, yo estaba tirada con la cabeza colgando, vomitando en el mar. Largaba mis miedos, mi vergüenza, mi cansancio y frustración. La bronca de no haber disfrutado como los demás, y también la bronca de haberme sometido a hacer algo que ya de entrada mi cuerpo no iba  a aguantar. 




Un poquito mas allá: 

A casi un año de esa experiencia, solo tengo palabras de agradecimiento para esas 3 personas que estuvieron conmigo en todo momento. El poder que tiene el miedo sobre nosotros es algo que no se puede terminar de explicar: empieza golpeando despacito, casi avisando que algo va a pasar, pero hay que estar muy despiertos para entenderlo y hay que conocerse demasiado para hacerle caso o aprender a manejarlo. 

El pánico, ese invitado indeseado que puede cagarte cualquier experiencia, incluso la que siempre habías soñado. Esa noche, mientras vomitaba en el mar, pude entender que tenia que aprender a escuchar un poco más lo que me decía el cuerpo. También entendí que no esta mal frenar, descansar y arrancar de nuevo. 

Cuando nos subimos a una moto a miles de km por hora, no todos respondemos igual. Yo necesitaba bajarme de la moto, procesar todo lo que había vivido, y entender hasta dónde quiero avanzar. 

La marea me sacudió con tanta fuerza, que no me quedó otra que entenderlo; y a fin de cuentas, gracias a eso, voy conociendo un poco más hacia donde quiero encaminar mi libertad.




Hacia donde quiero llevar mi libertad:

Hacia romper mis miedos, mis frustraciones, aquello que no me permite avanzar. Quiero ser libre al nivel del mar, a poder sumergirme y contener la respiración para conocer un mundo nuevo. 

Quiero que la marea me sacuda con fuerza y yo poder aguantar. Subirme al bote y no vomitar más. 

Quiero que nadar entre pescaditos de colores sea mágico todo el tiempo, sin tener que pensar que la locura de lo que estoy haciendo no tiene lugar. Porque una vez más,  y a pesar de haber tenido un miedo paralizante que termino saliendo de mi cuerpo y siendo llevado por el mar de Tailandia, logré hacer algo que era impensado en otro momento.

Yo se que hay que respetarse y dar lugar al miedo, pero que hubiese pasado si lo dejaba ganar? Ahí entra mi deseo de llevar mi libertad al mar y no dejar que este invitado indeseado le gane a mis ganas de explorar cada vez mas...


Gracias eternas por estar a mi lado💜



Shock en Viajes 11 - El chico del Sahara Occidental

17:39




Entre diciembre del 2019 y principios de enero del 2020, estuve trabajando como voluntaria en un hostel de Córdoba, España. Fue la primera vez que hacia algo así: intercambiar mi tiempo, mi energía y conocimientos en redes y atención al publico a cambio de hospedaje. Sin dinero de por medio.

Los grandes viajeros, expertos en esto, suelen decirle al mundo a través de Instagram que salgamos a explorar y dejar que el mundo nos sorprenda. Tengo que decir que coincido con este discurso mediático de nuestros tiempos 2.0, porque si no hubiese estado paradita sin cobrar en este hostel perdido en el tiempo, no se si hubiese logrado terminar de entender lo que significa viajar. Al menos para mi, fue el broche de oro, la frutillita jugosa de un postre que tardé varios años en elaborar y pocos meses en devorar....

El 13 de diciembre del 2019 me tocó cubrir el turno de la noche en el hostel. Al principio fue raro, soy una persona que le gusta mucho más la mañana, que se levanta temprano y aprovecha el día, que se acuesta antes de las 12 y duerme largo y tendido, aunque haya ruidos. Al principio fue raro, me costo bastante adaptarme a la idea de trabajar de noche, de tomarme una cerveza en el bar mientras atendía o hacia un check in a completos desconocidos. No tenia horario de cena, y mal que me pese las noches que me tocaba hacer turnos, tampoco dormía como quería: si no tocaba la puerta algún borracho perdido, me sonaba el teléfono para que le reserve una cama a las 3 de la mañana...

Pero ese 13 de diciembre, ya con varios días de entrenamiento y mucho más canchera, me confiaron el bar. Yo - tengo que admitirlo - estaba radiante: me brillaba el pelo y la sonrisa que llevaba puesta era gigante. Tenia los ojos como platos, con el color cielo más potente que nunca, dispuestos a meterse adentro de cualquier cabecita juguetona que tuviera ganas de pasar a mirar más allá.

