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Shock en Viajes: #7 - El sur no era lo que recordaba

13:19

Colonia Suiza, febrero 2020.


Nos fuimos al sur. Llegamos en enero a Buenos Aires sin grandes planes ni muchas ideas en la cabeza de lo que queríamos hacer con nuestra vida. Veníamos de cruzar el mundo en tren, de hacer más de 9000 km atravesando el país más grande del mundo en tren. Veníamos de dormir con los nómadas en el desierto de Mongolia. Mongolia, ¿a quien se le ocurre ir a parar allí?, a mi. 


Veníamos de estar un mes en China, solos, sin poder hablar con nadie en nuestro idioma, ni siquiera en inglés; veníamos de comunicarnos con emojis para que no le pongan carne a mi comida. Veníamos de hacer buceo en Tailandia, algo que nunca estuvo en los planes, pero pasó. Veníamos de allá, de festejar año nuevo con gente que en menos de un mes se convirtió en familia, dentro de un hostel que no sabíamos que existía. Veníamos de allá, de tener una vida libre de todo, vacía de juicios y desierta de prejuicios. Y de repente, aterrizamos en una calurosa Buenos Aires, los dos con la cabeza rapada, como para ver qué pasa. 

Y ahí empezaron las preguntas, esas que sin querer lastimar, lo hacen. ¿Qué vas a hacer? ¿por qué volvieron? ¿qué planes tienen? ¿a dónde van a ir después? ¿Después? ¿después de qué? Todavía estoy tratando de entender qué hago acá, cómo llegué, cómo salí de China y aterricé en Buenos Aires, todavía yo no entiendo qué paso ayer, no puedo responder. 

No puedo responder. Pasaron 6 meses y todavía no puedo. Porque no entiendo. Porque parece que mi vida está fraccionada, que pasaron cosas que no vi, que hay sabores que de a ratos ya no recuerdo. Y me esfuerzo, pero no logro hacerlo. 

En enero comprendí que había algo que logró darme paz, y fue el hecho de cumplir un sueño. Es como si algo adentro mío se hubiese acomodado, como si hubiese llegado mi abuela con su dedal puesto en el dedo gordo derecho, y acomodándose los lentes mientras hilvana el hilo en su dulce aguja de coser, hubiese unido todo aquello que estaba roto en pedazos. Adentro, muy dentro mío. Haber cruzado el mundo en tren, arregló ciertas partes que tenía desparramadas en mi ser. Me dio la tranquilidad que necesitaba, me hizo encontrar cierta paz entre tanto movimiento y traqueteo perdida allá lejos, en Siberia. 

Arde Buenos Aires:

Llegamos a Buenos Aires a comienzos de enero. Mientras nos reencontrábamos con la familia y amistades, empezamos a pensar en cumplir otro sueño: volver al Sur, a la Patagonia, a hacer ese viaje con el que todo esto comenzó. 

Empezamos a darle forma de proyecto a una idea: tener un hostel en el Sur, poder vivir entre lagos y montañas, alejados del ruido y el caos de la gran ciudad, pero cerca de nuestras familias y amistades de origen. Cerca de nuestras raíces. 

Lago Falkner, febrero 2020.


El Sur para mí siempre fue el destino final del viaje, incluso mucho antes de saber cuál iba a ser mi viaje y sin pensar en lo que esto iba a significar. Desde que estaba en la facultad, cuando ni siquiera conocía a Mariano, tenía el deseo y el plan armado: iba a recibirme y me iba a mudar a Bariloche. Total, con un título bajo el brazo y la juventud hecha pedazos, ¿qué podía salir mal? La historia ya la saben: antes de recibirme conocí a Mariano. La historia de amor creció rápido y a pasos agigantados, los años en la facultad fueron más de los que pensaba y en el algún momento mi alma creyó que era mejor lanzarme a las garras del mundo corporativo y olvidarme de mis ganas de vivir en patas tomando mate en el lago y escalar las montañas simplemente porque están ahí. 

En algún momento, la vida y los deberes me hicieron creer que aquello que tanto anhelaba no estaba bien. Pues aquí resulta que ese mandato se equivocó, porque entre tanto taco alto y cartera de rebaja para hacerme la importante, la angustia y la ansiedad se apoderaron de mí, y ya no hubo otra opción, no hubo vuelta atrás. Dejarlo todo para salir a vivir el mundo, era lo que tenía que pasar. Así, sin más. No podía seguir viviendo atascada en Panamericana, haciendo crecer la deuda en mi tarjeta para comprar las carteras que ayuden a apaciguar mi alma angustiada. Simplemente eso no podía ser todo lo que mi vida iba a tener. 

Dos años después volvimos, y nos enfrentamos al deber de nuevo: ¿y ahora que?. Ninguno de los dos sabía qué más hacer, pero al mismo tiempo teníamos la necesidad de irnos al Sur, allá abajo, para encontrarnos con lo que Argentina nos podía ofrecer. El plan estaba prácticamente armado: si todo sale bien, en marzo nos estamos estableciendo en Bariloche o San Martín, mientras nos preparamos para recibir a la primera horda de esquiadores cuando arranque la temporada. 

El plan era perfecto: alquilar una casita que pudiéramos acomodar y decorar, hacer las redes, la página web. Mudarnos con Bea y sentarnos a tomar mate mirando el lago y la montaña, ¿que podía fallar en este impecable plan? 

8 años después: 

Pehuajó, enero 2012


Nos subimos al auto, como hicimos hace 8 años, y salimos rumbo a San Martín, el 26 de febrero. Nos fuimos con el mate y la radio, antes de que salga el sol, para ganarle al tránsito del verano. El trayecto se hizo eterno. Todo aquello que en nuestros recuerdos era un viaje maravilloso en auto, esta vez fue largo y tedioso. Estábamos cansados, y no llegábamos más. Como frutilla del postre, no entendíamos los precios, así que todo nos parecía caro y descuidado. Hay cosas en la ruta que están igual que hace 10 años, ni las puertas del baño de la estación de paso han cambiado. 

Dos días después, llegábamos a San Martín, ¿cómo explicarles que no era lo que recordaba? ¿Tanto puede cambiar la percepción de uno y su lugar en el mundo? ¿Cómo puede ser que no sienta a mi corazón saltar de alegría por haber llegado a mi lugar de sueños? Entraba tierra por la ventilación del auto, mi alergia se agudizaba, pero no me animaba a decir en realidad lo que estaba pensando: no quería vivir allí. 

Colonia Suiza, febrero 2020.


Mariano tampoco decía nada, pero algo nos hacía entender lo que el otro sentía, quizás llega un punto en las relaciones que ya no hace falta hablar para saber lo que pasa, aun no lo se... 

Nos instalamos en nuestro Airbnb con pocas ganas, calladitos y sin mucho entusiasmo, fuimos al super y a caminar un poco por el pueblo, anhelando encontrar esa chispa mágica que estábamos buscando. 

