Shock en Viajes: #9 - No hay comida china en China

13:53

Chengdu, China 2019.

Bienvenidos:

La comida, esa protagonista de todas las reuniones, eventos y festividades, fue durante muchísimos años, mi archi enemiga. ¿Por que? lo se, pero todavía no estoy lista para atravesar desnuda la tormenta que va a ocasionar a mi cuerpo y mi alma hablar y exponerme frente a esto. Así y todo, no puedo seguir evitando las señales que mi cuerpo entumecido me empieza a mandar desde lo más profundo de su eternidad. No puedo evitar empezar a diagramar el mapa de este viaje que algún día les terminaré de contar. Solo puedo decirles que la comida, con todo su potencial y cualidades espectaculares, será parte importantísima de una próxima vida en viaje. 

Por ahora, vamos a transitar despacito este recorrido: agárrenme tímidamente de mi dedo meñique, y acompáñenme en silencio mientras les cuento este cuento. Mi cuento. Por ahora, tengan la delicadeza y la paciencia de escuchar, de leer y abrazar. Nada más. 

Porque yo lo se, y se los prometo, ya habrá tiempo para atravesar este océano enardecido de recuerdos enterrados que están asomando y haciendo baches en mi campo florecido.

Dos años después:


Hace dos años y medio, cuando me fui de Argentina para vivir en Dinamarca, dejé de comer carne. Ese primer encuentro con lo que quería - o no - ingerir y darle a mi cuerpo, fue sencillamente maravilloso. Empecé a sentirme feliz, sin culpa, y mucho más tranquila cuando comía (o cuando iba a hacer las compras para después cocinar y comer). Quienes me conocen personalmente saben que históricamente mi relación con la carne era tormentosa. Si bien era la base de mi alimentación (como lo es para la mayoría de los argentinos) siempre terminaba con mucho conflicto a la hora de comer: si no era porque me daba asco ir a comprarla (nunca pude entrar a una carnicería), no podía cocinarla (de eso se encargaba siempre alguien más) y, cuando finalmente el plato estaba frente mío, comenzaba el baile y el ida y vuelta con la cocción. Al fin y al cabo, yo no quería comer carne, pero no conocía otra forma de alimentarme; y la información que tenía a disposición era muy prohibitiva y limitante. 

No se como les fue a ustedes, pero mi socialización fue en base a lo que te engordaba o te ayudaba a adelgazar. Nunca nadie me enseñó que es importante entender qué es lo que le metemos al cuerpo, que te alimenta y que no. ¿Qué te gusta? ¿Qué elegis masticar y utilizar para tener energía durante tu día? Esa lógica antes no existía, simplemente había que estar atento a no darle a tu cuerpo algo que te haga engordar. Perdoname niña Marina, hoy te abrazo y te alimento para que puedas saltar y ser feliz en la Muralla China, no para que alguien de fuera te diga si estas mas gorda o mas flaca que tu hermana o tu mamá. 

A los 20 días de haber pisado Europa algo en mi cambió: de repente me empecé a sentir más libre, más despreocupada. No tenia miedos que me frenaran y me inmovilizaran, ni si quiera me dolía la espalda o la cabeza. No. Estaba simplemente viviendo, disfrutando de mi entorno y mi cuerpo, disfrutando de todo lo que estaba haciendo, producto de mi esfuerzo y dedicación para cumplir un gran sueño.

Así fue como, mientras un día nos parábamos a mirar las ovejas de un campo en Irlanda, decidí que no iba a comer más carne. Y así fue, ya dos años y medio después de ese momento, puedo decir que fue una de las cosas más lindas que pude haber hecho.

 



Irlanda 2018.



En Francia avancé un poquito más, y empecé a coquetear con la idea de hacerme vegana. ¿Vegana, yo? que vengo de una familia que trabaja el campo y sirve el asado rigurosamente como si no hubiera nada más que importara? Si, estaba dispuesta a poner en jaque de nuevo todo aquello que había aprendido y que ya no podía sostener; porque uno aprende cosas, pero también puede derribarlas. 

Asique empece a escuchar, a leer, a observar que decía la gente a mi alrededor. ¿Qué come esa chica que trabaja conmigo y sonríe tanto? ¿Qué hay en el super que no sabia que existía? ¿Qué hay en las redes sociales que me sirva para entender y comenzar a transitar mi vida con otra perspectiva? Y probé: me fui al super y compré algunas cosas como para ver que pasaba. Todo me gustó: la leche de avena para tomar el café, el postrecito de chocolate y el pan con mermelada y nada más. Me gustó, pero me faltaba información, me faltaba entender, y a pocos días de lanzarme en un viaje en tren a través de Rusia, Mongolia y China, no podía afrontar este cambio solita y sin información. 