Ahí estaba, después de algunos vasos de sangría que yo misma hacía, vendiendo cerveza a los huéspedes que no paraban de llegar. Qué hermosos eran esos tiempos, en los que podíamos relacionarnos libremente sin miedo al contagio, Qué hermosos esos tiempos en los que nos abrazabarnos con extraños, nos dábamos la mano y compartíamos libremente las pitadas del faso. Qué hermosos esos tiempos, en los que con mi ondas rubias y mi sonrisa compradora, hacia records de venta en el bar, porque me encanta hablar con los huéspedes de todos lados y hacerlos sentir cerquita de sus casas, aunque estuvieran con una completa extraña que no sabia nada de su vida, no sabia nada más que ellos querían sentirse queridos e importantes como yo; como todos queremos sentirnos al final de cualquier día que pasa como uno más.

Ese 13 de diciembre, él se acerco con la cabeza en alto, la mirada hacia abajo y las manos escondidas en los bolsillos de su impecable campera Uniqlo color azul oscuro, pero brillante, de un brillo de esos que encandilan en cualquier parte. Se acercó despacito, y me preguntó si podía venderle una cerveza más.

En su mirada me di cuenta que en cualquier momento iba a comenzar el jugueteo peligroso, ese que arrasa con todo, que hace que las palabras vuelen por tu boca revoltosa y salgan disparadas entre los dientes calientes de tanto tomar. Quise evitar un momento incomodo y decidí que iba a manejar yo el juego: mientras guardaba sus euros en la caja y le abria la cerveza para acercarla a su mano tambaleante, me hice la loca y le pregunte: ¿vos sabes quien soy yo? y comencé el juego que ambos estábamos esperando pero que yo no iba a jugar.

Entre palabras tiradas de los pelos y preguntas de adivinanzas sin ganas, dio vuelta la tortilla de un salto y sin previo aviso me noqueó. Vos sos Marina, de Argentina, pero yo soy el chico de el Sahara Occidental, y estoy acá con el fin de contar mi historia, la de mi pueblo y hacer que esta verdad comience a trascender entre ustedes, viajeros intergalácticos que se creen tan importantes con sus canjes y bellos momentos. Yo, el chico del Sahara Occidental, estoy acá para contarte mi historia y obligarte a que te pongas a investigar y hagas de público conocimiento algo de lo que nadie quiere hablar.

Tuve que guardar mi orgullo en el bolsillo y dedicarme a escuchar. Mi interés era genuino y solo quería conocer más y más de la vida de este chico que me hizo entender que al fin y al cabo no somos más que humanos igual de importantes e insignificantes que el resto. Una vez más, entendí que el brillo de mis ojos color cielo pulposo son igual de exquisitos que sus ojos color almendra tostada. Ni más ni menos. Solo que la historia de la humanidad decidió, sin preguntarnos, hacernos creer que cada uno tiene su lugar. Pues no, no mi cielo, el chico de el Sahara Occidental tiene una voz muy fuerte y su historia le prometí narrar...


Recuerdos de una vida pasada:

Cuando respondo a la tan repetida pregunta: ¿por qué empezaste a viajar? Empiezo con una imagen de mi vida pasada el cuento. Cierro los ojos al empezar a relatar y me veo llorando encerrada en el baño de la oficina de turno, porque me sentía estancada, porque necesitaba salir al mundo y descubrir que había más historias, que había otras realidades y verdades, que había algo más allá de la Panamericana y su eterno atasque a la madrugada.

En cada día que duró mi vida en viaje, pude ir interiorizando de a poco la cantidad de realidades que hay: recién hora puedo entender el sentido de lo que sentía en aquel momento, porque había algo que me apretujaba el pecho y no me dejaba respirar con calma, con paz. Era el deseo de salir a ver que había ahí afuera, de qué se trataba el mundo más allá de Instagram y los Videos hermosos que cada vez más y más gente sabe hacer y comparte.

Esos vídeos, que me angustiaban a la vez que me motivaban, entiendo hoy que no son más que la construcción de una realidad que es muy hermosa de mostrar. Pero yo te juro, que si pones pausa y salís a caminar, las cachetadas de vidas paralelas empiezan a aflorar.
Hay un mundo, historias de vida, experiencias y verdades que no aparecen en primera plana del feed de Instagram. Hay fotos que no son editables, hay historias que no les podes dar brillo y sacar la niebla que acompaña los ojitos de cada persona que te viene a hablar. Te juro que cuando des vuelta el teléfono y te pongas a charlar, no vas a poder creer la cantidad de historias que hay en cada bendito lugar que se promocionan con estrellas fugaces del turismo internacional.


La birra en el bar:

El Sahara Occidental es un territorio que se encuentra al norte de Africa y que en la actualidad forma parte de uno de los 17 territorios no autónomos que están bajo la tutela de un Comité que pretende eliminar el colonialismo.

El chico del Sahara Occidental tomó su birra helada y mientras mi cuerpo se iba tencionando con el calor y color de su historia, empezó a relatarme como era nacer y vivir en un campo de refugiados.

