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Shock en Viajes: 12 - Vomité en el mar

12:45

 

Tailandia.

Destino final: 

Estábamos en el aeropuerto de Hong Kong cuando nos enteramos que no podíamos volar a Vietnam, un destino al que quiero ir desde que tengo memoria: tengo como un deseo muy arraigado de caminar por sus calles, explorar las cuevas, navegar sus ríos y conocer su gente en profundidad. Debe ser lo que me ha taladrado mi viejo con la historia, con la guerra, con la defensa que supieron implementar de manera estratégica y brillante frente a un mundo que los pretendía hundir y olvidar. 

No pudimos volar a Vietnam y la frustración comenzó a golpear la puerta. Ahí estábamos, cansados de tanto viaje, con hambre y ganas de cambiar de paisaje, cuando empezamos a pelear. Si volvíamos a Hong Kong se nos acababa el viaje, porque los precios que se manejan acá ya estaban achicando nuestro presupuesto destinado a disfrutar sin trabajar. En eso estábamos, entre pelea y un llanto que parecía asomar, cuando se me ocurrió abrir la aplicación de pasajes y ver que destino estaba bien barato ese día para aprovechar. 

Che amoroso - le dije a Mariano - mirá los vuelos a Tailandia, nos podemos ir en 5 horas y tirarnos en la playa a relajar. Así fue como gracias a las recomendaciones que me empezaron a dar por Instagram (quien es el que dice que las redes no son un buen puente?) terminamos en Phuket esa misma noche para luego cruzar en Ferry a Koh Tao, donde el viaje terminaría dando un rumbo impensado.

 

Bella Tailandia: 



Llegamos a Phuket a las 12.30 de la noche, con un calor agobiante, un cansancio increíble en el cuerpo y la sensación de estar en un globo de aire caliente. Una sensación de agobio que nunca voy a olvidar. Nos paso a buscar el dueño del "resort" que habíamos alquilado, y nos llevo a la casa casi sin hablar. Nos dieron agua de coco para calmar el calor y engañar al estomago y nos dejaron en el cuarto que teníamos destinado con una gran sonrisa y un gesto hermoso con sus manos, que no indicaban otra cosa mas que "bienvenidos a mi hogar". 

Hasta ese entonces solo sabíamos que Tailandia era barato y que tenia altas playas para disfrutar. Lo que no sabíamos era que caímos en época de Monzones y que Phuket es un destino destinado prácticamente a la joda, la droga, la prostitución y los gringos desquiciados. Tampoco estábamos al tanto de que una gran parte de la población es musulmana, que andar en moto por la montaña es espectacular y que su gente,  los Thai en general, son increíblemente amables, dedicados y sonrientes. 


En moto por Phuket


Estuvimos en Phuket unos días, tratando de ver como reconfigurar un viaje que no teníamos planeado: tratando de descifrar que teníamos ganas de hacer y sobre todo que posibilidades teníamos en la mano. Así fue como (y otra vez, gracias a las recomendaciones que me dieron en Instagram) nos pusimos a investigar sobre el buceo en Koh Tao. Compramos el pasaje en Ferry, hicimos la reserva en el hostel que mas me recomendaron, y nos fuimos con nuestros 7kg a cuestas a bucear. 

Lo que es la libertad, no? Poder sentarte en la cama de tu habitación en Phuket y escrolear en el celular hasta encontrar el destino al que queres llegar. Darle el tiempo a tus emociones de ir bajando lentamente, escuchar a quien tenes al lado, barajar y dar de nuevo, mientras el mundo sigue girando y a vos nada te detiene ni te obliga a parar. Es una sensación de vértigo constante, unas mariposas que aletean, crecen y se hacen gigantes dentro de tu cuerpo que se adapta sin pensar en lo que hay detrás. 

Esa libertad de subirte a un micro y tomarte un Ferry para cruzar de isla y ponerte un traje de neopreno que te va a poner en contacto con lo mas hermoso que has visto jamas. 

Aprender a vivir con esa simpleza, disfrutar de la libertad, entender que sos parte de una escenografía que cambia solamente cuando vos haces click para comprar el pasaje que te lleve al próximo lugar. Aprender y entender que podía tener esa vida me llevo un tiempo, y cuando entre ahí, ya no quise salir. 

Por que conformarme con lo que ven mis ojos, si puedo cruzar en Ferry, hundirme en el mar y ver que hay mucho, mucho mas?.


Bajo el mar: 


Buceo en Tailandia.


No voy a mentirles a esta altura, tenia muchísimo miedo de bucear. No tenia idea a lo que me estaba enfrentando cuando acepte la loca idea de Mariano de hacer el curso de open water para después poder conquistar el mundo desde otro lugar. Nos unimos a un grupo hermoso de gente que estaba en la misma: viajando hace varios anos, rompiendo prejuicios, cumpliendo sueños. Todos y cada uno de ellos tuvo que enfrentarse y romper sus miedos cuando nos dieron la indicación de respirar hondo y saltar al mar. 

Me costo entender que la calma era todo, si controlaba mi respiración, podía hundirme cada vez más a fondo en ese agua caliente y descubrir lo hermosa que es la vida bajo el mar. Por suerte la dulce margarita me tuvo paciencia, me tomo de la mano las veces que fue necesaria y me ayudo a saltar y dejarme llevar. 

Yo, que deje mi vida cómoda y hermosamente establecida en Buenos Aires, empece a tener mareos en el mar. Como puede ser, si casi que no hay olas en Tailandia? bueno, el mareo que sentía era gigante. Tuve que tomar dramamine media hora antes de salir a navegar, durante los 4 días que subimos al bote. 

Yo, que deje mi vida cómoda y hermosamente establecida en Buenos Aires, tenia miedo de bucear. Como puede ser, si te metiste a hacer snorkel en el agua helada de Islandia? como puede ser, si te colgaste de un acantilado en Irlanda? como puede ser, si dejaste a tu familia del otro lado del mundo para irte sola con Mariano a buscar vaya uno a saber qué? Bueno, así fue. El miedo nos paraliza y nos encierra cuando menos lo pensamos, cuando menos lo esperamos. Empezó a manifestarse con las nauseas en el bote, quería atacarme cuando estaba a 15mts de profundidad bajo el agua caliente de Tailandia, y lo logro paralizarme por completo el único día que necesitaba accionar. 

Terminé el curso de Open Water, soy toda una buceadora certificada. Puedo ir a conquistar el mundo submarino cuando quiera y a donde yo quiera. El día que el agua me llevaba de manera suave y vibrante entre un cardumen de pececitos de colores, no pude hacer otra cosa que llorar. Que sensación hermosa poder apreciar la vida en todas sus formas, no hacerle daño, simplemente estar ahí, observando. 

Mariano fue por más: él certifico en Open Water y Advanced. Yo no me anime a más, porque significaba hacer más inmersiones, exigir más a mi cuerpo, destrabar más miedos que no sabia que tenia pero ahí estaban, empujando desde lo más profundo dispuestos a salir con todo cuando menos lo pensara. Pero después de 8 días en la isla, viviendo en patas y poca ropa, durmiendo en el hostel rodeados de buena onda, quise sumarme a la experiencia de bucear de noche. Como iba a permitir perderme esa oportunidad? Salir en barco al atardecer, ver a sol ponerse sobre el mar, mientras me ponía el traje y me disponía a saltar una vez más, eso era algo que tenia que vivir. Cueste lo que cueste. 


Atardecer en el mar.