Nos fuimos de viaje y guarde mi transición en la mochila que deje en Niza. Ganas no me faltaban, pero si la certeza de que podía crear y vivir mas allá de la comida tradicional.


El gran desafío: 


Todo fue un desafío en ese viaje: el idioma iba mutando de estación en estación, junto con las costumbres y los husos horarios. Los olores eran diferentes conforme avanzábamos, casi tanto como la religión o la ropa que veíamos pasar al lado. A veces el menú del restaurante era imposible de descifrar, y el mozo por más que se esforzaba no nos entendía. Y cuando decía “sin carne, por favor” su mundo se revolucionaba y caía en pedazos. 


Pero lo logré. Logré alimentarme más allá de las diferencias, logré no sentirme amenazada y hacer una huelga de hambre. En Mongolia descubrí el paraíso vegano que hay en su capital: claaaro, el Budismo como religión prioritaria, sumada a la gran explosión turística a causa del tren, hicieron que haya bares con opciones veganas a diestra y siniestra. Ahí me relaje. ¿Quién iba a pensarlo, no? sinceramente eso no lo había imaginado.



Desayuno en el desierto, Mongolia 2019.


El conflicto más interesante fue cuando llegamos a China. Realmente el mundo tal y como lo conocía dio un vuelco de 360 grados y me enfrenté al desafío más grande que he tenido en los últimos años. No solo el olor a todo es diferente, sino la forma de alimentarse, de moverse, de transitar el mismo sitio era diferente.



Guillin, China 2019. 

En la calle hay puestos de comida por todos lados. Arroz, pescados, bichos encerrados. Colores, olores, ruidos. La comida habla, los carteles hablan, la gente grita, el tofu resulta en un punto insoportable. Hay gente que fuma en lugares cerrados, y están los que se sientan en la vereda y mastican a boca abierta cosas que cuelgan de un palito que podría ser de helado. No hay agua para acompañar tu manjar, sino té. El olor, el olor a tofu negro no puedo borrarlo de le memoria sensitiva que tengo a flor de piel mientras estoy escribiendo.


China 2019.


Tampoco puedo evitar sentir de nuevo el ruidito de las pesuñas de pollo que sacó de una bolsa el señor que se sentó a mi lado en el tren. Todo es diferente, y yo tengo que sobrevivir un mes aquí, vaya uno a saber comiendo qué.



No hay comida china en China: 


Tengo que admitir que creía que iba a gozar como nunca y a nadar en mares de arroz frito con verduritas de estación cuando llegara a China. Pero no señores, no. La comida que aquí tenemos, no es la misma que consume el pueblo en su país de origen. Y yo, gringa ingenua, me deje engañar por mis ganas de replicar mis costumbres y formas de alimentarme en un lugar extraño. 


Ahora entiendo, que viajar es aprender a ser de nuevo. Es desprenderte de tus creencias, de tus formas de ver y vivir el mundo, y entregarte de lleno a transitarlo como lo ven otros. ¿Quién soy yo para querer imponer mi forma frente a ellos? 




Barrio Musulman, Xian, China 2019.


No quedo otra que empezar a ingeniárnosla entre la lluvia de sopas y caldos que olían y sabían diferente a nada que haya probado jamas. ¿Dónde estaba la fiesta de arroz frito y salsa de soja que tanto había esperado? Me costo muchísimo explicar que simplemente quería comer eso, que no quería ver en mi plato ningún tipo de animal flotando. 

Tengo que admitir que ahí era yo el bicho raro. La que pedía platos que no salían fácilmente, la que tenia que hacer señas y suplicar que me entendieran. Pero siempre hubo voluntad de mis anfitriones estrellas: si el primero no me entendía, atrás venían 2 o 3 mas a leer el papelito que el chico del hostel tan amablemente me había escrito para explicarles lo que yo comía.



China 2019.


De a ratos tenia que explicar también que no quería nada picante. Y ahí comenzábamos con otro baile de señas y palabras sin sentido, esforzándonos de todos lados para poder ser comprendidos. Pasábamos a veces 1 o 2 horas caminando, buscando un lugar en el cual yo me sintiera cómoda para poder comer en paz. Es que la cultura alimenticia es tan pero tan diferente, que había lugares a los cuales no podía ni siquiera entrar. 