Entre noviembre de 1975 y febrero de 1976, los habitantes del Sahara Occidental abandonaron sus provincias por la inminente invasión mauritana y marroquí. Quienes pudieron escapar de la muerte, tuvieron que exiliarse de su lugar de origen, adentrándose en el desierto para terminar formando un nuevo mundo en los campos de refugiados de Argelia, que tenían por objetivo ser un hogar transitorio y terminó funcionando como el único destino posible de este pueblo que quedó perdido y olvidado tras los rayos del sol candentes en el medio del desierto.

El chico del Sahara Occidental, con su español impecable y perfecto, me contó entre sorbos de cerveza helada, que nació en uno de estos campos de refugiados. Los niños nacen , se crían y no tienen permitido salir de ahí - me contó con el corazón latiendo fuerte pero sin permitir que su voz enloquecida por contar su historia me dejara leer la ansiedad que lo atravesaba.

A sus doce años conoció la luz. La primera vez que se topo con una perilla de luz, estuvo una hora encendiéndola y apagándola porque no podía creer lo que sus ojos veían Me contó esto, mientras sonaba la música fuerte del bar y despilfarrábamos electricidad en la terraza de un hostel atiborrado de gente con el ultimo modelo de celular, que su familia, la gente que se escondió en el medio del desierto y allí desarrollo su vida y la del resto de su humanidad, no tienen electricidad, ni agua corriente.


¿Cómo es que vos estas acá? Perdona que indague en tu historia, pero quiero saber cómo es que tu español es perfecto y estas acá tomando una birra helada a media noche, riéndote de mis caras y entendiendo lo que siento, aunque no pueda expresarlo ni me anime a sentir más.

El chico del Sahara Occidental le dio el ultimo sorbo a su birra gastada y me contó la verdad de la infancia en estos campos, su hogar: entre los 9 y 10 años, los niños tienen la posibilidad de ir a España por un verano, si una familia los acoge, para que puedan conocer otra forma de vida y recorrer las callecitas empedradas del centro turístico que quieran visitar.

Este chico tuvo esa oportunidad, pero además, la familia que lo tuvo durante un verano europeo, le ofreció adoptarlo para que tuviera la oportunidad de quedarse en España y progresar.

El chico del Sahara Occidental aceptó deshacerse de su armadura contra el calor abrazador del desierto que lo estaba esperando para masticarlo y devorarlo entre las fauces de una vida ardiente. Aceptó dejar atrás con el cuerpo a su familia y amigos, a la única vida que conocía, para darse la oportunidad de crear la vida que quiera.

Ese 13 de diciembre, cuando entre birras me contaba su historia, el chico del Sahara Occidental tenia 23 años y hacia casi 13 años que no veía a su familia, porque todavía vivían en el campo de refugiados, el hogar que armaron para escapar de la muerte.

Cuando terminó su birra, le regalé otra para que abra el mapa y me muestre dónde estaban su mamá y su papá. Mientras me miraba con los ojos de almendra deseosos de hablar más, el timbre del portero eléctrico sonó y tuve que volver a trabajar. Se me caía la cara de vergüenza de tener que abandonarlo en ese momento de la historia, pero no me quedaba otra que cumplir con mi obligación de seguir escuchando historias mientras acompañaba a cada nuevo huésped a su habitación.


Dos años después:

Dos años después, mi búsqueda de realidades toma sentido. Por esto empecé a viajar: para conocer el mundo en sus bellezas magníficas, estridentes y perfectamente naturales; pero también para bajar la cabeza y abrazar las historias de cada persona que tiene ganas de hablar y hacer que su mundo sea parte importante de la historia de alguien más.

Como me dijo el chico del Sahara Occidental, el chico que viene de un sitio lejano, olvidado y nunca mencionado: “no te sientas mal por no saber de donde vengo, para eso viajas, para auto educarte y decirle al resto del mundo que hay mucho más que su pequeño lugar”.

Oye, chico del Sahara Occidental, yo te quiero decir que además de eso, ahora entiendo que viajo para curarme de la ignorancia de creerme importante. Una vez más, que chiquita e imponente me siento frente a las miles de historias que no puedo retratar y hacer notar.

Y termino este mensaje diciendo: cuando vayas a un nuevo lugar, no te fijes solo en los bellos monumentos. Trata de conectar con quienes tienen ese brillo en la mirada que te invita a descubrir y entender un poquito más.

A vos, chico del Sahara Occidental, gracias por salvarme una vez más.

Shock en Viajes: 10 - La historia del Transiberiano

13:39

La ruta del Transiberiano



Si hoy me ves, quiero que mires. Vengo de cruzar Rusia en tren, de recorrer China y bucear en Tailandia. Vengo de trabajar en España, de vivir en Francia y Dinamarca. Vengo de hacer snorkel en Islandia, de volar por la montaña. Vengo de recorrer el mundo a pata, pero también de perder raíces y de a ratos me cuesta encontrarlas.