A veces tengo esos arranques: hay algo que me dice ya no más, pero también hay algo que me insiste y me presiona para hacer las cosas igual. Cuando esas dos fuerzas se encuentran en mi mente, el cuerpo me da señales que sin darme cuenta decido ignorar. Ese día me paso eso: no me sentía muy bien, pero así y todo me sume a la experiencia nocturna, quería registrar ese momento en mi cuerpo, en mi mente, en mi go pro a prueba de agua, en la memoria de mi celular. Quería estar ahí, aunque también sabia que no quería estar presente de forma física y real. 


Vomité en el mar: 

Aunque me tome el drmamamine las nauseas nunca me abandonaron. El agua ese día estaba un poco más picada que de costumbre y el sol se puso de forma mágica, perfecta, irreal. 

Saltamos los 4 al agua, cada uno a su tiempo. Lo primero que noté es que no podía bajar, el corazón me latía muy fuerte, era de noche y las olas me mareaban. Sentía la corriente entre mis piernas, sentía el miedo apoderarse de mi alma y me costaba respirar. Pero no me permití abandonar, tenia que seguir igual, tenia que vivir esa experiencia aunque no pudiese respirar. Por que? Por que me estaba obligando si mi cuerpo daba clara señales de que no podía más? Esa lucha es algo que recién ahora puedo desgranar, entender y contar. Hasta hoy no había entendido lo que me estuve haciendo. 

Con el agua picada, después de varios intentos y el aguante de gonza, marga y mariano, logre sumergirme en la oscuridad. Allí íbamos los 4, con la go pro en la mano, descubriendo lo que tiene el mar en su inmensidad. Bucear de noche, debe de ser de las experiencias mas hermosas y locas a las que me expuse en mis anos de vida en viaje. Como no hacerlo? 



La corriente nos llevo por el coral, vimos a los bichos vivir su vida nocturna como si no hubiese nadie más: los cangrejos, las estrellas de mar, las rayas. Una fiesta de animales dispuestos a pasar por delante mío y abrazarme porque sabían que tenia miedo. Entre tanto, el agua me zarandeaba y mientras intentaba respirar y no perder el eje de lo que estaba viendo, mi cuerpo golpeaba contra el coral por el que estábamos pasando y me clavaba sin darme cuenta los restos del mar que me acompañarían por unos cuantos días. Duele, duele chocarse con la realidad y llevarse puesta las espinillas como recordatorio de que a veces esta bueno frenar: respetarse y no exigir los limites del cuerpo de manera constante. 

Salimos a la superficie porque la corriente ya estaba brava de verdad y, mientras todos los demás intentaban mantener la calma y no dejarse vencer, yo me relaje y deje que el miedo se apoderase de mi cuerpo y mi alma. Nade hasta la soga que nos llevaría al barco, me puse el respirador y me tire hacia atrás. Lo vi a Mariano sujetarme y nadar a mi lado, mientras marga nos indicaba el camino y gonza abria el paso. Yo estaba en otro lado, muerta de miedo, sin ánimos para avanzar, dejando que ellos me guíen a su tiempo, regalada a lo que el mundo quisiera que pasase en ese momento. 

Cuando llegamos al barco vi que la corriente lo llevaba a Mariano y yo no podía accionar. El estaba bien, estaba fuerte, estaba aferrado, pero en mi cabeza pasaban miles de cosas y no podía pensar, no podía respirar, estaba trabada física y emocionalmente, perdida en el medio del mar. Solo vi que marga me tendía la mano y me indicaba que suba primera, mientras ellos esperaban. 

Subí, y cuando gonza me saco el equipo, me tire de cabeza a la otra punta del barco para vomitar. No se que paso en el medio, pero todos subieron mientras yo seguía vomitando en el mar. 

Así estuve un buen rato, mientras mis compañeros se sacaban los equipos y el bote volvía a destino, yo estaba tirada con la cabeza colgando, vomitando en el mar. Largaba mis miedos, mi vergüenza, mi cansancio y frustración. La bronca de no haber disfrutado como los demás, y también la bronca de haberme sometido a hacer algo que ya de entrada mi cuerpo no iba  a aguantar. 




Un poquito mas allá: 

A casi un año de esa experiencia, solo tengo palabras de agradecimiento para esas 3 personas que estuvieron conmigo en todo momento. El poder que tiene el miedo sobre nosotros es algo que no se puede terminar de explicar: empieza golpeando despacito, casi avisando que algo va a pasar, pero hay que estar muy despiertos para entenderlo y hay que conocerse demasiado para hacerle caso o aprender a manejarlo. 

El pánico, ese invitado indeseado que puede cagarte cualquier experiencia, incluso la que siempre habías soñado. Esa noche, mientras vomitaba en el mar, pude entender que tenia que aprender a escuchar un poco más lo que me decía el cuerpo. También entendí que no esta mal frenar, descansar y arrancar de nuevo. 

Cuando nos subimos a una moto a miles de km por hora, no todos respondemos igual. Yo necesitaba bajarme de la moto, procesar todo lo que había vivido, y entender hasta dónde quiero avanzar. 

La marea me sacudió con tanta fuerza, que no me quedó otra que entenderlo; y a fin de cuentas, gracias a eso, voy conociendo un poco más hacia donde quiero encaminar mi libertad.




Hacia donde quiero llevar mi libertad:

Hacia romper mis miedos, mis frustraciones, aquello que no me permite avanzar. Quiero ser libre al nivel del mar, a poder sumergirme y contener la respiración para conocer un mundo nuevo. 

Quiero que la marea me sacuda con fuerza y yo poder aguantar. Subirme al bote y no vomitar más. 

Quiero que nadar entre pescaditos de colores sea mágico todo el tiempo, sin tener que pensar que la locura de lo que estoy haciendo no tiene lugar. Porque una vez más,  y a pesar de haber tenido un miedo paralizante que termino saliendo de mi cuerpo y siendo llevado por el mar de Tailandia, logré hacer algo que era impensado en otro momento.

Yo se que hay que respetarse y dar lugar al miedo, pero que hubiese pasado si lo dejaba ganar? Ahí entra mi deseo de llevar mi libertad al mar y no dejar que este invitado indeseado le gane a mis ganas de explorar cada vez mas...


Gracias eternas por estar a mi lado💜



Shock en Viajes 11 - El chico del Sahara Occidental

17:39




Entre diciembre del 2019 y principios de enero del 2020, estuve trabajando como voluntaria en un hostel de Córdoba, España. Fue la primera vez que hacia algo así: intercambiar mi tiempo, mi energía y conocimientos en redes y atención al publico a cambio de hospedaje. Sin dinero de por medio.

Los grandes viajeros, expertos en esto, suelen decirle al mundo a través de Instagram que salgamos a explorar y dejar que el mundo nos sorprenda. Tengo que decir que coincido con este discurso mediático de nuestros tiempos 2.0, porque si no hubiese estado paradita sin cobrar en este hostel perdido en el tiempo, no se si hubiese logrado terminar de entender lo que significa viajar. Al menos para mi, fue el broche de oro, la frutillita jugosa de un postre que tardé varios años en elaborar y pocos meses en devorar....

El 13 de diciembre del 2019 me tocó cubrir el turno de la noche en el hostel. Al principio fue raro, soy una persona que le gusta mucho más la mañana, que se levanta temprano y aprovecha el día, que se acuesta antes de las 12 y duerme largo y tendido, aunque haya ruidos. Al principio fue raro, me costo bastante adaptarme a la idea de trabajar de noche, de tomarme una cerveza en el bar mientras atendía o hacia un check in a completos desconocidos. No tenia horario de cena, y mal que me pese las noches que me tocaba hacer turnos, tampoco dormía como quería: si no tocaba la puerta algún borracho perdido, me sonaba el teléfono para que le reserve una cama a las 3 de la mañana...