Pasaron unos 15 días desde que llegamos hasta que decidimos irnos de ahí. Durante nuestra estadía nos dedicamos a tener algunas reuniones con inmobiliarias y gente que nos abrió su corazón para contarnos cómo era vivir en el Sur más allá de los sueños que uno podría tener. Tuvimos el lujo de tener incluso la oportunidad de ingresar a un hostel que nos querían vender. Fuimos a la municipalidad más de una vez, nos reunimos a la 1 y a las 3. Vimos casas que podríamos alquilar y mansiones que estaban tan lejos del presupuesto que ni ganas de llorar te dan. 

Hicimos números y nada cerró. Pero lo que nos hizo entrar en razón fue una charla con Daniel, con su simple y acertada recomendación: Daniel nos dijo que hagamos un listado de las cosas, las situaciones que estábamos por definir en esos días. Nos recomendó, ese dulce señor detrás de su olvidado escritorio, que tomemos nota y escribamos en grande lo que queríamos para la vida. Nos dijo con énfasis que remarquemos esos deseos, para que, cuando todo esto pase y la realidad nos despierte 10 años mas allá, no desparramemos culpas en nadie mas. 

Me dejó pensando Don Daniel. Que con toda su experiencia y paz se dio el tiempo de atendernos y extendernos su mano para calmar la ansiedad.

Después de esa reunión, el rumbo del plan tomó otro sentido: me fui al sur buscando un norte, como tantas otras veces lo hemos hecho. Buscando en la inmensidad del lago, ahí donde se cruzan las montañas, la respuesta y el punto final. Pero no había reparado en algo trascendental, no había reparado en el paso del tiempo. Ese monstruo inevitable al que nunca le tuve miedo, pero que me dejó bien en claro que existe, que arrasa y se lleva no solo la edad, sino la energía y los pensamientos. Don Daniel, con su consejo tan evidente, me puso en jaque el juego: el shock mas grande que me lleve en ese viaje, fue el darme cuenta que me fui buscando a la Marina que hace 15 años quería vivir en el sur, perderse entre los árboles del invierno y nadar hasta el fondo del lago en pleno verano.

San Martin de los Andes, febrero 2020.


Lo que entendí después, es que esa Marina ya no está, la transformó el tiempo, el viaje, el desapego. La Paz la encontré en el amor, no en la soledad de la inmensidad que estaba persiguiendo. Don Daniel, con su mate a medio tomar porque ya tenía que cerrar, me ayudó a entender que no puedo pretender ver con mis ojos, sentir con mi cuerpo y vibrar con el alma, lo mismo que ayer.

El sur no era lo que recordaba, y ese encuentro con mi lugar de ensueños me hizo entender que yo tampoco soy lo que recordaba cuando vivía acá. Ese proceso de reencontrarme y reconstruirme que empecé volando hacia el más allá, hoy lo tengo que hacer en el núcleo del dolor conocido; enfrentando fantasmas que vienen y van. Respirando hondo y sabiendo que esto también pasará.

San Martin de los Andes, febrero 2020.


Las cosas no salieron como pensábamos: el Sur ya no es para nosotros ese lugar mágico y lleno de paz al que podemos escapar para respirar y arrancar de nuevo. Nos faltaba movimiento,amistades,esa chispa que te invita a levantarte con ganas de caminar y salir a vivir el mundo. Económicamente tampoco nos resultó redituable, nuestro proyecto se vio truncado y no cerraba por ningún lado. 

¿Qué fue los mas difícil de aceptar? El hecho de que una vez mas, teníamos que barajar y dar nuevo. Lo mas difícil no fue procesar que el Sur ya no era nuestro lugar en el mundo, sino que ahora teníamos que enfrentarnos a la búsqueda del deseo que resulta que tiene que ser constante. Y acá estamos, todavía buscando donde vamos a pasar los próximos años, con una pandemia mundial en el medio del proceso, que nos obligo a centrarnos y buscar bien adentro.

Gracias Don Daniel, me había olvidado del paso del tiempo. Me queda esperar que el mundo sane y se calme, y sanar yo con él para poder seguir adelante.

Shock en Viajes: #6 Encontré a mi abuela

13:06


San Petersburgo, 2019.



Estudiando con papá: 

Durante los 9 años que estudie Cs. de la Comunicación, desaprobé solamente un final: Historia 1.

Me acuerdo que fui un febrero a rendir, convencida que después de 15 días de leer y subrayar en mi libro, iba a poder pilotear un 4. Me equivoqué. Estuve alrededor de una hora sentada junto a quien había sido mi profesor, y que lo dio todo para que yo logre hilvanar una frase coherente. No lo hice, estaba en blanco y no estaba preparada para hablar. Me fui con el que iba a ser el único dos que tuve en toda la carrera en mi libreta: me sentí triste, fracasada, rechazada por el mundo universitario que en ese entonces me resultaba tan hostil. Prepare ese final durante casi dos anos, pero nunca me animaba a darlo. Hasta que no me quedo otra opción que enfrentarme a Historia en el 2010, era eso o volver a cursar la materia otra vez. Durante casi dos meses, mi papá me ayudo a preparar el final de Historia 1, que tenia que rendir el 21 de julio, o dejarlo vencer. 


Para ese entonces, él ya no vivía en mi casa, asique yo estudiaba mucho sola de noche - y de madrugada, antes de que todos se levanten - meta mate y cigarrillo en la mesa redonda de la cocina. Este final fue el principio de una pequeña y nueva relación con mi papá, que conoce hasta los últimos detalles de la historia mundial: ¿de qué color tenían los zapatos los soldados rasos del Ejercito Rojo? él seguro lo sabe. 

Pasaba a buscarme en la Scenic que ya empezaba a desgastarse, y nos íbamos a Conesa a estudiar: él hacia el mate y yo escuchaba. Él relataba la historia del Zar Nicolás, y yo anotaba. Decidimos preparar dos temas, de los cuales, hasta ese entonces. nunca había escuchado hablar - mucho menos en la escuela. Prepare la Revolución Rusa como tema principal, y me lancé a estudiar el conflicto de Medio Oriente para tener un arma bajo el brazo por si la metralleta comunista no alcanzaba para aprobar.


Mi viejo me explicó todo: durante dos meses, tome nota y tome mate mientras mi papá me explicaba dos de los conflictos más importantes que tuvo el mundo contemporáneo. Yo todavía no lo sabia, pero uno de ellos fue parte de mi historia personal. 


Fui a rendir el día del amigo. Estaba asustada y cagada hasta las patas, lo único que tenia para defenderme era mi piedrita de la tranquilidad - regalo de mi abuela materna que al día de hoy aún me acompaña - y dos guerras a las que me tenia que enfrentar. 

A mi lado, como siempre, estaban Juli y Ceci, mis compañeras de forma incondicional. Ingresé al aula 101 y empecé a disparar.


- ¿Queres hablar de algún tema, Marina?- me preguntó la docente de la cuál no recuerdo ni el rostro ni el nombre.

- Sí- respondí - quiero empezar con la Revolución Rusa y la caída del Zar.


Debo haber estado media hora, quizás fueron 15 minutos, o más. Ya ese tiempo comienza a desvanecerse entre los recuerdos de tanto final. Salí con un 7 hermoso y brillante en mi libreta universitaria, y la felicidad de quien logra superar su propia historia. Lo que todavía no sabia, 10 años atrás, es todo lo que ese final tenia para contarme sobre mi vida y la de mi ascendencia maternal. 