Así comenzaba a depurar un poco lo que estaba sintiendo este verano, cuando la angustia existencial se hizo carne en mi cuerpo presente - y ausente - y comenzó a derribar las barreras que muy inteligentemente supe armar. Barreras que, durante estos años de vida en viaje, supieron flexibilizarse y pasar desapercibidas mientras la cabeza no me dolía porque estaba mucho más entretenida nadando en Niza que pensando en la vida más allá. Barreras que, supieron flexibilizarse en el mientras tanto de mi vida y el espacio temporal que me separaba del encuentro inminente con lo que no se va. 

En otro borrador de las notas sueltas que guardo con recelo en mi celular escribí: Siento el cuerpo fragmentado. Desde que me fui, no volví. Y cuando vuelvo no me encuentro. O peor aún, encuentro a ese ser que no quiero ver, a ese que le duele el cuerpo. Que tiene angustias vacías en infinitas, que tiene miedos atascados y no puede más.


Ahora se preguntarán ustedes, mis queridos lectores, qué tiene que ver esto con mi viaje a través del tiempo en la línea ferroviaria del Transiberiano. Pues déjenme decirles que no tiene nada y tiene todo que ver; porque ese viaje ha sido soñado y planificado por quien escribió esas líneas a comienzos de enero, luego de haberse bajado del tren de sus sueños, y haber tenido que enfrentarse a todo aquello que creía superado. Tiene todo que ver, porque una vez que nos bajamos del tren de los sueños cumplidos, no queda nada más que enfrentarnos con la realidad. La nuestra, esa que nadie más tiene a la vista; simplemente porque nunca la pusiste a la venta en el feed de Instagram. 


La historia del Transiberiano:

En 1891, durante la época zarista, comenzó la construcción de una ruta ferroviaria para unir la Rusia europea con la Oriental y controlar así, la costa del Pacífico. La obra inició desde ambos extremos que ahora son cabecera: Moscú - Vladivostok; con el trabajo de soldados y presos rusos. Si bien la ruta se inauguró en 1904, recién en el 2002 se dieron por terminadas las obras de electrificación de las vías. 

Al día de hoy, esta gran línea ferroviaria cuenta con 2 ramales: la ruta del Transmongoliano, que une Moscú y Pekín pasando por Mongolia y la ruta del Transmanchuriano que une Moscú y Pekín, sin ingresar a Mongolia. 


Estación de tren Krasnoyarsk, Rusia 2019.



Un día, mientras estaba navegando por internet en mi casa en Buenos Aires (antes de irnos del país) me encontré con un video que mostraba este recorrido, y desde ese momento me obsesioné y puse como objetivo subirme al tren en Rusia y atravesar el mundo. 

Deben haber pasado como 4 años hasta que el sueño se cumplió. Al principio, todo parecía muy ajeno, lejano, prácticamente imposible de llevar a cabo. No llegábamos el dinero, o no creíamos que podíamos hacerlo. A veces nos daba miedo el clima, el idioma o el mismo hecho de subirnos a un tren con una historia tan gigante nos daba miedo. Pero aquí está la magia de viajar: de repente, todo eso que un día parecía tan extraño, comienza a ser familiar. De repente, el miedo comienza a desvanecerse, el idioma deja de ser un impedimento y al clima siempre, siempre te acostumbras. El dinero deja de ser ese valor de cambio que todo lo puede y todo lo frena, que se mete en tu vida y te atormenta, pasa a ser un medio para un fin, y ese fin no es otro más que vivir, sonreír y disfrutar. De repente, todo eso que parecía que solo le puede pasar a otros: los “suertudos”, los “iluminados”, los “herederos de un destino más feliz e irreal”; de repente te puede pasar a vos, que no sos nada más y nada menos que el motor y la acción que hace falta para que todo pase, o siga igual….

Y ahí me encontré de nuevo en ese momento de pequeña infelicidad, con el deseo de patear el tablero y volar. Rusia dejó de parecer un lugar hostil, lejano, para convertirse en el destino al que debía imperiosamente acudir. Mongolia y su desierto me llamaban entre sueños, quería ver la naturaleza en su máxima expresión, quería enfrentarme a la polución, al miedo de no saber que comer, a cambiar cada dos días de huso horario. 

Quería ir a China con todas mis fuerzas, a caminar en esas plazas que de repente vi pérdidas en google maps; aunque realmente el viaje lo armé y planifique casi a ciegas, porque la información que encontraba me sabía a poco. Pero nada me importó, nada me detuvo ni me abrumó. Entre blogs y amigos que fui haciendo gracias a las redes, pude diagramar el destino que tanto había soñado: el viaje estaba listo para ser viajado, y el sueño estaba por explotar. 