Pero ese 13 de diciembre, ya con varios días de entrenamiento y mucho más canchera, me confiaron el bar. Yo - tengo que admitirlo - estaba radiante: me brillaba el pelo y la sonrisa que llevaba puesta era gigante. Tenia los ojos como platos, con el color cielo más potente que nunca, dispuestos a meterse adentro de cualquier cabecita juguetona que tuviera ganas de pasar a mirar más allá.

Ahí estaba, después de algunos vasos de sangría que yo misma hacía, vendiendo cerveza a los huéspedes que no paraban de llegar. Qué hermosos eran esos tiempos, en los que podíamos relacionarnos libremente sin miedo al contagio, Qué hermosos esos tiempos en los que nos abrazabarnos con extraños, nos dábamos la mano y compartíamos libremente las pitadas del faso. Qué hermosos esos tiempos, en los que con mi ondas rubias y mi sonrisa compradora, hacia records de venta en el bar, porque me encanta hablar con los huéspedes de todos lados y hacerlos sentir cerquita de sus casas, aunque estuvieran con una completa extraña que no sabia nada de su vida, no sabia nada más que ellos querían sentirse queridos e importantes como yo; como todos queremos sentirnos al final de cualquier día que pasa como uno más.

Ese 13 de diciembre, él se acerco con la cabeza en alto, la mirada hacia abajo y las manos escondidas en los bolsillos de su impecable campera Uniqlo color azul oscuro, pero brillante, de un brillo de esos que encandilan en cualquier parte. Se acercó despacito, y me preguntó si podía venderle una cerveza más.

En su mirada me di cuenta que en cualquier momento iba a comenzar el jugueteo peligroso, ese que arrasa con todo, que hace que las palabras vuelen por tu boca revoltosa y salgan disparadas entre los dientes calientes de tanto tomar. Quise evitar un momento incomodo y decidí que iba a manejar yo el juego: mientras guardaba sus euros en la caja y le abria la cerveza para acercarla a su mano tambaleante, me hice la loca y le pregunte: ¿vos sabes quien soy yo? y comencé el juego que ambos estábamos esperando pero que yo no iba a jugar.

Entre palabras tiradas de los pelos y preguntas de adivinanzas sin ganas, dio vuelta la tortilla de un salto y sin previo aviso me noqueó. Vos sos Marina, de Argentina, pero yo soy el chico de el Sahara Occidental, y estoy acá con el fin de contar mi historia, la de mi pueblo y hacer que esta verdad comience a trascender entre ustedes, viajeros intergalácticos que se creen tan importantes con sus canjes y bellos momentos. Yo, el chico del Sahara Occidental, estoy acá para contarte mi historia y obligarte a que te pongas a investigar y hagas de público conocimiento algo de lo que nadie quiere hablar.

Tuve que guardar mi orgullo en el bolsillo y dedicarme a escuchar. Mi interés era genuino y solo quería conocer más y más de la vida de este chico que me hizo entender que al fin y al cabo no somos más que humanos igual de importantes e insignificantes que el resto. Una vez más, entendí que el brillo de mis ojos color cielo pulposo son igual de exquisitos que sus ojos color almendra tostada. Ni más ni menos. Solo que la historia de la humanidad decidió, sin preguntarnos, hacernos creer que cada uno tiene su lugar. Pues no, no mi cielo, el chico de el Sahara Occidental tiene una voz muy fuerte y su historia le prometí narrar...


Recuerdos de una vida pasada:

Cuando respondo a la tan repetida pregunta: ¿por qué empezaste a viajar? Empiezo con una imagen de mi vida pasada el cuento. Cierro los ojos al empezar a relatar y me veo llorando encerrada en el baño de la oficina de turno, porque me sentía estancada, porque necesitaba salir al mundo y descubrir que había más historias, que había otras realidades y verdades, que había algo más allá de la Panamericana y su eterno atasque a la madrugada.

En cada día que duró mi vida en viaje, pude ir interiorizando de a poco la cantidad de realidades que hay: recién hora puedo entender el sentido de lo que sentía en aquel momento, porque había algo que me apretujaba el pecho y no me dejaba respirar con calma, con paz. Era el deseo de salir a ver que había ahí afuera, de qué se trataba el mundo más allá de Instagram y los Videos hermosos que cada vez más y más gente sabe hacer y comparte.

Esos vídeos, que me angustiaban a la vez que me motivaban, entiendo hoy que no son más que la construcción de una realidad que es muy hermosa de mostrar. Pero yo te juro, que si pones pausa y salís a caminar, las cachetadas de vidas paralelas empiezan a aflorar.
Hay un mundo, historias de vida, experiencias y verdades que no aparecen en primera plana del feed de Instagram. Hay fotos que no son editables, hay historias que no les podes dar brillo y sacar la niebla que acompaña los ojitos de cada persona que te viene a hablar. Te juro que cuando des vuelta el teléfono y te pongas a charlar, no vas a poder creer la cantidad de historias que hay en cada bendito lugar que se promocionan con estrellas fugaces del turismo internacional.


La birra en el bar:

El Sahara Occidental es un territorio que se encuentra al norte de Africa y que en la actualidad forma parte de uno de los 17 territorios no autónomos que están bajo la tutela de un Comité que pretende eliminar el colonialismo.

El chico del Sahara Occidental tomó su birra helada y mientras mi cuerpo se iba tencionando con el calor y color de su historia, empezó a relatarme como era nacer y vivir en un campo de refugiados.

Entre noviembre de 1975 y febrero de 1976, los habitantes del Sahara Occidental abandonaron sus provincias por la inminente invasión mauritana y marroquí. Quienes pudieron escapar de la muerte, tuvieron que exiliarse de su lugar de origen, adentrándose en el desierto para terminar formando un nuevo mundo en los campos de refugiados de Argelia, que tenían por objetivo ser un hogar transitorio y terminó funcionando como el único destino posible de este pueblo que quedó perdido y olvidado tras los rayos del sol candentes en el medio del desierto.

El chico del Sahara Occidental, con su español impecable y perfecto, me contó entre sorbos de cerveza helada, que nació en uno de estos campos de refugiados. Los niños nacen , se crían y no tienen permitido salir de ahí - me contó con el corazón latiendo fuerte pero sin permitir que su voz enloquecida por contar su historia me dejara leer la ansiedad que lo atravesaba.

A sus doce años conoció la luz. La primera vez que se topo con una perilla de luz, estuvo una hora encendiéndola y apagándola porque no podía creer lo que sus ojos veían Me contó esto, mientras sonaba la música fuerte del bar y despilfarrábamos electricidad en la terraza de un hostel atiborrado de gente con el ultimo modelo de celular, que su familia, la gente que se escondió en el medio del desierto y allí desarrollo su vida y la del resto de su humanidad, no tienen electricidad, ni agua corriente.


¿Cómo es que vos estas acá? Perdona que indague en tu historia, pero quiero saber cómo es que tu español es perfecto y estas acá tomando una birra helada a media noche, riéndote de mis caras y entendiendo lo que siento, aunque no pueda expresarlo ni me anime a sentir más.

El chico del Sahara Occidental le dio el ultimo sorbo a su birra gastada y me contó la verdad de la infancia en estos campos, su hogar: entre los 9 y 10 años, los niños tienen la posibilidad de ir a España por un verano, si una familia los acoge, para que puedan conocer otra forma de vida y recorrer las callecitas empedradas del centro turístico que quieran visitar.

Este chico tuvo esa oportunidad, pero además, la familia que lo tuvo durante un verano europeo, le ofreció adoptarlo para que tuviera la oportunidad de quedarse en España y progresar.