Entre el sil
encio y la verdad: 

La historia se repite: mi papá me explicó la Revolución Rusa y la Segunda Guerra Mundial con lujo de detalles. Mi abuelo, sentado al lado de la protagonista de la historia, me contó todo lo que recordaba sobre la fuga de mis bisabuelos antes de que estalle la Revolución en Rusia y deje a Leningrado asediado muchos anos después. 


En el 2013 me volví a conectar con esta parte de la historia. En ese entonces, estaba cursando Historia de los Medios, y se me ocurrió hacer un trabajo de fotografía e inmigración. Sabia que mis bisabuelos maternos eran inmigrantes, sabia que venían de Rusia, sabia que algo había ahí que me podía interesar. Asique llame a mis abuelos y les dije que los iba a ir a visitar, porque había algo de nuestra historia que necesitaba empezar a investigar. Me tomé el bondi hasta Martinez, y entre pan con manteca tostadito y muchos mates, me senté durante toda la tarde a escuchar - sobre todo a mi abuelo - el relato de la historia de inmigración familiar.


Mi abuela tiene todo guardado en una cajita, con tanto amor y prolijidad que te da miedo tocarlo. Sacó algunas pocas fotos en blanco y negro de su familia y lo que fue la comunidad de Rusos-Alemanes en Pigüé, al Sur de Buenos Aires. Me contó un poco de su infancia, lo que podía y recordaba: me contó de sus 12 hermanos, de cómo ella iba a comprar el pan a la mañana, y lo poco que su mamá hablaba. Es más, me confesó: la vieja nunca hablo español, y empezó a decirme palabrotas en ruso o alemán que recordaba. Porque la vieja no hablaba español, pero si puteaba. 


Mi abuelo tomo la posta: me relato todo lo que su suegro le había contado. Claro que si, los hombres hablaban entre ellos:

Llegaron en barco a Brasil, antes de 1914. Se escapaban de los Bolcheviques, gente que mi abuela no sabe quienes son, pero que por traslación detesta y teme. En el barco iban mi bisabuela, mi bisabuelo y no se cuantos más. En Brasil, se subieron a una carreta y continuaron a viajar con destino a la Argentina. Llegaron a Pigüé, donde ya estaba instalada la comunidad de Rusos-Alemanes viajando en carreta desde Brasil a través del Norte Argentino. En ese viaje tuvieron varios hijos que fueron muriendo en el camino. Llegaron a la colonia, y la familia rehizo su vida con 13 hijos, 6 de los cuales eran pares de mellizos. 


Mi abuela es de las más chicas y de las que “tuvo suerte” porque a los 15 años una familia de Buenos Aires se la llevó a trabajar a su casa. Allí cuidó a Mirta, quien se convirtió en su amiga para toda la vida, y mientras tanto aprendió a cocinar, a cocer y bordar. 

En uno de los paseos que daba por el barrio conoció a mi abuelo, Tulio Armando, un tipo alto y buen mozo de mas de 25 años. Ella tenia 19; él corría carreras de autos; ella cocinaba con su pelo brillante y largo. Se casaron después de que él se presentase en el campo, para conocer a la familia de Quita, mi abuela y su papá les diera el visto bueno para avanzar.


Ella nunca más tuvo el pelo largo, la suegra se lo hizo cortar a los 19 años, por el simple hecho de ser una mujer casada. 



Mi abuela Quita, a sus 19 años.


En el 2013, mis abuelos se sentaron en la mesa de la cocina, y mientras abríamos la cajita de los recuerdos, me relataron esta vida, que hasta ese entonces yo no conocía. ¿Por qué será que de estas cosas no se hablan con normalidad? Es la historia de la vida, ¿qué es lo que tanto se tiene que olvidar u ocultar?


Hice mi trabajo de fotografía e inmigración y le regalé una copia a mi abuela, que guardó con mucho amor junto a los recuerdos de su familia y su vida en el campo de Pigüé. 


Año 2020, diez vidas después del gran final: 

Estos días estuve revolviendo mis cosas, todos los archivos de mi computadora, y no logré encontrar la copia de mi trabajo de fotografía e inmigración que me acerco a la historia de mi ascendencia materna. Mi abuela ya tiene más de 80 años; está muy débil emocionalmente como para que la haga buscar y recordar. Su alma está triste, porque aprendió a callar, y muchas cosas de la vida la ahogan y la dejaron encerrada en un mar de angustia que no puede dejar pasar. Por eso, estoy apelando a mi memoria, y a lo que logre sacarle a mi mamá sobre esta parte de la vida que es también mi historia. 


Me quedan muchos cabos por atar, pero las ganas de cuidar a mi abuela no me dejan avanzar en hacerla recordar. 


Rusia 2019 - regresé y cumplí un sueño: 

En el 2019 fui a Rusia. Sí. Tenia un sueño, un objetivo: recorrer el país más grande del mundo en tren. Estuve obsesionada durante años con hacer el Transiberiano, cruzar Rusia, pasar por Mongolia y llegar a China en tren. Poco ortodoxo, no? Pero ahí estaba mi sueño, el foco de mis viajes y anhelos durante los últimos años. 


Llegamos a Moscú, y de ahí fuimos a San Petersburgo. Esos días empece a recordar: mis bisabuelos habían vivido en un pueblo al norte de Leningrado, bien cerquita del Rio Volga. 

Empecé a preguntarle a mi mamá sobre ellos. Logré encontrar en el mapa al Volga y la historia de un pueblo llamado Rusos - Alemanes del Volga: año 2019, le envié un mensaje a mi mama y le pregunte:

¿che vieja, los papás de la abuela, eran rusos o alemanes? y ahí empecé a atar cabos sueltos.


Esa noche, mientras veía la serie que encontré en Netflix sobre la caída del Zar Nicolas II y un documental sobre la construcción del Transiberiano, leí en Wikipedia que los Rusos - Alemanes del Volga fueron un pueblo esclavizado que terminaron instalados a orillas del Volga a partir de 1763, bajo el mandato de  la zarina Catalina II "La Grande de Rusia".


San Petersburgo, 2019. 


Ahí empezaba mi historia: por eso mi bisabuela puteaba un poco en cada idioma. No se como, no se qué les paso, no se como era su vida en Rusia antes 1914, pero se que mis bisabuelos descienden de un pueblo que nació esclavizado. Se escaparon de los Bolcheviques - no se como - y se subieron a un barco que los dejó en Brasil. Allí, empezaron a tener hijos mientras hacían su viaje en carreta y lograron instalarse en Pigüé. Para morir muchos anos después, en un accidente de auto. 