Cruzar el mundo en tren: 

Siempre me gustó andar en tren. Durante años recorrí miles y miles de kilómetros para ir a la facultad o a trabajar. Me subía al tren en Lemos y me bajaba en Chacarita, casi una hora después de haberme acurrucado en el pasillo para dormir un rato más. 

Desde aquellos viajes que ahora parecen tan lejanos, los trenes se hicieron parte de mi. Porque no subirme entonces a este tren histórico para recorrer, como quien no quiere la cosa, el país más grande del mundo casi en su totalidad? 

Ruta del Transiberiano, 2019.


Mientras el viaje me presentaba un mundo desconocido a través de catedrales, mezquitas, dumplings y ciudades imponentes, me di cuenta que lo que estaba por vivir, nada tenía que ver con el turismo convencional. Si me piden una guía para recorrer estas ciudades, solo les voy a decir que caminen y sientan la historia. Decirles que hacer o dejar de hacer en Rusia sería un pecado mortal. Yo lo vibré como un viaje 100% simbólico: me subí al tren a medianoche en Moscú, después de haber pasado varios días caminando por sus majestuosas calles y decidí que lo único que quería hacer era perderme en otras calles desconocidas y dejar atrás todos los prejuicios y miedos que podía tener. 

Rusia no es como cualquier otro país, todo lo que tiene para ofrecer es simplemente magnífico, pero hay que estar dispuestos a soltar viejos esquemas y dejarnos llevar por la confianza y las ganas de conocer, ya que los rusos van a querer estar presentes en tu estadía por su país, ayudarte y acompañarte en todo lo que puedan y los dejes. 


Nuestra ruta: 

El primer tren que tomamos fue Moscú - San Petersburgo, un tramo que duró unas 8 hs y que hicimos de noche, para poder dormir ahí. Elegimos para esta primera experiencia viajar en un compartimiento solos, para poder descubrir de a poco esta nueva forma de andar. Cada uno tiene su tiempo de adaptación cuando está de viaje, y nosotros descubrimos que a veces es mejor ir de a poco para darnos el tiempo de disfrutar y compartir, para poder sacar provecho de lo que estamos viviendo. 

San Petersburgo, 2019.


Desde San Petersburgo tomamos el tren que nos llevó a Kazan, una de las ciudades más antiguas de Rusia. El paisaje que nos encontramos aquí fue otro: nos alejamos de las grandes ciudades y los atractivos turísticos a mansalva y entendimos la inmensidad que viste a Rusia, ya que al bajar del tren brotaron las diferencias culturales con la gran capital. En este tramo del viaje compartimos el camarote con dos generaciones de rusos: un pibe más joven que nosotros, nacido en el capitalismo, que hablaba perfectamente inglés y compartió muy poco; pero que lo más importante que hizo con nosotros fue decirnos dónde podíamos conseguir yerba al llegar a Kazan. La joyita del viaje fue una señora que había vivido la mitad de su vida en el comunismo y ahora estaba comenzando a conocer su país y estudiar inglés. Ella nos enseñó y nos señaló las diferencias entre ambos regímenes, nos dio su punto de vista y nos dio la bienvenida más cálida que alguien puede esperar. Su inglés era muy lento, lo estaba aprendiendo, pero sus ganas de conectar con el otro traspasaba cualquier diferencia cultural. 

Kremlin de Kazán.


Desde Kazan partimos hacia Ekaterimburgo, un viaje que duró 14 hs. Viajamos en la tercera clase, lo que nos permitió conocer otra cara del pueblo ruso. Los vagones son abiertos, y se comparte todo: el baño, el vodka, cigarrillos y cuentos. No pudimos hablar una palabra de inglés, pero nuestro vecino de cucheta se encargó de hacerse entender a través de videos, y de taparnos con mantas cuando comenzó a refrescar y a caer la noche. ¿Se acuerdan de esta historia? Le dedique un #ShockenViajes entero a este ruso y su abrazo (pueden leer el relato haciendo click acá)


Llegamos a Ekaterimburgo, la capital de los Urales, a las 8 de la mañana. Aquí se unen Europa y Asia. Además, en esta ciudad estuvo secuestrado y asesinado el Zar Nicolás II y toda su familia. La casa donde estaban, es ahora la Iglesia sobre la sangre derramada, que cuenta con monumentos y recordatorios destinados a preservar la memoria de la familia real. 


Los colores y sabores del viaje fueron cambiando mientras dejábamos atrás la Rusia occidental para ingresar a Siberia. Paramos en Novosibirsk, Tomsk y Krasnoyarsk hasta llegar a Irkutsk, donde se encuentra el Lago Baikal, la reserva de agua dulce más grande del mundo. El paisaje en estas ciudades es diferente, así como lo es su gente, sus costumbres. Desde el tren pudimos ir apreciar la llegada del otoño y transitar uno de los paisajes más soñados.