El chico del Sahara Occidental aceptó deshacerse de su armadura contra el calor abrazador del desierto que lo estaba esperando para masticarlo y devorarlo entre las fauces de una vida ardiente. Aceptó dejar atrás con el cuerpo a su familia y amigos, a la única vida que conocía, para darse la oportunidad de crear la vida que quiera.

Ese 13 de diciembre, cuando entre birras me contaba su historia, el chico del Sahara Occidental tenia 23 años y hacia casi 13 años que no veía a su familia, porque todavía vivían en el campo de refugiados, el hogar que armaron para escapar de la muerte.

Cuando terminó su birra, le regalé otra para que abra el mapa y me muestre dónde estaban su mamá y su papá. Mientras me miraba con los ojos de almendra deseosos de hablar más, el timbre del portero eléctrico sonó y tuve que volver a trabajar. Se me caía la cara de vergüenza de tener que abandonarlo en ese momento de la historia, pero no me quedaba otra que cumplir con mi obligación de seguir escuchando historias mientras acompañaba a cada nuevo huésped a su habitación.


Dos años después:

Dos años después, mi búsqueda de realidades toma sentido. Por esto empecé a viajar: para conocer el mundo en sus bellezas magníficas, estridentes y perfectamente naturales; pero también para bajar la cabeza y abrazar las historias de cada persona que tiene ganas de hablar y hacer que su mundo sea parte importante de la historia de alguien más.

Como me dijo el chico del Sahara Occidental, el chico que viene de un sitio lejano, olvidado y nunca mencionado: “no te sientas mal por no saber de donde vengo, para eso viajas, para auto educarte y decirle al resto del mundo que hay mucho más que su pequeño lugar”.

Oye, chico del Sahara Occidental, yo te quiero decir que además de eso, ahora entiendo que viajo para curarme de la ignorancia de creerme importante. Una vez más, que chiquita e imponente me siento frente a las miles de historias que no puedo retratar y hacer notar.

Y termino este mensaje diciendo: cuando vayas a un nuevo lugar, no te fijes solo en los bellos monumentos. Trata de conectar con quienes tienen ese brillo en la mirada que te invita a descubrir y entender un poquito más.

A vos, chico del Sahara Occidental, gracias por salvarme una vez más.

Shock en Viajes: 10 - La historia del Transiberiano

13:39

La ruta del Transiberiano



Si hoy me ves, quiero que mires. Vengo de cruzar Rusia en tren, de recorrer China y bucear en Tailandia. Vengo de trabajar en España, de vivir en Francia y Dinamarca. Vengo de hacer snorkel en Islandia, de volar por la montaña. Vengo de recorrer el mundo a pata, pero también de perder raíces y de a ratos me cuesta encontrarlas.

Así comenzaba a depurar un poco lo que estaba sintiendo este verano, cuando la angustia existencial se hizo carne en mi cuerpo presente - y ausente - y comenzó a derribar las barreras que muy inteligentemente supe armar. Barreras que, durante estos años de vida en viaje, supieron flexibilizarse y pasar desapercibidas mientras la cabeza no me dolía porque estaba mucho más entretenida nadando en Niza que pensando en la vida más allá. Barreras que, supieron flexibilizarse en el mientras tanto de mi vida y el espacio temporal que me separaba del encuentro inminente con lo que no se va. 

En otro borrador de las notas sueltas que guardo con recelo en mi celular escribí: Siento el cuerpo fragmentado. Desde que me fui, no volví. Y cuando vuelvo no me encuentro. O peor aún, encuentro a ese ser que no quiero ver, a ese que le duele el cuerpo. Que tiene angustias vacías en infinitas, que tiene miedos atascados y no puede más.


Ahora se preguntarán ustedes, mis queridos lectores, qué tiene que ver esto con mi viaje a través del tiempo en la línea ferroviaria del Transiberiano. Pues déjenme decirles que no tiene nada y tiene todo que ver; porque ese viaje ha sido soñado y planificado por quien escribió esas líneas a comienzos de enero, luego de haberse bajado del tren de sus sueños, y haber tenido que enfrentarse a todo aquello que creía superado. Tiene todo que ver, porque una vez que nos bajamos del tren de los sueños cumplidos, no queda nada más que enfrentarnos con la realidad. La nuestra, esa que nadie más tiene a la vista; simplemente porque nunca la pusiste a la venta en el feed de Instagram. 


La historia del Transiberiano:

En 1891, durante la época zarista, comenzó la construcción de una ruta ferroviaria para unir la Rusia europea con la Oriental y controlar así, la costa del Pacífico. La obra inició desde ambos extremos que ahora son cabecera: Moscú - Vladivostok; con el trabajo de soldados y presos rusos. Si bien la ruta se inauguró en 1904, recién en el 2002 se dieron por terminadas las obras de electrificación de las vías. 

Al día de hoy, esta gran línea ferroviaria cuenta con 2 ramales: la ruta del Transmongoliano, que une Moscú y Pekín pasando por Mongolia y la ruta del Transmanchuriano que une Moscú y Pekín, sin ingresar a Mongolia. 


Estación de tren Krasnoyarsk, Rusia 2019.



Un día, mientras estaba navegando por internet en mi casa en Buenos Aires (antes de irnos del país) me encontré con un video que mostraba este recorrido, y desde ese momento me obsesioné y puse como objetivo subirme al tren en Rusia y atravesar el mundo. 

Deben haber pasado como 4 años hasta que el sueño se cumplió. Al principio, todo parecía muy ajeno, lejano, prácticamente imposible de llevar a cabo. No llegábamos el dinero, o no creíamos que podíamos hacerlo. A veces nos daba miedo el clima, el idioma o el mismo hecho de subirnos a un tren con una historia tan gigante nos daba miedo. Pero aquí está la magia de viajar: de repente, todo eso que un día parecía tan extraño, comienza a ser familiar. De repente, el miedo comienza a desvanecerse, el idioma deja de ser un impedimento y al clima siempre, siempre te acostumbras. El dinero deja de ser ese valor de cambio que todo lo puede y todo lo frena, que se mete en tu vida y te atormenta, pasa a ser un medio para un fin, y ese fin no es otro más que vivir, sonreír y disfrutar. De repente, todo eso que parecía que solo le puede pasar a otros: los “suertudos”, los “iluminados”, los “herederos de un destino más feliz e irreal”; de repente te puede pasar a vos, que no sos nada más y nada menos que el motor y la acción que hace falta para que todo pase, o siga igual….

Y ahí me encontré de nuevo en ese momento de pequeña infelicidad, con el deseo de patear el tablero y volar. Rusia dejó de parecer un lugar hostil, lejano, para convertirse en el destino al que debía imperiosamente acudir. Mongolia y su desierto me llamaban entre sueños, quería ver la naturaleza en su máxima expresión, quería enfrentarme a la polución, al miedo de no saber que comer, a cambiar cada dos días de huso horario. 

Quería ir a China con todas mis fuerzas, a caminar en esas plazas que de repente vi pérdidas en google maps; aunque realmente el viaje lo armé y planifique casi a ciegas, porque la información que encontraba me sabía a poco. Pero nada me importó, nada me detuvo ni me abrumó. Entre blogs y amigos que fui haciendo gracias a las redes, pude diagramar el destino que tanto había soñado: el viaje estaba listo para ser viajado, y el sueño estaba por explotar. 


Cruzar el mundo en tren: 

Siempre me gustó andar en tren. Durante años recorrí miles y miles de kilómetros para ir a la facultad o a trabajar. Me subía al tren en Lemos y me bajaba en Chacarita, casi una hora después de haberme acurrucado en el pasillo para dormir un rato más. 

