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Río y Playa en Setúbal

5:13

Adiós Setúbal. Solo me alejo pero el azul del Río Sado, la playa, la costa de Troia con que compartía las tardes, se van conmigo. Puedo decir que fueron pocos los días, pero creo que el encanto de esta ciudad austera que vive del mar duró la estancia necesaria. Para qué más si después todo se recuerda de a poco, de a ratos y el sabor, el olor a pescado se pega en el paladar en el momento menos pensado, cuando asalta la memoria. 
El silencio es un deber, es el complemento del hombre que retira las redes, hasta del mozo del restorán que espera el reconocimiento por la cocina, o la felicitación por el vino. Mucho sol, río y tranquilidad: todos ingredientes que recibí en cada día de los que estuve. Si el mar, según dicen, confiere seguridad, la tuve. Quedan las fotos que intentan registrar algo de lo que la vista acapara. Algo es algo. El Río Sado también nos hace sentir más pequeños. 
Caminé despacio por las callecitas hasta toparme con la plaza que daba al hotel. Los mozos preparaban las mesas y lo que iba a ser la noche. En un bar sonaba música de computadora para entretener a los turistas. Ellos hablaban para acompañar el movimiento de Setúbal. Al barrio lo llaman al Pelourinho por el color en las casas. El último sol de la tarde se obstina e ilumina puertas y ventanas. Reniega a que el lugar se oculte...



Rio Sado.

Setúbal.





@GUILLERMOFERNANDEZ PARA @VIDAENVIAJEE
Julio,2017.

Recuerdo de una tarde en París

10:49

Es abril y el cielo adquiere su esperado brillo primaveral. El frío severo que sometió a la ciudad quedó guardado en los placares, junto a las bufandas, las gorras y los tapados. La multitud que transita usa ropas más livianas y algunos hasta se animan a las mangas cortas. Yo soy uno de ellos. En pleno almuerzo al aire libre, siento una pequeña cortadura en el paladar y unas gotas de sangre manchan la servilleta. La croûte de la baguette puede ser tan hostil como el ideal de parisino indiferente que circula por todos lados. No me importa. Un poco de vino tinto al sol que estaba buscando me ayudan a cicatrizar la boca. Al lado mío, una chica de la Sorbona lee Proust. Al otro costado, unos yankees sacan fotos a los jardines florecidos. Todos estamos sentados en las sillas verdes multiformas que sirven de descanso y decorado. Así se pasa el mediodía en los Jardins du Luxembourg.

Jardines de Luxembourg.
Luego de la comida, junto fuerzas para seguir recorriendo la ciudad. Duelen los pies de tanto caminar. Mi cabeza insiste en no perder demasiado tiempo. Hay tanto para hacer. Me debato entre pagar los euros que sean necesarios para entrar al Museo Rodin, ver toneladas de mármol tallado exquisitamente, pasear por sus jardines, observar a los artistas “bobo” (bourgeois-bohème, el equivalente al hippie chic argento) hacer dibujos con carbonilla. La otra alternativa me obligaría a hacer un poco más de actividad física y es la que elijo. Alquilo una bici y me olvido de GoogleMaps y de cualquier mapa gratuito que fui juntando por ahí. Salir de mis planillas ultraorganizadas y perderme un rato complementa la experiencia viajera. Además, sé que mi límite es la Périph, una avenida de circunvalación que divide la capital de sus suburbios.

Museo Rodin y sus Jardines.
En las dos horas que dura mi pedaleada, paso por la moderna torre Montparnasse y el cementerio que está en sus inmediaciones. Cuando veo el cartel indicador me acuerdo de que allí están los restos de Cortázar. Se me viene a la cabeza un cuento en el que menciona la porteña línea de bondi 168. Mi desafío ahora es esquivar los colectivos franceses, así que voy con cautela por los bulevares Pasteur y luego Garibaldi. De lejos se empieza a ver el Espárrago de Metal, tan imponente como cliché. Es mi norte para llegar al río y cruzar hacia el Trocadero. Champs de Mars, el parque en el que se encuentra la Eiffel está sucio, lleno de turistas y vendedores de pequeñas torres de plástico, vidrio, madera y hasta de chocolate. Mucho palo de selfie, contingentes de jubilados y soldados con ametralladores custodiando la atracción. No dejan de estremecerme la presencia militar y los carteles “Vigipirate. Alerte attentat”. Devuelvo la bicicleta inmediatamente después de que cruzo el Sena. Me quedo observando la multitud un rato y entiendo que es hora de volver al hotel.

Decir algo sobre París sin caer en lo obvio o en lo repetitivo resulta arduo, casi imposible. ¿Qué guía o blog de viajes no le ha dedicado apartados a la Ciudad Luz? Por eso siempre me quedo con un frustrado comentario de alguien que la visitó por primera vez: es abrumadora, no me da tiempo a verla porque siempre hay miles de cosas a las cuales prestar atención. La frase resume con justicia una estadía parisina El constante estímulo traspasa las atracciones de la Lonely Planet tales como el inabarcable Louvre, la imponente Torre o el Arco monumental. El encanto aparece con más fuerza al caminar por las calles de Le Marais, Montmartre, el Quartier Latin. Un intercambio con los aromas, sabores y comportamientos locales se vuelve así inevitable. El olor a pis de las berges al costado del Sena, las juntafirmas ladronas, el soberbio “t'as pas l'accent parisien” de quien ensaya un francés escolar también se transforman en cotidianas referencias. Los sentidos procesan armonía y caos al mismo tiempo.



Tal vez por esto París siempre quedará incompleta si se la ve solo en escenas cinematográficas, inclusive en las que Allen o Godard supieron crear de forma tan romántica. Hay sensaciones que no pueden traspasar la pantalla, tampoco quedar encuadradas en una foto amateur. La bicicleta ayuda a superar la mediación del artefacto. Por eso mi amigo tenía razón al decir que es abrumadora. Por eso es obscenamente bella. Por eso pide más de un encuentro. Por eso, una nueva visita siempre queda pendiente.



@LUCLUCVAN para @VIDAENVIAJEE
Junio,2017.