Krasnoyarsk. 



En el tramo de la ruta que une Krasnoyarsk con Irkutsk nos encontramos con un mundo aparte. De cada vagón salían cabecitas de turistas curiosos, expectantes; que llevaban más de un día de viaje, y el cuerpo pedía bajar a estirar y tomar aire. Para nosotros fue un respiro y una alegría volver a charlar con alguien, hacía más de 10 días que no lográbamos mantener una conversación en inglés constante. Este tramo del viaje fue una fiesta: hablamos de política, de cultura, de religión y planes de vida con nuestro compañeros de camarote. Fuimos a emborracharnos con otra gente al bar del tren y terminamos en una lluvia de vodka a medianoche antes de desmayarnos y dejarnos vencer.


Desde Irkutsk partimos hacia Ulan-Ude, ciudad que es frontera con Mongolia. Aquí la geografía y la población cambia nuevamente con el trayecto que realiza el tren y el clima más árido y frío se hace notar. Hicimos noche en esta ciudad para tomar desde aquí el último tren y cruzar a Ulan-Bator (capital de Mongolia). Una vez más, el cambio de colores en el paisaje logró ser protagonista de este viaje, dándole un tinte especial a la travesía de cruzar Rusia en tren. 


Templo de todas las religiones, Kazán.


El paso entre fronteras es maravilloso. En los más de 6.500 km que recorrimos en tren, esta transición del atardecer entre el bosque siberiano y el amanecer frío y despoblado en el desierto mongol, es lo más impactante que vi. El paisaje es totalmente diferente, escasea el agua y la vegetación frondosa, y te acompaña con el suave andar del tren los campamentos de nómadas que comienzan a trasladarse por la llegada del invierno. Es algo que hay que vivir: amanecer en Europa, cruzar durante el atardecer Siberia y entender que desde la ventana del tren, mientras el paisaje iba cambiando, dejamos atrás Europa para ingresar al continente asiático casi sin poder perderme al contar los árboles que ya no se ven.


El sueño cumplido: 


Lago Baikal


Al bajarme del último tren entendí que todo había terminado una vez más. De repente, aquello que durante tantos años sonaste y planeaste, ya no está. Solo queda el recuerdo de lo vivido, y agradezco tener la obsesión de filmar y sacar fotos a todo lo que veo y siento, porque gracias a eso puedo revivir cada día al despertarme, el sueño cumplido de haber atravesado el mundo en tren. 


A un año de haberme bajado del último tren, no puedo evitar mirar hacia atrás y sonreír por lo que hice: me subí a un tren y cruce las fronteras más lejanas, buscando encontrarme en cada rusa que veía al pasar. 

Subí a un tren y cruce las fronteras más lejanas, buscando encontrarme por la noche, cuando los vecinos de paso roncan así, sin más. 

Subí a un tren con el deseo de que el mundo se apodere de mí y me deje vivirlo. Y hoy, solo puedo decir que logre hacerlo y que no hay satisfacción más grande que sentir que puedo hacerlo de nuevo. 



Hoy compartí en mi Instagram un video que hizo mi amiga Jose con los mejores momentos de este viaje en tren. Pueden verlo haciendo click acá. 

Shock en Viajes: #9 - No hay comida china en China

13:53

Chengdu, China 2019.

Bienvenidos:

La comida, esa protagonista de todas las reuniones, eventos y festividades, fue durante muchísimos años, mi archi enemiga. ¿Por que? lo se, pero todavía no estoy lista para atravesar desnuda la tormenta que va a ocasionar a mi cuerpo y mi alma hablar y exponerme frente a esto. Así y todo, no puedo seguir evitando las señales que mi cuerpo entumecido me empieza a mandar desde lo más profundo de su eternidad. No puedo evitar empezar a diagramar el mapa de este viaje que algún día les terminaré de contar. Solo puedo decirles que la comida, con todo su potencial y cualidades espectaculares, será parte importantísima de una próxima vida en viaje. 

Por ahora, vamos a transitar despacito este recorrido: agárrenme tímidamente de mi dedo meñique, y acompáñenme en silencio mientras les cuento este cuento. Mi cuento. Por ahora, tengan la delicadeza y la paciencia de escuchar, de leer y abrazar. Nada más. 

Porque yo lo se, y se los prometo, ya habrá tiempo para atravesar este océano enardecido de recuerdos enterrados que están asomando y haciendo baches en mi campo florecido.