Desde aquellos viajes que ahora parecen tan lejanos, los trenes se hicieron parte de mi. Porque no subirme entonces a este tren histórico para recorrer, como quien no quiere la cosa, el país más grande del mundo casi en su totalidad? 

Ruta del Transiberiano, 2019.


Mientras el viaje me presentaba un mundo desconocido a través de catedrales, mezquitas, dumplings y ciudades imponentes, me di cuenta que lo que estaba por vivir, nada tenía que ver con el turismo convencional. Si me piden una guía para recorrer estas ciudades, solo les voy a decir que caminen y sientan la historia. Decirles que hacer o dejar de hacer en Rusia sería un pecado mortal. Yo lo vibré como un viaje 100% simbólico: me subí al tren a medianoche en Moscú, después de haber pasado varios días caminando por sus majestuosas calles y decidí que lo único que quería hacer era perderme en otras calles desconocidas y dejar atrás todos los prejuicios y miedos que podía tener. 

Rusia no es como cualquier otro país, todo lo que tiene para ofrecer es simplemente magnífico, pero hay que estar dispuestos a soltar viejos esquemas y dejarnos llevar por la confianza y las ganas de conocer, ya que los rusos van a querer estar presentes en tu estadía por su país, ayudarte y acompañarte en todo lo que puedan y los dejes. 


Nuestra ruta: 

El primer tren que tomamos fue Moscú - San Petersburgo, un tramo que duró unas 8 hs y que hicimos de noche, para poder dormir ahí. Elegimos para esta primera experiencia viajar en un compartimiento solos, para poder descubrir de a poco esta nueva forma de andar. Cada uno tiene su tiempo de adaptación cuando está de viaje, y nosotros descubrimos que a veces es mejor ir de a poco para darnos el tiempo de disfrutar y compartir, para poder sacar provecho de lo que estamos viviendo. 

San Petersburgo, 2019.


Desde San Petersburgo tomamos el tren que nos llevó a Kazan, una de las ciudades más antiguas de Rusia. El paisaje que nos encontramos aquí fue otro: nos alejamos de las grandes ciudades y los atractivos turísticos a mansalva y entendimos la inmensidad que viste a Rusia, ya que al bajar del tren brotaron las diferencias culturales con la gran capital. En este tramo del viaje compartimos el camarote con dos generaciones de rusos: un pibe más joven que nosotros, nacido en el capitalismo, que hablaba perfectamente inglés y compartió muy poco; pero que lo más importante que hizo con nosotros fue decirnos dónde podíamos conseguir yerba al llegar a Kazan. La joyita del viaje fue una señora que había vivido la mitad de su vida en el comunismo y ahora estaba comenzando a conocer su país y estudiar inglés. Ella nos enseñó y nos señaló las diferencias entre ambos regímenes, nos dio su punto de vista y nos dio la bienvenida más cálida que alguien puede esperar. Su inglés era muy lento, lo estaba aprendiendo, pero sus ganas de conectar con el otro traspasaba cualquier diferencia cultural. 

Kremlin de Kazán.


Desde Kazan partimos hacia Ekaterimburgo, un viaje que duró 14 hs. Viajamos en la tercera clase, lo que nos permitió conocer otra cara del pueblo ruso. Los vagones son abiertos, y se comparte todo: el baño, el vodka, cigarrillos y cuentos. No pudimos hablar una palabra de inglés, pero nuestro vecino de cucheta se encargó de hacerse entender a través de videos, y de taparnos con mantas cuando comenzó a refrescar y a caer la noche. ¿Se acuerdan de esta historia? Le dedique un #ShockenViajes entero a este ruso y su abrazo (pueden leer el relato haciendo click acá)


Llegamos a Ekaterimburgo, la capital de los Urales, a las 8 de la mañana. Aquí se unen Europa y Asia. Además, en esta ciudad estuvo secuestrado y asesinado el Zar Nicolás II y toda su familia. La casa donde estaban, es ahora la Iglesia sobre la sangre derramada, que cuenta con monumentos y recordatorios destinados a preservar la memoria de la familia real. 


Los colores y sabores del viaje fueron cambiando mientras dejábamos atrás la Rusia occidental para ingresar a Siberia. Paramos en Novosibirsk, Tomsk y Krasnoyarsk hasta llegar a Irkutsk, donde se encuentra el Lago Baikal, la reserva de agua dulce más grande del mundo. El paisaje en estas ciudades es diferente, así como lo es su gente, sus costumbres. Desde el tren pudimos ir apreciar la llegada del otoño y transitar uno de los paisajes más soñados.


Krasnoyarsk. 



En el tramo de la ruta que une Krasnoyarsk con Irkutsk nos encontramos con un mundo aparte. De cada vagón salían cabecitas de turistas curiosos, expectantes; que llevaban más de un día de viaje, y el cuerpo pedía bajar a estirar y tomar aire. Para nosotros fue un respiro y una alegría volver a charlar con alguien, hacía más de 10 días que no lográbamos mantener una conversación en inglés constante. Este tramo del viaje fue una fiesta: hablamos de política, de cultura, de religión y planes de vida con nuestro compañeros de camarote. Fuimos a emborracharnos con otra gente al bar del tren y terminamos en una lluvia de vodka a medianoche antes de desmayarnos y dejarnos vencer.


Desde Irkutsk partimos hacia Ulan-Ude, ciudad que es frontera con Mongolia. Aquí la geografía y la población cambia nuevamente con el trayecto que realiza el tren y el clima más árido y frío se hace notar. Hicimos noche en esta ciudad para tomar desde aquí el último tren y cruzar a Ulan-Bator (capital de Mongolia). Una vez más, el cambio de colores en el paisaje logró ser protagonista de este viaje, dándole un tinte especial a la travesía de cruzar Rusia en tren. 


Templo de todas las religiones, Kazán.


El paso entre fronteras es maravilloso. En los más de 6.500 km que recorrimos en tren, esta transición del atardecer entre el bosque siberiano y el amanecer frío y despoblado en el desierto mongol, es lo más impactante que vi. El paisaje es totalmente diferente, escasea el agua y la vegetación frondosa, y te acompaña con el suave andar del tren los campamentos de nómadas que comienzan a trasladarse por la llegada del invierno. Es algo que hay que vivir: amanecer en Europa, cruzar durante el atardecer Siberia y entender que desde la ventana del tren, mientras el paisaje iba cambiando, dejamos atrás Europa para ingresar al continente asiático casi sin poder perderme al contar los árboles que ya no se ven.


El sueño cumplido: 


Lago Baikal


Al bajarme del último tren entendí que todo había terminado una vez más. De repente, aquello que durante tantos años sonaste y planeaste, ya no está. Solo queda el recuerdo de lo vivido, y agradezco tener la obsesión de filmar y sacar fotos a todo lo que veo y siento, porque gracias a eso puedo revivir cada día al despertarme, el sueño cumplido de haber atravesado el mundo en tren. 


A un año de haberme bajado del último tren, no puedo evitar mirar hacia atrás y sonreír por lo que hice: me subí a un tren y cruce las fronteras más lejanas, buscando encontrarme en cada rusa que veía al pasar. 

Subí a un tren y cruce las fronteras más lejanas, buscando encontrarme por la noche, cuando los vecinos de paso roncan así, sin más. 

Subí a un tren con el deseo de que el mundo se apodere de mí y me deje vivirlo. Y hoy, solo puedo decir que logre hacerlo y que no hay satisfacción más grande que sentir que puedo hacerlo de nuevo. 