Y entonces, encontré a mi abuela: 

Mi abuela es blanca como un copito de algodón, como lo soy yo. Es coqueta como nunca vi a nadie más. Cocina como los dioses, habla y se ríe mucho, pero de nada en especial. Es laburadora, emprendedora y todo poderosa. Es grandota, alta e imponente. Tiene en su cuerpo la fuerza de quien todo lo puede, aunque su alma este llorando y no pueda mostrarlo. Mi abuela lloró por primera vez frente a mi vieja a los 80 años, cuando por  un llamado de una mujer que se hizo pasar por mi, su nieta a quien no veía hace un año, le robaron los ahorros de toda la vida. Después de ese día mi abuela quedo en cama, y lloro unos cuantos días después, con la vergüenza de quien pierde su fortaleza. 


En el 2019 compartí camarote en el tren desde San Petersburgo a Kazan con una señora que a sus 50 años estaba por primera vez en su vida, viajando por su país. Había tomado clases de inglés y logró entonces comunicarse con nosotros. Yo quería saber todo, quería abrazarla, quería charlar horas con ella y contarle de todo. Pero más que nada quería observarla: su aspecto era como el de mi abuela, Grandota, bien blanca y muy rubia. Era fuerte y muy correcta.

Nos contó su visión sobre comunismo - capitalismo. ¿Lo pueden creer? Me subí a un tren en Rusia con una mujer que me hacia acordar a mi abuela y tuve la suerte de escuchar la visión del mundo de alguien que había vivido los dos sistemas más perversos que tiene la humanidad. Pero lo más impactante, fue escucharla pelear con la azafata que nos quería cobrar un cafe, sin habernos avisado que teníamos que pagar. Su fortaleza era implacable, luchaba con uñas y palabras graves por su verdad. Y ahí encontré a mi abuela. Y la encontré en cada rusa que vi caminar durante mis 30 días en ese lugar.  


Entré a iglesias ortodoxas por primera vez, y la religión me dio una paz que nunca antes había notado. Al caminar por Moscú, San Petersburgo o Kazan, veía a mi abuela pasar: mujeres con pañuelos en la cabeza, como ella me contó que usaban su mamá y sus hermanas cuando vivían en el campo. Mujeres con el pelo suelo y largo, resplandeciente como lo extrañaba ella. Mujeres arregladas, y no tanto. Veía sus cuerpos mientras caminaban, y la veía a mi abuela. Y entonces comprendí que también me veía a mi, ese cuerpo del que tanto me había quejado, era similar al de las rusas que veía caminar como si no hubiese un final más allá.


Y entonces vi a mi abuela cocinar, escuchar atenta, enojarse por las injusticias que promulgaba el gobierno de turno. Vi a mi abuela abranzándome cuando era chiquita y corría porque había llegado de visita otro jueves de verano. La vi a mi abuela en la pileta, sin saber nadar. O sentada en el auto, al lado de mi abuelo, sin saber manejar. 

Pero mi abuela sabe amar, sabe defenderse y sabe defender a su familia con uñas y dientes. Sabe putear en ruso y alemán. Sabe abrazar y hacer los mejores mimos en la espalda. 


En Rusia, en el 2019, pude abrazar esa parte de mi historia que tan lejana parecía estar. Pude entender, que si quería continuar con este camino que empece y rearmarme, tenia que atar los cabos sueltos de mi ascendencia inmigrante. 


Soy una inmigrante más: 

Soy inmigrante europea de ambos lados. Tengo historia de guerra, de muerte, de angustia y ansiedad. Me criaron entre secretos y silencios, entre el acopio de comida y las frases de mejor no preguntar. Pero también entre miradas de compasión y abrazos. Entre gritos y llantos de frustración. Hay secretos no contados que se hicieron angustias y comenzaron a bajar de generación en generación. Hay miedos que repetimos y no lo sabemos, hasta que investigamos.


Mi bisabuela no hablo nunca el español. Ese día me puse a pensar por qué yo no me animaba a hablar en inglés, y me anoté a tomar clases de conversación. 

Mi abuela y mi mamá tienen secretos y angustias que de a ratos las dejar en una melancolía constante. Y yo también. El día que me di cuenta de eso, empece a trabajar para cambiarlo. Elegí el camino de preguntar, llorar y hablar. 


Encontré a mi abuela. En cada rusita que vi caminar, rezar, cruzar la calle y cocinar durante mi mes en Rusia. Y cuando encontré a mi abuela, me di cuenta que me encontré a mi. Que la historia que nos atraviesa, hay que conocerla aunque duela, para poder sanar y empezar una vez más. 





Mi abuela y yo.

Shock en Viajes: #5 La venta del sillón rojo

14:56

Junio 2020, Buenos Aires, Argentina.


En octubre del 2019, sentada en el hall del hotel de Pekín, en el que habíamos vivido por 14 días, empecé a escribir mi libro. Ese, en el que quiero compartir y contar mi historia a quien tenga las ganas de darme un abrazo eterno y tenerme a su lado sin importar cuánto dure este rato. 

Hoy, con la entrega de este Shock en Viaje, les envío un pedacito de mi vida antes de ser un viaje. Les quiero regalar un pedacito de lo que habrá en este libro, y contarles la historia de una parte muy importante de esta vida en viaje. 


Romper, Desarmar , Dejar Ser:


Si hace unos años, cuando practicaba casi a diario encerrarme a llorar en el baño de la oficina, me hubiesen dicho que iba a lograr salir de viaje y cambiar - mejor dicho - transformar y reconstruir mi vida, no lo hubiese creído. Les hubiese contestado que eso a mi no me iba a pasar, simplemente porque hay gente que nace con estrella, y otros estrellados; y claro está que yo me creía la reina indiscutible del pueblo de los estrellados. 

En ese momento lo que más me pesaba (además de estar encerrada como un mini cactus de departamento de Recoleta, trabajando todos los días sin recibir nada que me hiciera sonreír a cambio) era la seguridad de que nunca iba a poder cambiar esa vida que llevaba. Esa certeza, esa creencia de que las cosas son dadas de una vez y para siempre, era lo que me estaba secando. 

Así me sentía día tras día: como un arbolito con las raíces firmes en una maceta sin color, sin flexibilidad ni brillo. Veía como mis hojas no crecían más de la cuenta, y como mi capacidad de jugar y ser creativa, poco a poco se iba acotando, se iba acomodando y acostumbrando a mi pequeño espacio cuadrado. 

Lo importante es que, dos años después de haber desplegado, de haber destruido y estar pegando de poquito los nuevos azulejos que quiero que tenga mi maceta, veo hacia atrás y me doy cuenta que nada fue en vano.No te voy a mentir, a decir que de repente vendí todo y me fui a darle la vuelta al mundo. No. Porque decir eso no sería mi verdad. Todo lo que hice, lo que hicimos, está construido y atravesado de mucho esmero, de muchas ganas y lágrimas, pero sobre todo, esta maceta en la estoy expandiendo mis raíces - ahora más fuertes y más vibrantes - está construida con mucho, mucho amor. 

Decidí relatar el proceso a través de tres ejes: Romper, Desarmar y Dejar ser. La venta del sillón rojo, es el desarme de la vida tal y como la conocía hasta el 2017, para empezar de a poquito a rearmarme. 


La venta del sillón rojo - Desarmar:



Bea y yo, Nordelta 2017.