Dos años después:


Hace dos años y medio, cuando me fui de Argentina para vivir en Dinamarca, dejé de comer carne. Ese primer encuentro con lo que quería - o no - ingerir y darle a mi cuerpo, fue sencillamente maravilloso. Empecé a sentirme feliz, sin culpa, y mucho más tranquila cuando comía (o cuando iba a hacer las compras para después cocinar y comer). Quienes me conocen personalmente saben que históricamente mi relación con la carne era tormentosa. Si bien era la base de mi alimentación (como lo es para la mayoría de los argentinos) siempre terminaba con mucho conflicto a la hora de comer: si no era porque me daba asco ir a comprarla (nunca pude entrar a una carnicería), no podía cocinarla (de eso se encargaba siempre alguien más) y, cuando finalmente el plato estaba frente mío, comenzaba el baile y el ida y vuelta con la cocción. Al fin y al cabo, yo no quería comer carne, pero no conocía otra forma de alimentarme; y la información que tenía a disposición era muy prohibitiva y limitante. 

No se como les fue a ustedes, pero mi socialización fue en base a lo que te engordaba o te ayudaba a adelgazar. Nunca nadie me enseñó que es importante entender qué es lo que le metemos al cuerpo, que te alimenta y que no. ¿Qué te gusta? ¿Qué elegis masticar y utilizar para tener energía durante tu día? Esa lógica antes no existía, simplemente había que estar atento a no darle a tu cuerpo algo que te haga engordar. Perdoname niña Marina, hoy te abrazo y te alimento para que puedas saltar y ser feliz en la Muralla China, no para que alguien de fuera te diga si estas mas gorda o mas flaca que tu hermana o tu mamá. 

A los 20 días de haber pisado Europa algo en mi cambió: de repente me empecé a sentir más libre, más despreocupada. No tenia miedos que me frenaran y me inmovilizaran, ni si quiera me dolía la espalda o la cabeza. No. Estaba simplemente viviendo, disfrutando de mi entorno y mi cuerpo, disfrutando de todo lo que estaba haciendo, producto de mi esfuerzo y dedicación para cumplir un gran sueño.

Así fue como, mientras un día nos parábamos a mirar las ovejas de un campo en Irlanda, decidí que no iba a comer más carne. Y así fue, ya dos años y medio después de ese momento, puedo decir que fue una de las cosas más lindas que pude haber hecho.

 



Irlanda 2018.



En Francia avancé un poquito más, y empecé a coquetear con la idea de hacerme vegana. ¿Vegana, yo? que vengo de una familia que trabaja el campo y sirve el asado rigurosamente como si no hubiera nada más que importara? Si, estaba dispuesta a poner en jaque de nuevo todo aquello que había aprendido y que ya no podía sostener; porque uno aprende cosas, pero también puede derribarlas. 

Asique empece a escuchar, a leer, a observar que decía la gente a mi alrededor. ¿Qué come esa chica que trabaja conmigo y sonríe tanto? ¿Qué hay en el super que no sabia que existía? ¿Qué hay en las redes sociales que me sirva para entender y comenzar a transitar mi vida con otra perspectiva? Y probé: me fui al super y compré algunas cosas como para ver que pasaba. Todo me gustó: la leche de avena para tomar el café, el postrecito de chocolate y el pan con mermelada y nada más. Me gustó, pero me faltaba información, me faltaba entender, y a pocos días de lanzarme en un viaje en tren a través de Rusia, Mongolia y China, no podía afrontar este cambio solita y sin información. 

Nos fuimos de viaje y guarde mi transición en la mochila que deje en Niza. Ganas no me faltaban, pero si la certeza de que podía crear y vivir mas allá de la comida tradicional.


El gran desafío: 


Todo fue un desafío en ese viaje: el idioma iba mutando de estación en estación, junto con las costumbres y los husos horarios. Los olores eran diferentes conforme avanzábamos, casi tanto como la religión o la ropa que veíamos pasar al lado. A veces el menú del restaurante era imposible de descifrar, y el mozo por más que se esforzaba no nos entendía. Y cuando decía “sin carne, por favor” su mundo se revolucionaba y caía en pedazos. 


Pero lo logré. Logré alimentarme más allá de las diferencias, logré no sentirme amenazada y hacer una huelga de hambre. En Mongolia descubrí el paraíso vegano que hay en su capital: claaaro, el Budismo como religión prioritaria, sumada a la gran explosión turística a causa del tren, hicieron que haya bares con opciones veganas a diestra y siniestra. Ahí me relaje. ¿Quién iba a pensarlo, no? sinceramente eso no lo había imaginado.



Desayuno en el desierto, Mongolia 2019.


El conflicto más interesante fue cuando llegamos a China. Realmente el mundo tal y como lo conocía dio un vuelco de 360 grados y me enfrenté al desafío más grande que he tenido en los últimos años. No solo el olor a todo es diferente, sino la forma de alimentarse, de moverse, de transitar el mismo sitio era diferente.



Guillin, China 2019. 