Hoy compartí en mi Instagram un video que hizo mi amiga Jose con los mejores momentos de este viaje en tren. Pueden verlo haciendo click acá. 

Shock en Viajes: #9 - No hay comida china en China

13:53

Chengdu, China 2019.

Bienvenidos:

La comida, esa protagonista de todas las reuniones, eventos y festividades, fue durante muchísimos años, mi archi enemiga. ¿Por que? lo se, pero todavía no estoy lista para atravesar desnuda la tormenta que va a ocasionar a mi cuerpo y mi alma hablar y exponerme frente a esto. Así y todo, no puedo seguir evitando las señales que mi cuerpo entumecido me empieza a mandar desde lo más profundo de su eternidad. No puedo evitar empezar a diagramar el mapa de este viaje que algún día les terminaré de contar. Solo puedo decirles que la comida, con todo su potencial y cualidades espectaculares, será parte importantísima de una próxima vida en viaje. 

Por ahora, vamos a transitar despacito este recorrido: agárrenme tímidamente de mi dedo meñique, y acompáñenme en silencio mientras les cuento este cuento. Mi cuento. Por ahora, tengan la delicadeza y la paciencia de escuchar, de leer y abrazar. Nada más. 

Porque yo lo se, y se los prometo, ya habrá tiempo para atravesar este océano enardecido de recuerdos enterrados que están asomando y haciendo baches en mi campo florecido.

Dos años después:


Hace dos años y medio, cuando me fui de Argentina para vivir en Dinamarca, dejé de comer carne. Ese primer encuentro con lo que quería - o no - ingerir y darle a mi cuerpo, fue sencillamente maravilloso. Empecé a sentirme feliz, sin culpa, y mucho más tranquila cuando comía (o cuando iba a hacer las compras para después cocinar y comer). Quienes me conocen personalmente saben que históricamente mi relación con la carne era tormentosa. Si bien era la base de mi alimentación (como lo es para la mayoría de los argentinos) siempre terminaba con mucho conflicto a la hora de comer: si no era porque me daba asco ir a comprarla (nunca pude entrar a una carnicería), no podía cocinarla (de eso se encargaba siempre alguien más) y, cuando finalmente el plato estaba frente mío, comenzaba el baile y el ida y vuelta con la cocción. Al fin y al cabo, yo no quería comer carne, pero no conocía otra forma de alimentarme; y la información que tenía a disposición era muy prohibitiva y limitante. 

No se como les fue a ustedes, pero mi socialización fue en base a lo que te engordaba o te ayudaba a adelgazar. Nunca nadie me enseñó que es importante entender qué es lo que le metemos al cuerpo, que te alimenta y que no. ¿Qué te gusta? ¿Qué elegis masticar y utilizar para tener energía durante tu día? Esa lógica antes no existía, simplemente había que estar atento a no darle a tu cuerpo algo que te haga engordar. Perdoname niña Marina, hoy te abrazo y te alimento para que puedas saltar y ser feliz en la Muralla China, no para que alguien de fuera te diga si estas mas gorda o mas flaca que tu hermana o tu mamá. 

A los 20 días de haber pisado Europa algo en mi cambió: de repente me empecé a sentir más libre, más despreocupada. No tenia miedos que me frenaran y me inmovilizaran, ni si quiera me dolía la espalda o la cabeza. No. Estaba simplemente viviendo, disfrutando de mi entorno y mi cuerpo, disfrutando de todo lo que estaba haciendo, producto de mi esfuerzo y dedicación para cumplir un gran sueño.

Así fue como, mientras un día nos parábamos a mirar las ovejas de un campo en Irlanda, decidí que no iba a comer más carne. Y así fue, ya dos años y medio después de ese momento, puedo decir que fue una de las cosas más lindas que pude haber hecho.

 



Irlanda 2018.



En Francia avancé un poquito más, y empecé a coquetear con la idea de hacerme vegana. ¿Vegana, yo? que vengo de una familia que trabaja el campo y sirve el asado rigurosamente como si no hubiera nada más que importara? Si, estaba dispuesta a poner en jaque de nuevo todo aquello que había aprendido y que ya no podía sostener; porque uno aprende cosas, pero también puede derribarlas. 

Asique empece a escuchar, a leer, a observar que decía la gente a mi alrededor. ¿Qué come esa chica que trabaja conmigo y sonríe tanto? ¿Qué hay en el super que no sabia que existía? ¿Qué hay en las redes sociales que me sirva para entender y comenzar a transitar mi vida con otra perspectiva? Y probé: me fui al super y compré algunas cosas como para ver que pasaba. Todo me gustó: la leche de avena para tomar el café, el postrecito de chocolate y el pan con mermelada y nada más. Me gustó, pero me faltaba información, me faltaba entender, y a pocos días de lanzarme en un viaje en tren a través de Rusia, Mongolia y China, no podía afrontar este cambio solita y sin información. 

Nos fuimos de viaje y guarde mi transición en la mochila que deje en Niza. Ganas no me faltaban, pero si la certeza de que podía crear y vivir mas allá de la comida tradicional.


El gran desafío: 


Todo fue un desafío en ese viaje: el idioma iba mutando de estación en estación, junto con las costumbres y los husos horarios. Los olores eran diferentes conforme avanzábamos, casi tanto como la religión o la ropa que veíamos pasar al lado. A veces el menú del restaurante era imposible de descifrar, y el mozo por más que se esforzaba no nos entendía. Y cuando decía “sin carne, por favor” su mundo se revolucionaba y caía en pedazos. 


Pero lo logré. Logré alimentarme más allá de las diferencias, logré no sentirme amenazada y hacer una huelga de hambre. En Mongolia descubrí el paraíso vegano que hay en su capital: claaaro, el Budismo como religión prioritaria, sumada a la gran explosión turística a causa del tren, hicieron que haya bares con opciones veganas a diestra y siniestra. Ahí me relaje. ¿Quién iba a pensarlo, no? sinceramente eso no lo había imaginado.



Desayuno en el desierto, Mongolia 2019.


El conflicto más interesante fue cuando llegamos a China. Realmente el mundo tal y como lo conocía dio un vuelco de 360 grados y me enfrenté al desafío más grande que he tenido en los últimos años. No solo el olor a todo es diferente, sino la forma de alimentarse, de moverse, de transitar el mismo sitio era diferente.



Guillin, China 2019. 

En la calle hay puestos de comida por todos lados. Arroz, pescados, bichos encerrados. Colores, olores, ruidos. La comida habla, los carteles hablan, la gente grita, el tofu resulta en un punto insoportable. Hay gente que fuma en lugares cerrados, y están los que se sientan en la vereda y mastican a boca abierta cosas que cuelgan de un palito que podría ser de helado. No hay agua para acompañar tu manjar, sino té. El olor, el olor a tofu negro no puedo borrarlo de le memoria sensitiva que tengo a flor de piel mientras estoy escribiendo.


China 2019.


Tampoco puedo evitar sentir de nuevo el ruidito de las pesuñas de pollo que sacó de una bolsa el señor que se sentó a mi lado en el tren. Todo es diferente, y yo tengo que sobrevivir un mes aquí, vaya uno a saber comiendo qué.



No hay comida china en China: 


Tengo que admitir que creía que iba a gozar como nunca y a nadar en mares de arroz frito con verduritas de estación cuando llegara a China. Pero no señores, no. La comida que aquí tenemos, no es la misma que consume el pueblo en su país de origen. Y yo, gringa ingenua, me deje engañar por mis ganas de replicar mis costumbres y formas de alimentarme en un lugar extraño. 