¿Saben cuando mejoro todo? el día que Mariano descubrió que el lenguaje de los emoticones es universal. Nunca me voy a olvidar de la sonrisa gigante que hicieron las cuatro chicas que estuvieron 40 minutos tratando de atendernos. Mariano agarró el celular y muy astutamente llenó el espacio de mensajes de animales, mientras ellas miraban enardecidas, él empezó a gesticular como si no hubiera un mañana: blandía sus manos y su cabeza hacia los lados, en ese gesto tan particular que en todos lados entendemos y que significa ampliamente “No”. Entre risas, volvió a llenar de verduras el espacio de mensajes, y con un amplio movimiento de cabeza, les dijo que “Si”. Las chinas comenzaron a reirse a carcajadas, y salieron encantadas hacia la cocina, a dar las indicaciones para que la rubia extraña que estaba ahí sentada pudiera comer y ser feliz de una vez.



El día que conseguí mi arrocito en China. 

Gracias a esto pudimos comunicarnos un poquito mejor a diario. ¿Quién se iba a imaginar que a través de los emoticones nos íbamos a entender a pesar de no tener nada que ver? 

El shock de la comida en China fue muy grande; no solo porque no era lo que me esperaba, sino porque no era similar a nada de lo que había visto en otros lugares mientras estuvimos en viaje. No pude transitar hacia el veganismo en este tiempo, claro está, porque haberlo hecho hubiese implicado un cimbronazo de estrés innecesario a mi alma y mi cuerpo. Pero me quedo con la enseñanza más grande que me llevé de China y su inmensidad: no importa de donde vengas o a donde vayas, no importa lo que creas o lo que veas, no importa si te crees mejor o peor que yo, al fin y al cabo lo único que importa es tu voluntad de entender el mundo y comer despacito; disfrutando cada bocado y no dándote un atracón de esos que hacías a escondidas, para evitar que otros te vieran comer. 

El mundo te invita a saborearlo con placer, no hace falta nada más y nada menos que las ganas de hacerlo.



Xian, China 2019.




Shock en Viajes: #8 - La cocinera de Mongolia

13:28

Soko, Mongolia 2019.

A fines de septiembre del 2019, ingresamos al continente asiático por la puerta grande: después de haber recorrido algo mas de 8000km en tren, pude ver desde la ventana de mi camarote cómo el paisaje cambiaba una vez más para dejarme sin aliento mientas el sol comenzaba a ocultarse. 

Llegamos a Mongolia de noche. Tal y como había pasado en la frontera rusa, subieron las chicas con sus perfectos uniformes y labios decorados de un rojo furioso a pedir los pasaporte de todos nosotros, los extraños visitantes. Recuerdo ver a los hombres de botas altas inspeccionar los techos del tren mientras ellas, impolutas, perfectamente bellas, nos interrogaban. Fueron alrededor de 4 horas entre frontera y frontera: nos sellaron la salida de un país para marcar el ingreso al otro. Se bajaron, y con ese bamboleo tan autoritario y sensual, nos dieron la bienvenida a un nuevo mundo.

Cuando abrí los ojos por la mañana ya estábamos por llegar. Salí al pasillo y empece a filmar lo que veía pasar con rapidez: ya no había árboles amontonados, peleando por salir en primer plano en mi fotografía fugaz que luego iba a subir a Instagram, no. Ahora el sol aparecía en la llanura total que caracteriza a Mongolia. Vi por primera vez las yurtas, esas carpas gigantes que son parte trascendental del paisaje. Mi boca quedó entreabierta ante la belleza de la diferencia. Ahora sí, el juego estaba comenzando a entrometerse en mi cabeza danzante de ideas fugaces. Quería más, quería ver y sentir más. La belleza de la diferencia, la cultura abierta, el sentirme tan ajena a todo me hace vibrar y mantener una sonrisa gigante donde algunos elegirían llorar. 



Hola, Mongolia: 

Si hay algo caro en Ulan Bator (la capital de Mongolia) es la noche de hotel. Pasamos los dos primeros días en un hotel cerca del centro, mientras hacíamos los tramites para solicitar la visa de China, y luego encontramos una Guest-house en internet que reunía las condiciones para poder pasar el resto de la semana y aprovechar para ir al desierto. Ademas de ser un lindo lugar, nos permitía no tener que perder tiempo buscando información extra, ya que ellos nos daban el alojamiento, el desayuno, nos guardaban las mochilas y nos organizaron a excursión. Como si fuera poco, también nos llevaron al aeropuerto el día que abandonamos Mongolia para seguir viaje. 