Me senté en el sillón y llore con fuerza (no les voy a mentir, llorar con fuerza es lo que mejor me sale para dejarme morir y revivir). Mariano me miraba mientras jugaba con el control remoto de la Tv que todavía no habíamos vendido. Estaba sentado en la mesa, mirándome. En ese momento, como en tantos otros, solo quería desarmarme. 

Habíamos estado discutiendo por la venta de las cosas de la casa. Para irnos a vivir un año a Dinamarca, decidimos que lo mejor era vender todo lo que teníamos: ropa, muebles, autos, platos, cubiertos. Todo. Por esos meses (entre agosto y diciembre de 2017) yo estaba en modo maquinita expendedora de tickets: clasificaba nuestras cosas en un excel, sacaba fotos, editaba y publicaba en todas las redes sociales y grupos de whatsapp que encontraba. Lo hacía de forma casi automática, sin pensar que cada cosa que habitaba en nuestra casa, la habíamos comprado juntos, elegido con paciencia, con amor y respeto. Cada mueble que formaba parte de nuestra vida por ese entonces, fue parte de una fracción de nuestra historia. Y en ese momento, en mi afán y exaltación de cumplir el sueño de irme a vivir el mundo, me puse a vender nuestras cosas como si no tuviesen alma, como si nada importara. 

Así andaba por esos días, cuando Mariano me frena esa tarde mientras lloraba hecha una bolita en el sillón y me dice: “¡para gorda! ¿acaso esto no te importa? ¿Como podes estar publicando a $2.500 el sillón que compramos?” El precio es anecdótico, todo tuvo un valor irrisorio en esa venta compulsiva de cosas. Lo importante era vaciarme, quedarme libre para encontrar en el camino con que volver a ensamblarme. 

En ese momento, ahogada por los mocos y las lágrimas, entendí que no era el monto lo que importaba, claro que no, era lo que el sillón - que todavía tenemos - significaba: era Beatriz (nuestra perrita rescatada) creciendo en casa. Subiendo, durmiendo en él. Eran los días, las noches de sentarnos y abrazarnos. Eran las series que habíamos compartido, las miradas, las siestas del sábado por la tarde cuando el sol nos pegaba en la cara. El sillón, eran las charlas mientras planeábamos como continuar nuestra vida. Eramos los tres jugando. 

Ahí comprendí y explote en llanto. Lloraba de culpa, por no haber podido darme cuenta de todo lo que estábamos dejando. Lloraba por la emoción de estar a punto de cumplir un sueño, y lloraba también porque la ansiedad de no saber lo que iba a pasar también me estaba consumiendo. 

Cuando lees por ahí que alguien “dejó todo para…” no esta hablando solo de un trabajo, o un auto. No está hablando de la ropa que vendió o regaló. Está hablando de una forma de vivir la vida, de emociones, anécdotas, de momentos. Habla de creencias; de personas, de familia y deseos. Dejar todo implica ponerle un punto final a una historia, dar un cierre y volver a empezar. Implica sentarse una vez más en el sillón y llorar. 

Mariano se levantó de la silla y se sentó en el sillón conmigo, para abrazarme. Lo acompañó Beatriz, que movía su cola sin parar, como hace siempre, aunque no termine de entender a que estamos jugando. Nos sentamos los tres en el sillón una vez más, Bea ocupando prácticamente todo el espacio, y Mariano y yo, a su lado abrazados. 

No vendimos el sillón ese año. Decidimos que cuando volviéramos a tener una casita, él iba a dormir otra vez parte de esta familia. Queríamos, queremos, volver a empezar y vernos los tres ahí: sentados, abrazados, jugando con Bea una vez más. Hay cosas que se convierten en parte de la historia de una familia, que aparecen en las fotos, en las fiestas, en la memoria. Hay cosas que no podes dejar simplemente, porque te acompañan, te sostienen, te ayudan a continuar o a volver a empezar. 

Hasta este entonces, la historia del sillón termina con un final feliz, ya que decidimos dejarlo guardado junto con unas cuantas cosas que nos quedamos para una nueva futura casa (entre ellas, muchos libros y recuerdos de viajes que habíamos hecho hasta ese momento). 

Los últimos meses en Argentina transcurrieron de forma extraña para mi: mientras tenía que desarmar mi casa, tenía que fingir en el trabajo que nada pasaba. Continuar con mi día a día, y hacer crecer el emprendimiento digital que estaba comenzando a desarrollar. Y, como si todo esto no implicada ya suficiente caos, teníamos que mantener en armonía nuestra relación con Mariano. Entre tanta venta, tanto movimiento, no es fácil terminar el día en paz, sin inventar peleas destructivas, solo por el arte la costumbre de destruir lo que tanto tiempo llevo construir. 

Desarmar la casa que teníamos fue lo más difícil que hice hasta ahora, y eso que en estos 31 años llevo desarmadas más de 4 casas en mi historia. Creo que esta necesidad del nomadismo viene acompañada de una larga vida de mudanzas.

Cuando era chiquita, esto no me gustaba, pero la historia siempre cambia, y esto es algo que van a tener que leer después, cuando el libro de mi vida en viaje llegue a sus manos. 


Rearmar:

Hasta aquí, la historia tenia su final feliz. Lo que nunca pensé es lo que iba a pasar 9 meses después de escribir este relato:

Tengo que contarles que el sillón rojo ya no está. No fue mi decisión que ya no forme parte de la casa que por la pandemia mundial que estamos atravesando tuvimos que inventar en Buenos Aires de un día para el otro. No. Fue una decisión que Mariano tomó en el medio de un ataque de pánico, y que decidí acompañar unos cuantos días después de haberme enterado. Para serles sincera, otra opción no tenia. Lo único que podía hacer era procesarlo y bancar a Mariano. 

Si me dio tristeza? Claro que sí, contaba con tener el sillón rojo como parte invaluable de mi familia con Mariano. Contaba con poder llevarlo a donde sea que me iba a instalar, y terminar de escribir en él, con Bea a mi lado, el libro que empecé en el hall del hotel en Pekín. 

Pero una vez más, tengo que hacerme la idea de que no siempre las cosas salen como las planeamos. El día que me entere que el sillón ya no estaba, un pedacito de mi se murió. No fue trágico, no. Fue un poquito angustiante y desalentador. Pero después de dos años de vivir en viaje, decidí que prefería quedarme con el recuerdo de todo lo que ese sillón rojo había significado. Y escribir sobre lo que en mi vida marco. Porque al fin y al cabo, es lo que mejor hago...


Shock en Viajes: #4 El abrazo del Ruso

15:39
Estación de tren de Kazan. 



Llegamos a la estación de tren de Kazan a las 8 de la noche. Ya estaba oscuro desde hacía un rato, porque el otoño comienza a cerrar los días en Rusia como en todos lados, alrededor de las 6. Decidimos ir temprano a esperar el tren para que no nos agarre la noche divagando por las calles. 


Si bien me sentí segura en todo momento, hay un fantasmita que hace que prendamos el botoncito de alerta que nos aleja sin darnos cuenta de la realidad. Es un hecho: no importa en que parte del mundo estemos ni cuantos kilómetros hayamos acumulado a lo largo de estos años en viaje, siempre el fantasma del miedo aparece y nos enfrenta a la cultura que tenemos delante.