Ahora entiendo, que viajar es aprender a ser de nuevo. Es desprenderte de tus creencias, de tus formas de ver y vivir el mundo, y entregarte de lleno a transitarlo como lo ven otros. ¿Quién soy yo para querer imponer mi forma frente a ellos? 




Barrio Musulman, Xian, China 2019.


No quedo otra que empezar a ingeniárnosla entre la lluvia de sopas y caldos que olían y sabían diferente a nada que haya probado jamas. ¿Dónde estaba la fiesta de arroz frito y salsa de soja que tanto había esperado? Me costo muchísimo explicar que simplemente quería comer eso, que no quería ver en mi plato ningún tipo de animal flotando. 

Tengo que admitir que ahí era yo el bicho raro. La que pedía platos que no salían fácilmente, la que tenia que hacer señas y suplicar que me entendieran. Pero siempre hubo voluntad de mis anfitriones estrellas: si el primero no me entendía, atrás venían 2 o 3 mas a leer el papelito que el chico del hostel tan amablemente me había escrito para explicarles lo que yo comía.



China 2019.


De a ratos tenia que explicar también que no quería nada picante. Y ahí comenzábamos con otro baile de señas y palabras sin sentido, esforzándonos de todos lados para poder ser comprendidos. Pasábamos a veces 1 o 2 horas caminando, buscando un lugar en el cual yo me sintiera cómoda para poder comer en paz. Es que la cultura alimenticia es tan pero tan diferente, que había lugares a los cuales no podía ni siquiera entrar. 


¿Saben cuando mejoro todo? el día que Mariano descubrió que el lenguaje de los emoticones es universal. Nunca me voy a olvidar de la sonrisa gigante que hicieron las cuatro chicas que estuvieron 40 minutos tratando de atendernos. Mariano agarró el celular y muy astutamente llenó el espacio de mensajes de animales, mientras ellas miraban enardecidas, él empezó a gesticular como si no hubiera un mañana: blandía sus manos y su cabeza hacia los lados, en ese gesto tan particular que en todos lados entendemos y que significa ampliamente “No”. Entre risas, volvió a llenar de verduras el espacio de mensajes, y con un amplio movimiento de cabeza, les dijo que “Si”. Las chinas comenzaron a reirse a carcajadas, y salieron encantadas hacia la cocina, a dar las indicaciones para que la rubia extraña que estaba ahí sentada pudiera comer y ser feliz de una vez.



El día que conseguí mi arrocito en China. 

Gracias a esto pudimos comunicarnos un poquito mejor a diario. ¿Quién se iba a imaginar que a través de los emoticones nos íbamos a entender a pesar de no tener nada que ver? 

El shock de la comida en China fue muy grande; no solo porque no era lo que me esperaba, sino porque no era similar a nada de lo que había visto en otros lugares mientras estuvimos en viaje. No pude transitar hacia el veganismo en este tiempo, claro está, porque haberlo hecho hubiese implicado un cimbronazo de estrés innecesario a mi alma y mi cuerpo. Pero me quedo con la enseñanza más grande que me llevé de China y su inmensidad: no importa de donde vengas o a donde vayas, no importa lo que creas o lo que veas, no importa si te crees mejor o peor que yo, al fin y al cabo lo único que importa es tu voluntad de entender el mundo y comer despacito; disfrutando cada bocado y no dándote un atracón de esos que hacías a escondidas, para evitar que otros te vieran comer. 

El mundo te invita a saborearlo con placer, no hace falta nada más y nada menos que las ganas de hacerlo.



Xian, China 2019.




Shock en Viajes: #8 - La cocinera de Mongolia

13:28

Soko, Mongolia 2019.

A fines de septiembre del 2019, ingresamos al continente asiático por la puerta grande: después de haber recorrido algo mas de 8000km en tren, pude ver desde la ventana de mi camarote cómo el paisaje cambiaba una vez más para dejarme sin aliento mientas el sol comenzaba a ocultarse. 

Llegamos a Mongolia de noche. Tal y como había pasado en la frontera rusa, subieron las chicas con sus perfectos uniformes y labios decorados de un rojo furioso a pedir los pasaporte de todos nosotros, los extraños visitantes. Recuerdo ver a los hombres de botas altas inspeccionar los techos del tren mientras ellas, impolutas, perfectamente bellas, nos interrogaban. Fueron alrededor de 4 horas entre frontera y frontera: nos sellaron la salida de un país para marcar el ingreso al otro. Se bajaron, y con ese bamboleo tan autoritario y sensual, nos dieron la bienvenida a un nuevo mundo.

Cuando abrí los ojos por la mañana ya estábamos por llegar. Salí al pasillo y empece a filmar lo que veía pasar con rapidez: ya no había árboles amontonados, peleando por salir en primer plano en mi fotografía fugaz que luego iba a subir a Instagram, no. Ahora el sol aparecía en la llanura total que caracteriza a Mongolia. Vi por primera vez las yurtas, esas carpas gigantes que son parte trascendental del paisaje. Mi boca quedó entreabierta ante la belleza de la diferencia. Ahora sí, el juego estaba comenzando a entrometerse en mi cabeza danzante de ideas fugaces. Quería más, quería ver y sentir más. La belleza de la diferencia, la cultura abierta, el sentirme tan ajena a todo me hace vibrar y mantener una sonrisa gigante donde algunos elegirían llorar. 



Hola, Mongolia: 

Si hay algo caro en Ulan Bator (la capital de Mongolia) es la noche de hotel. Pasamos los dos primeros días en un hotel cerca del centro, mientras hacíamos los tramites para solicitar la visa de China, y luego encontramos una Guest-house en internet que reunía las condiciones para poder pasar el resto de la semana y aprovechar para ir al desierto. Ademas de ser un lindo lugar, nos permitía no tener que perder tiempo buscando información extra, ya que ellos nos daban el alojamiento, el desayuno, nos guardaban las mochilas y nos organizaron a excursión. Como si fuera poco, también nos llevaron al aeropuerto el día que abandonamos Mongolia para seguir viaje. 

El mundo de la Guest-house es alucinante y chocante, genera una mezcla de sensaciones extrañas para quien no está acostumbrado a la vida en comunidad, porque te obliga a compartir espacio y actividades de otra forma: por ejemplo, una noche me levante para ir al baño, y me di cuenta que la señora que nos esperaba con el desayuno listo a las 7am, estaba durmiendo esa misma noche en el sillón del living comedor. Durante el día ordenaba el espacio comunitario y hasta ofrecía el servicio de lavado. 
Dentro del mismo edificio contaban con dos departamentos, con sus respectivas habitaciones y baños para alojar a estos extraños occidentales que decidían pasar sus días explorando el mundo sin entender bien por qué. 

Nos sentamos con la Madama de la Guest-house a ver que podíamos hacer. Nos ofreció tres tipos de excursiones, con diferentes precios, cantidad de días y medio de transporte. Podíamos irnos al desierto más remoto en una 4x4 o andar una semana a caballo recorriendo lugares inexplorados. 
Por los días que nos quedaban, y porque la verdad no sabíamos si nos íbamos a aguantar los trapos, decidimos ir con otra pareja en una excursión de 4 días a vivir con los nómades. Si bien no íbamos a adentrarnos en Gobbi (que había sido la idea original) podíamos vivir la experiencia completa, y conocernos a nosotros en un ambiente 100% diferente al que veníamos acostumbrados. 