En la calle hay puestos de comida por todos lados. Arroz, pescados, bichos encerrados. Colores, olores, ruidos. La comida habla, los carteles hablan, la gente grita, el tofu resulta en un punto insoportable. Hay gente que fuma en lugares cerrados, y están los que se sientan en la vereda y mastican a boca abierta cosas que cuelgan de un palito que podría ser de helado. No hay agua para acompañar tu manjar, sino té. El olor, el olor a tofu negro no puedo borrarlo de le memoria sensitiva que tengo a flor de piel mientras estoy escribiendo.


China 2019.


Tampoco puedo evitar sentir de nuevo el ruidito de las pesuñas de pollo que sacó de una bolsa el señor que se sentó a mi lado en el tren. Todo es diferente, y yo tengo que sobrevivir un mes aquí, vaya uno a saber comiendo qué.



No hay comida china en China: 


Tengo que admitir que creía que iba a gozar como nunca y a nadar en mares de arroz frito con verduritas de estación cuando llegara a China. Pero no señores, no. La comida que aquí tenemos, no es la misma que consume el pueblo en su país de origen. Y yo, gringa ingenua, me deje engañar por mis ganas de replicar mis costumbres y formas de alimentarme en un lugar extraño. 


Ahora entiendo, que viajar es aprender a ser de nuevo. Es desprenderte de tus creencias, de tus formas de ver y vivir el mundo, y entregarte de lleno a transitarlo como lo ven otros. ¿Quién soy yo para querer imponer mi forma frente a ellos? 




Barrio Musulman, Xian, China 2019.


No quedo otra que empezar a ingeniárnosla entre la lluvia de sopas y caldos que olían y sabían diferente a nada que haya probado jamas. ¿Dónde estaba la fiesta de arroz frito y salsa de soja que tanto había esperado? Me costo muchísimo explicar que simplemente quería comer eso, que no quería ver en mi plato ningún tipo de animal flotando. 

Tengo que admitir que ahí era yo el bicho raro. La que pedía platos que no salían fácilmente, la que tenia que hacer señas y suplicar que me entendieran. Pero siempre hubo voluntad de mis anfitriones estrellas: si el primero no me entendía, atrás venían 2 o 3 mas a leer el papelito que el chico del hostel tan amablemente me había escrito para explicarles lo que yo comía.



China 2019.


De a ratos tenia que explicar también que no quería nada picante. Y ahí comenzábamos con otro baile de señas y palabras sin sentido, esforzándonos de todos lados para poder ser comprendidos. Pasábamos a veces 1 o 2 horas caminando, buscando un lugar en el cual yo me sintiera cómoda para poder comer en paz. Es que la cultura alimenticia es tan pero tan diferente, que había lugares a los cuales no podía ni siquiera entrar. 


¿Saben cuando mejoro todo? el día que Mariano descubrió que el lenguaje de los emoticones es universal. Nunca me voy a olvidar de la sonrisa gigante que hicieron las cuatro chicas que estuvieron 40 minutos tratando de atendernos. Mariano agarró el celular y muy astutamente llenó el espacio de mensajes de animales, mientras ellas miraban enardecidas, él empezó a gesticular como si no hubiera un mañana: blandía sus manos y su cabeza hacia los lados, en ese gesto tan particular que en todos lados entendemos y que significa ampliamente “No”. Entre risas, volvió a llenar de verduras el espacio de mensajes, y con un amplio movimiento de cabeza, les dijo que “Si”. Las chinas comenzaron a reirse a carcajadas, y salieron encantadas hacia la cocina, a dar las indicaciones para que la rubia extraña que estaba ahí sentada pudiera comer y ser feliz de una vez.



El día que conseguí mi arrocito en China. 

Gracias a esto pudimos comunicarnos un poquito mejor a diario. ¿Quién se iba a imaginar que a través de los emoticones nos íbamos a entender a pesar de no tener nada que ver? 

El shock de la comida en China fue muy grande; no solo porque no era lo que me esperaba, sino porque no era similar a nada de lo que había visto en otros lugares mientras estuvimos en viaje. No pude transitar hacia el veganismo en este tiempo, claro está, porque haberlo hecho hubiese implicado un cimbronazo de estrés innecesario a mi alma y mi cuerpo. Pero me quedo con la enseñanza más grande que me llevé de China y su inmensidad: no importa de donde vengas o a donde vayas, no importa lo que creas o lo que veas, no importa si te crees mejor o peor que yo, al fin y al cabo lo único que importa es tu voluntad de entender el mundo y comer despacito; disfrutando cada bocado y no dándote un atracón de esos que hacías a escondidas, para evitar que otros te vieran comer. 

El mundo te invita a saborearlo con placer, no hace falta nada más y nada menos que las ganas de hacerlo.



Xian, China 2019.