¿Está bien? ¿está mal? ¿somos demasiado prejuiciosos? No podría dar una respuesta certera a estos interrogantes que siempre termino por hacerme;lo que sí sé, es que todos los días desde que me di cuenta que no podía vivir con miedo a todo lo que me es ajeno o diferente; respiro hondo y trato de encontrar en eso desconocido algo familiar para poder disfrutar del mundo y su totalidad. No es un ejercicio fácil, requiere que ponga mucho empeño en darme cuenta que lo que tengo enfrente no me va a dañar; y no me culpo ni me victimizo por las veces que salí corriendo. ¿Cómo no tener miedo cuando crecemos creyendo que que todo te puede hacer daño, que no hay que saludar a extraños, ni vestir minifalda si vas a salir a caminar?. ¿Cómo no tener miedo si cuando entras en la adolescencia muchos extraños se asoman desde la ventana para gritarte  o te encierran contra una pared en la calle para no dejarte pasar. ¿Cómo no tener miedo, si el solo hecho de pensar en compartir el camarote del tren con 2 hombres presuntamente borrachos, hace que cualquier mujer tiemble hasta los huesos y quiera salir corriendo? 


Luchaba en silencio contra estos pensamientos intrusivos, que no me dejan discernir la fantasía de la realidad. Lo hacía en silencio, para no cargarle a Mariano mis miedos. Ya bastante tenía él con los propios, y se que son muy pocos los que logró compartir conmigo, estoy segura que dentro suyo luchaba en silencio con la misma entidad de pensamientos intrusivos que tenía yo. Solo que no podía saberlo, porque me esmere todo el tiempo en ser fuerte. No quería permitir que algo como el miedo arruinara mi viaje. Soñé con recorrer Rusia en tren durante muchísimo tiempo, y ahora que estaba ahí viviendo y haciendo realidad ese sueño, no quería sufrir por nada ajeno. 


Estación de subte en Moscú. 


El viaje de Kazan a Ekaterimburgo duró unas 16 horas. El tren llegó a la estación a las 20.20 y diez minutos más tarde estábamos saliendo. Siempre puntual, siempre impecable.


Presentamos nuestros boletos y pasaportes al guardia de la tercera clase, en el último vagón del tren; sin antes chequear quienes nos acompañaron. El miedo y el prejuicio siempre llegan antes que vos a cualquier parte. 


Subimos por la escalerita y empezamos a caminar hacia el final del vagón número 6. Nos tocaron las camas 42 y 43, una arriba y una abajo, al lado de la puerta que comunica con el baño compartido del vagón. 


Éramos los bichos raros. Una pareja de blanquitos desalineados que viajaban con poco equipaje y una bolsa de comida en la mano. Nuestros compañeros viajaban en grupos grandes: familias, amigos, todos con muchas bolsas y equipajes. Los trenes que recorren la línea del mítico Transiberiano, llevan consigo a pasajeros que se trasladan durante varios días para llegar a sus casas o su trabajo. Son trenes que comunican a Rusia de punta a punta, y a diferencia de lo que estamos acostumbrados en occidente, es la vía de comunicación más importante y concurrida de este gigante. 


Transiberiano


Guardamos las mochilas bajo mi cama y nos sentamos agarraditos de las manos. Mariano me miraba con dulzura mientras yo me hacía la fuerte. La verdad es que todo era tan ajeno que no podía evitar querer bajarme y comprar un pasaje en otro tren, para no tener que dormir rodeada de extraños en un vagón abierto al mas allá. Sentía el olor a cigarrillo y vodka correr por los pasillos. Había música de fondo y de vez en cuando risas y alguna niña que iba con su madre y su burka al baño una vez más. 


Uno de nuestros compañeros de catre se presentó simplemente realizando un movimiento de cabeza, como asintiendo. Guardar su mochila, se bajó los pantalones, y se puso un jogging. Subió a su cama y no supe más nada de él. 

El otro muchacho decidió que mejor tratábamos de comunicarnos. No hablaba inglés, y nosotros no hablamos Ruso, asique hicimos uso de las señas, dibujos con el dedo sobre la mesa que nos separaba y el lenguaje universal de los videos y las risas tan propias de quien no puede entender lo que está sucediendo. 


Me gustaría recordar el nombre de nuestro compañero, pero me es imposible hacerlo. Nuestra conversación pasó por diferentes estadios: nos presentamos, cada uno dijo su nombre y señalo su pecho, sin entendernos. Luego hablamos de nuestra nacionalidad, era obvio para este sujeto que éramos forasteros: “Argentina”, dijimos al unísono con Mariano, mientras nos miraba sin entendernos. No le importo, dibujó un mapa con su dedo en la mesa, mientras intentaba expresar de dónde venía y hacia dónde iba. Nadie comprendía nada, todo eran risas forzadas y un grado de incomodidad por no saber como expresarnos frente a este extraño que se esmeraba por hacernos sentir acompañados. 


La noche se tornó más rara cuando nos mostró en su celular cómo pescaban los chinos en un puerto cercano a quien sabe dónde. De los peces pasamos a un video militar, donde un grupo de soldados rusos desarmaba y armaba un tanque de guerra en un abrir y cerrar de ojos.  No supimos que responder a estas enseñanzas, nos mostraba su videos con tanto orgullo, como quien saca de la billetera las fotos de sus nietos para contarte porque late su corazón. 


Mariano tomo la cama de arriba, mientras yo me recostaba abajo. Puse en el celular un poco de música para relajarme y el tapa ojos para que la luz de la mañana no me despierte al alba. Me dije que todo iba a estar bien, nuestros compañeros parecían más que agradables, y los demás pasajeros estaban cada uno en su mundo, sin pasar a sonreír.


Estaba dormitando, cuando siento que algo me cayó encima. Me desperté de un sobresalto, pero no fui capaz de moverme ni defenderme, o levantarme para ver que es lo que estaba pasando. Cuando logré reaccionar, consumida por el miedo propio de que algo te despierte a mitad de la noche en un tren lleno de pasajeros extraños en Rusia, veo que Mariano colgaba de la cama de arriba y tiraba manotazos a nuestro Ruso de al lado. Me saco el tapa ojos y veo que sobre mis pies había una frazada, y cuando logro entender lo que pasaba le grito a Mariano: “tranquilo amor!, me estaba tapando!” 


Nuestro Ruso se sienta en su catre y nos mira sin entender nuestra relación: era de noche y hacía frío en el tren y claramente él considero una buena idea levantarse a buscar mantas para taparme primero a mi, y luego a Mariano. Yo me desperté cuando el Ruso puso la manta sobre mis pies y Mariano vio como a mitad de la noche un hombre se me acercaba borracho. Después de taparme a mi, agarró otra manta mientras ignoraba los manotazos que tiraba Mariano desde arriba de mi cama. Sin despeinarse o tambalearse, abrigó a Mariano y se sentó a observarnos. 