Hasta el infinito y más allá: 

A las 6 de la mañana del día siguiente de haber reservado, nos pasaron a buscar. Finalmente íbamos a viajar solos, porque la otra pareja había decidido adentrarse en el desierto a caballo. Nos subimos a la camioneta con el chofer y nuestra guía. El no hablaba ingles, ella hacia lo que podía. Tuvimos que arreglar el tema de la comida con anterioridad, ya que yo en ese entonces ya no comía carne y necesitaba estar segura de que iba a poder pilotear los días que estaban por llegar. Sin ningún problema, me dijeron que todo iba a funcionar bien. Nos subimos a la camioneta y arrancamos el recorrido con Soko - la guía -  y nuestro amigo el chofer. No recuerdo su nombre, me da mucha pena, pero no logro hacerlo. 




La primer parada fue Hustai National Park, donde hay un gran predio para que los visitantes puedan acampar y miles de especies de animales en libertad. Una de las más atractivas es el caballo de Przewalskii, Takhi es su nombre local, una especie de caballo salvaje que estuvo en peligro de extinción. Estuvimos gran parte del día aquí, caminando y buscando ver a través del entusiasmo de Soko, lo que la belleza de su país tenia para dar. 

Mientras la camioneta avanzaba, apoye la cabeza contra la ventana y me deje llevar; el movimiento suave del andar, el solcito de la tarde y la música perfectamente seleccionada - y propia del lugar - me hicieron entrar en una siesta perfecta y profunda, de esas que te sacuden las penas y te obligan a relajarte y dejarte llevar. Llegamos a destino un rato antes del atardecer, cuando el viento ya estaba soplando fuerte y el sol dejaba de calentar. Estaba fresco, y el paisaje era abrumante. 



En lo alto de la ladera estaba montado el campamento de verano de la familia que nos alojaría; en realidad, lo que quedaba de él, porque ya estaban empezando a trasladarse desierto adentro, entre el abrazo de las montañas que los protegerían de las fuertes nevadas del invierno que estaba por llegar. 

Nos recibió una familia con la que no pudimos comunicarnos más allá de sonrisas y algunos golpecitos de cabeza: la abuela, la nieta y los hijos que veíamos pasar al otro día bien temprano por la mañana. Todos habitaban este mágico lugar. 



Soko nos indico cual seria nuestra yurta, una carpa preparada con 4 camas, una mesa con sillas y una salamandra en el medio. Dejamos la mochila y fuimos a la casa familiar. Solo podíamos ser observadores de la escena: nuestro amigo el chofer se sentó a charlar con nuestros anfitriones. La nieta se sentó frente a su abuela mientras esta cosía en su máquina, y la ayudaba a sostener los retazos de tela que unía sin parar. Había en la carpa otra mujer, quizás una hija, que servía té y nos miraba. Mariano y yo nos sentamos a observar, mientras mi corazón estaba desesperado por hablar, pero no podía hacerlo. No había forma de entablar conversación y conocernos. Soko nos sugirió que entregáramos nuestro regalo (nos dijeron que lleváramos chocolates, y así lo hicimos) y nos fuéramos a relajar. En un rato estaría lista la cena servida en la mesa de nuestro nuevo y momentáneo hogar.

En ese momento empezamos a entender, cuando la vimos a Soko cocinando. Se fue a su carpa, sacó cajas de la camioneta y se puso a cocinar para los 4: nuestro amigo el chofer, ella, Mariano y yo. La familia seguía con su rutina, no compartiríamos este evento tan peculiar. 

En ese momento comprendí por qué no había problema con mi duda sobre comer o no carne: Soko tenia en la camioneta todo lo que nosotros íbamos a comer durante esos días, porque claro, estábamos en un tour privado, y ella además de hacer de guía y amiga, nos iba a cocinar 4 comidas a diario. Nuestro amigo el chofer, que manejaba hasta el cansancio, lavaba los platos cuando terminábamos, y se encargaba de el trabajo pesado. Le decíamos a Soko que queríamos ayudar, que nosotros podíamos hacer algo además de esperar a que ella cocinara, pero con una sonrisa inmensa siempre nos dijo que no, que para eso ella estaba.




Durante los días en el campamento de verano pudimos apreciar el funcionamiento de una familia nómade tradicional. Por la mañana temprano, la hija y la nieta iban a ordeñar las vacas, mientras las cabritas pastoreaban, y una vez que todos terminaban de desayunar, arrancaban a desarmar las carpas para trasladarse una vez más. Cada familia tiene su espacio asignado, y entre esos campamentos se mudan durante el año, de acuerdo a la estación, para acompañar su vida según los caprichos del clima. Además, reciben turistas a diario, y por ese intercambio cada Guest -house o agente les da dinero para subsistir. 

La cocinera de Mongolia: 

Soko cocinaba como los dioses, todo era elaborado por sus manos, rico y abundante, ademas de preparme un plato especial, le ponía amor y voluntad. 
Recuerdo el cruce de miradas desoladas que intercambiamos con Mariano cuando la vimos a Soko empezar a cocinar. Pobres nosotros, ingenuos, que no nos dimos cuenta que habíamos pagado para que nuestra guía sea ademas nuestra cocinera personal. Nos quedamos a su lado de manera constante, porque no encontrábamos la forma de agradecerle lo que hacia con su tiempo, su energía y sus manos. 

Soko integra a nuestras abuelas, nuestras madres, esa parte de nuestra infancia en la que creíamos que la maternidad estaba ligada de manera lineal y obligatoria a la cocina empedernida, a la entrega total y arriesgada. A las 7 de la mañana Soko empezaba a calentar el agua para que tengamos el tecito cuando nos levantáramos, y a las 8 de la noche nos despedía con otro tecito en la mano, mientras se retiraba de la carpa con los platos sucios para que nuestro amigo el chofer pudiera lavar. En ese acto tan servicial, nos adentramos de lleno a la cultura asiática. Y más allá de las diferencias entre las culturas, pude encontrar la similitud que me haría sentirme en casa una vez mas. 

La abuela y su nieta frente a la maquina de coser, una escena que he vivido más de mil veces, mientras mi abuela me hacia los trajes para que pudiera brillar en el escenario cada año. 

Soko cocinando de sol a sombra, otra escena que me es fervientemente familiar, que me dan ganas de salir corriendo y abrazar a mi abuela y mi mamá, ellas que todo lo dieron para alimentarnos, para cuidarnos. Soko nos unió con esa imagen de la infancia que parecía ser parte de una actividad dada de una vez y para siempre, y que con el tiempo y la vorágine de la vida no nos detenemos a pensar. 
Pero ahí estábamos, nosotros ingenuos, creyendo que teníamos que ocuparnos de nuestra comida mientras estemos en el desierto, viendo como Soko, con una sonrisa gigante, se hacia cargo de que sus invitados al mundo Mongol, se llevaran de este encuentro solamente amor y un gran sabor en el gigante paladar. 




Pasamos 4 días increíbles entre animales salvajes en peligro de extinción, nómades, camellos y la inmensidad del desierto. Hicimos caminatas con un suizo que andaba dando vueltas en libertad, y dormimos con unas chicas de Taiwan que no paraban de reirse de lo que pasaba. 

Hice pis en el medio de la nada, y en una letrina improvisada. No me bañé durante los días que duró la experiencia. Comí chocolate y nos miramos con amor con nuestros anfitriones eternos. Nos sentamos al solcito, con el abuelo, mientras la abuela barría la puerta de casa. 




Miramos a Soko cocinar y nos comimos todo lo que nos dio con tanto amor. 
Aprendi, gracias a este shock de amor cultural que conocer a Soko me dio, que la belleza de la diferencia está en entender que no hay nada más allá que equidad. 

Y en esa búsqueda constante me encuentro y recuerdo a diario la mirada de amor de Soko por lo que hacia. Y así logro conciliar el sueño después de este año eterno...