Pude ver en la oscuridad como sonreía y su rostro se iluminaba. Levantó los pulgares y se frotó los brazos, como diciendo: “hace frío amiga, los tape y ahora están bien”. 


Mariano me pregunto si esta todo en orden ahí abajo. Le dije que sí, que se quede tranquilo que el Ruso simplemente nos estaba cuidando. 


Se que Mariano tuvo miedo esa noche miedo. Y yo también. Pero ahí,  acostada en un tren en el medio de Rusia, entendí que los extraños pueden tener grandes actos de amor que a veces no estamos listos para entender.


A la mañana siguiente vimos al Ruso impecable, hasta parecía que se había dado un baño. Su ropa, sus uñas, su pelo y barba lucían mejor que nosotros. No quedaba rastros de las botellas de vodka que se había bebido en el pasillo del tren con los vecinos, y no se percató del miedo que nosotros tuvimos cuando nos encontramos con su cuerpo gigantesco apoyándonos durante la noche anterior. Le hicimos una sonrisa y bajamos en la estación de Ekaterimburgo, pero pasaron unos cuantos días hasta que pudimos analizar y comprender lo que nos había pasado. Todavía hoy, a casi un año de ese viaje en tren, me sigo preguntado si todo lo que viví y fui aprendiendo en el camino es verdad, porque les juro que de a ratos siento que fue otra vida. 



San Petersburgo.


Mucho dicen de este pueblo golpeado por la guerra, las luchas de poder y la historia hambrienta. Lo que nadie dice es que más allá de todo eso, existe en su realidad una gran bondad, un sentido común tan grande y noble que no vi en ningún otro lugar. Como puede ser que nos haya resultado extraño y ajeno que frente al frío alguien nos tape? Mirando hacia atrás, solo puedo sentir el calor de la manta y su sonrisa triunfal, porque sabía que su verdad era más fuerte que nuestro miedo, y que su accionar no nos iba a causar ningún mal. 


El abrazo del Ruso fue un shock tan grande que aun lo trato de procesar. Todos los días, desde aquella noche, tratamos de no ser ajenos a lo que nos pasa al lado: estrechar una mano, dar cobijo a quien te dice que tiene frío, comprar un chocolate caliente al chico que veo en la esquina cuando voy al super todos los días. Mariano logró accionar más rápido que yo, empujado por el miedo saltó a defenderme y del mismo modo, cuando entendió la importancia de mirar a los costados y no centrarse solo en uno mismo, accionó de nuevo. Yo sigo aprendiendo. Sigo despojándome de miedos a diario y aprendiendo que no todo el mundo quiere hacer daño. 


El abrazo del Ruso fue un mimo a mi alma asustada, fue la lección que necesitaba para seguir adelante y reforzar que el mundo no es lo que nos contaron que era, sino lo que tenemos enfrente de nuestros ojos dañados por el mecanismo de defensa que nos obliga a parecer ausentes. 



Mariano, yo, nuestro amigo holandés Zep y nuestros guías en el lago Baikal.


Shock en Viajes: #3 Las piedras de Niza

14:42

Niza, marzo 2019.



La experiencia de dejarlo todo para irme a vivir el mundo y aterrizar unos cuantos meses en Dinamarca, hizo que me re-enamore de la vida y me dio el empujón que me faltaba para deconstruirme y construirme una vez más. 

Mi sonrisa por aquel entonces era gigante, digna de quien cree que todo lo que hace le proporcionará solo felicidad. Pero tan ocupada estaba en mi sonrisa, que olvidé por completo mirar mas allá de lo que en verdad implica tener una gran sonrisa en la cara. Olvidé que a veces es necesario llorar para que ésta vuelva a tener su lugar. No todo lo que brilla es oro y no todo lo que sonríe de manera gigante es real. Creí, casi en un nivel de ingenuidad absoluta, que todo podía ser paz y felicidad, que podía andar por el mundo haciendo lo que quisiera, que el verano era eterno y nadie más que mi voluntad manejaba lo que podía pasar. 
Lo que no me esperaba era el shock de lágrimas atoradas que tenía por delante, una vez que decidiera volver a volar. 

La visa de Dinamarca se nos vencía en febrero de 2019. Nos fuimos un mes antes, un poco porque yo no conseguía un trabajo estable para pasar el invierno, y otro poco porque no podíamos seguir estirando algo que al fin y al cabo iba a terminar. Fue una decisión difícil: dejar nuestra vida danesa llena de amigos y muchas oportunidades, es algo que al día de hoy seguimos refutando. Siempre extraño Dinamarca y la Marina que se despertó y vibró mientras bicilceteaba sin rumbo con el Báltico a un costado y los miles de canales con patos atrás. 


Llegamos a Buenos Aires un 6 de enero de sorpresa para nuestros amigos y familia. Obviamente todo fue alegría, juntadas, un exceso de energía y gratuidad acumuladas. Abrazos, besos y nuevas despedidas, porque en menos de un mes desde que puse un pie en Argentina por primera vez después del gran viaje, estaba comprando pasajes para volar una vez más. Esta vez el destino era Francia. Sabía que no me esperaban mis amigos del otro lado, no tenía trabajo ni casa, no conocía el idioma o las dificultades que iba enfrentar. Pero nada importaba entonces, porque sentía - y tenía - la vitalidad y la energía de quien cree que puede llevarse el mundo por delante, así sin más. 


Aplicamos a la visa de Francia el 6 de febrero, el 20 tuvimos el ok del Consulado y el 26 a la noche nos subimos al avión con destino a nuestra nuevo hogar. ¿Qué paso en el medio? Un torbellino de emociones que al día de hoy estoy tratando de procesar.


Sorbo amargo de verdad:


Me acuerdo que una de esas tardes de verano - entre que aplique a la visa y me tome el palo - estaba en lo de mi viejo con Mariano y mis hermanos. Entre mate y aire acondicionado, Trini nos muestra sus fotos de un verano en Niza. Me quedé helada. Entre lo turquesa e imponente del mar y la belleza de su cara de felicidad, había nada más y nada menos que unas enormes piedras. 

Vista de Niza desde el Castillo


- ¿Esas son piedras? - Le pregunté. 
- ¡Si! - Me contestó con la sorpresa e ingenuidad que caracterizan a alguien que se acaba de dar cuenta que destrozó de un plumazo el sueño de un verano haciendo angelitos en la playa con vistas al mediterráneo. 
¿No sabías que la costa de Niza está llena de piedras?¡esa playa es inventada! - Continuó, rompiendo en pedacitos más chiquitos mis esperanzas...
- No. No lo sabía - le dije, mientras quemaba en mi garganta el sorbo de mate caliente y amargo que acababa de tragarme así, como si nada.

La verdad es que nadie sabia por lo que yo estaba pasando: me fui de Dinamarca con la tristeza de quien deja al amor de su vida y no sabe cuándo lo podrá abrazar otra vez. Llegue a Argentina con la felicidad de ver a mi familia, a mis amigos y a Bea de nuevo, y saque la visa de Francia con la idea de vivir en la playa; de andar en bicicleta por pueblitos de montaña y mojar mis cachas en el mediterráneo todo el dia. Pero no se me ocurrió, en ningún momento, investigar un poco más si eso que mi mente despierta y agitada por la alegría de estar cumpliendo el sueño de su vida de viajar sin parar, podía tener alguna cosita que frenara la felicidad. 

Mejor dicho, no se me ocurrió dejar de soñar para detenerme a pensar si aquello que mi alma agitada sentía y vibraba era real o había algo que estaba empujando despacito y de a poquito, desde el fondo con ansias de sacar las garras y ponerle nombre y apellido al fantasma que había querido olvidar entre viajes y nuevas amistades. 

¿Alguna vez pensaste que detrás de una gran sonrisa bien puesta puede haber un fantasma alborotando el avispero y desempolvando recuerdos de tempestad? Les confieso, amigos míos, que todos los días trabajo fuertemente abrazar ese fantasma que despertó aquella tarde de verano las piedras de Niza entre mate amargo y aire acondicionado.


Una piedra en mi espalda:

Niza

Antes de subirme al avión con destino directo a Niza, ya estaba llorando en el baño del aeropuerto, escondida de todo aquello que comenzaba a perseguirme sin darme la mano para caminar despacio. Mariano no entendía lo que comenzaba a pasar. Yo tampoco. Pero desde antes de salir de Ezeiza, las piedras de Niza comenzaron a ser un dolor constante en mi espalda. Estaba enojada antes de llegar, por haber elegido un lugar con piedras en vez de arena para vivir en la playa. 

Lo primero que hicimos al despertar en nuestro departamento del 4to piso en la Vieja Niza, fue ir a comprobar como era la playa. Ya conocen la historia: vi las piedras desde lejos, como riéndose de todo lo que comenzaba a hacerse realidad en la vida de esta viajera empedernida y obstinada. Yo solo quería olvidarme y vivir mi vida, las piedras venían a recordarme que todo lo que no se extirpa, crece y se hace mas fuerte. 

Tuve que comprarme unos zapatitos especiales para poder meterme al mar. Si. Durante mi vida en Niza no pude caminar libremente por la playa, ni nadar, sin ponerme mis zapatos de goma fucsia, que compré especialmente para que mis pies brillaran y no dolieran al pretender descansar tirada en el agua después de una larga jornada laboral. 



A mi me frustraba el hecho de no poder andar en patas por la playa. Mariano compraba una reposera porque las piedras le hacían doler la espalda, y otros amigos iban a la playa con mats o almohadas infladas. Las piedras de Niza se hacían presentes y protagonistas en todas las charlas pre mateadas. Quizás nadie lo decía abiertamente, pero a todos nos molestaba el hecho de sentarnos en la piedra caliente y fingir que nada pasaba. Y mientras tantos, nosotros dos pasábamos las tardes peleando. Y nadie lo sabía, porque nadie lo decía. 

¿Pero que es lo que en verdad me estaba pasando? El relato de las piedras hoy queda anecdótico después de haber atravesado descalza cada una de esas piedras que me quemaban y me hacían arder la piel. 


Piedra libre para el Shock:

Estábamos peleando. En Niza peleamos mucho, a veces sin sentido, a veces con sentido diluido, desvirtuado, entrelazado. Mientras discutíamos yo hervía el agua para el mate. Teníamos un solo día libre en la semana y solo quería ir a alguna playa a sentar el culo en las piedras de turno que me fueran a sostener. Recuerdo que Mariano salió a fumar y yo me quedé mirando la pava, como acostumbro cada vez que algún pensamiento invasivo se apodera de mi y se hace carne. Los recuerdos de los gritos de la infancia me amedrentaron, deje deslizar realidades que fueron parte de mi carne y no me pertenecían, deje deslizar lágrimas del pasado que necesitaban bailar sobre mi cara una vez más. Esta vez el recuerdo era diferente y me había llevado a esconder parte de nuestras cosas, vaya uno a saber por qué. Lloré tras un grito aislado, mientras me dejaba caer en el piso de la cocina y esperaba que asomara Mariano. 

No entendía nada. Le conté lo que estaba recordando y me disculpe por dejar que prácticas de cabotaje ancestrales se adueñaron de mi y me inhabilitaran a ser feliz. Nos abrazamos fuerte, mientras la pava chillaba porque el agua ya estaba. 

Nos quedamos en silencio, un poco enojados, un poco frustrados. Un poco sabiendo que esto recién empezaba. Pero el silencio tenía que adueñarse de una escena que no le era propia para dejarme respirar y disfrutar de las piedras que me estaban esperando cuatro cuadras más allá. 



Nos fuimos a la playa con la mochila a cuestas: una mochila de piedras ajenas que volvía a asomar, un fantasma que se había hecho presente para acariciarme los ojos color cielo y decirme que lo tenía que abrazar. Que si no lo hacía, se iba a encarnar en mi presente y no me dejaría avanzar. 

No me quedó otra opción que retomar terapia para lograr abrazar a mi fantasma y darle el paso a su disolución. Entre piedras calientes y un verano efervescente, sané una vez más. Le abrí la puerta a los fantasmas que había dejado rumiando en la profundidad de mi ser, mientras disfrutaba de mi vida en viaje y sonreía sin saber que en realidad me esperaba el shock de piedras en la cabeza para empezar a ser feliz otra vez.

Si no logré disfrutar a pleno de Niza fue porque estaba amigándome, luchando y durmiendo con mis fantasmas de la infancia, esos que todos tenemos pero a veces no nos damos el lujo de dejarlos volver a bailar de nuestra mano o salir a jugar. 

Y qué importante es dejarlos salir, hacer el quilombo que crean necesario, hacer ruido, gritar hasta el hartazgo, hasta quedarse sin voz ni voto en nuestro pequeño espacio corporal. ¿Que hubiese pasado ese día de peleas con mariano, hubiese hecho caso omiso a ese fantasmita que estaba listo para jugar? No lo se, porque las burbujas de la pava en ebullición me distrajeron de la fuerza que estaba haciendo para mantener una sonrisa gigante en mi cara, y se abrió camino el señor fantasma, cabalgando las lágrimas que lo llevarían a coronar a las reinas angustia y realidad.

Ya pasó un año desde que comencé este nuevo proceso de descubrimiento interno. Un año en el cual termine agradeciéndole a las piedras de Niza por haberme quemado los pies y darme un pequeño dolor de espalda. Porque más allá del shock de no poder correr en patas, me pude enfrentar a ese fantasma que tanto me acechaba. 

Ahora mi sonrisa es más real que dos años atrás, porque la estoy recomponiendo después de jugar y bailar con mis fantasmas. No creo que se hayan ido del todo, a veces los siento presentes, pero esta vez voy a estar más preparada para recibirlos, y no les voy a permitir shockearme con piedras calientes o arruinar mi vida en viaje. 

Mala Beach.

Hoy entiendo que las piedras de Niza vinieron a decirme que no tenía que correr otra vez. Necesitaba caminar despacio y con cuidado entre las piedras, para sentarme a ver el mar y enfrentarme al fantasma con aire de grandeza. Con amor y con respeto, lo voy a desarmar para que no vuelva a aparecer...