El mundo de la Guest-house es alucinante y chocante, genera una mezcla de sensaciones extrañas para quien no está acostumbrado a la vida en comunidad, porque te obliga a compartir espacio y actividades de otra forma: por ejemplo, una noche me levante para ir al baño, y me di cuenta que la señora que nos esperaba con el desayuno listo a las 7am, estaba durmiendo esa misma noche en el sillón del living comedor. Durante el día ordenaba el espacio comunitario y hasta ofrecía el servicio de lavado. 
Dentro del mismo edificio contaban con dos departamentos, con sus respectivas habitaciones y baños para alojar a estos extraños occidentales que decidían pasar sus días explorando el mundo sin entender bien por qué. 

Nos sentamos con la Madama de la Guest-house a ver que podíamos hacer. Nos ofreció tres tipos de excursiones, con diferentes precios, cantidad de días y medio de transporte. Podíamos irnos al desierto más remoto en una 4x4 o andar una semana a caballo recorriendo lugares inexplorados. 
Por los días que nos quedaban, y porque la verdad no sabíamos si nos íbamos a aguantar los trapos, decidimos ir con otra pareja en una excursión de 4 días a vivir con los nómades. Si bien no íbamos a adentrarnos en Gobbi (que había sido la idea original) podíamos vivir la experiencia completa, y conocernos a nosotros en un ambiente 100% diferente al que veníamos acostumbrados. 

Hasta el infinito y más allá: 

A las 6 de la mañana del día siguiente de haber reservado, nos pasaron a buscar. Finalmente íbamos a viajar solos, porque la otra pareja había decidido adentrarse en el desierto a caballo. Nos subimos a la camioneta con el chofer y nuestra guía. El no hablaba ingles, ella hacia lo que podía. Tuvimos que arreglar el tema de la comida con anterioridad, ya que yo en ese entonces ya no comía carne y necesitaba estar segura de que iba a poder pilotear los días que estaban por llegar. Sin ningún problema, me dijeron que todo iba a funcionar bien. Nos subimos a la camioneta y arrancamos el recorrido con Soko - la guía -  y nuestro amigo el chofer. No recuerdo su nombre, me da mucha pena, pero no logro hacerlo. 




La primer parada fue Hustai National Park, donde hay un gran predio para que los visitantes puedan acampar y miles de especies de animales en libertad. Una de las más atractivas es el caballo de Przewalskii, Takhi es su nombre local, una especie de caballo salvaje que estuvo en peligro de extinción. Estuvimos gran parte del día aquí, caminando y buscando ver a través del entusiasmo de Soko, lo que la belleza de su país tenia para dar. 

Mientras la camioneta avanzaba, apoye la cabeza contra la ventana y me deje llevar; el movimiento suave del andar, el solcito de la tarde y la música perfectamente seleccionada - y propia del lugar - me hicieron entrar en una siesta perfecta y profunda, de esas que te sacuden las penas y te obligan a relajarte y dejarte llevar. Llegamos a destino un rato antes del atardecer, cuando el viento ya estaba soplando fuerte y el sol dejaba de calentar. Estaba fresco, y el paisaje era abrumante. 



En lo alto de la ladera estaba montado el campamento de verano de la familia que nos alojaría; en realidad, lo que quedaba de él, porque ya estaban empezando a trasladarse desierto adentro, entre el abrazo de las montañas que los protegerían de las fuertes nevadas del invierno que estaba por llegar. 

Nos recibió una familia con la que no pudimos comunicarnos más allá de sonrisas y algunos golpecitos de cabeza: la abuela, la nieta y los hijos que veíamos pasar al otro día bien temprano por la mañana. Todos habitaban este mágico lugar. 



Soko nos indico cual seria nuestra yurta, una carpa preparada con 4 camas, una mesa con sillas y una salamandra en el medio. Dejamos la mochila y fuimos a la casa familiar. Solo podíamos ser observadores de la escena: nuestro amigo el chofer se sentó a charlar con nuestros anfitriones. La nieta se sentó frente a su abuela mientras esta cosía en su máquina, y la ayudaba a sostener los retazos de tela que unía sin parar. Había en la carpa otra mujer, quizás una hija, que servía té y nos miraba. Mariano y yo nos sentamos a observar, mientras mi corazón estaba desesperado por hablar, pero no podía hacerlo. No había forma de entablar conversación y conocernos. Soko nos sugirió que entregáramos nuestro regalo (nos dijeron que lleváramos chocolates, y así lo hicimos) y nos fuéramos a relajar. En un rato estaría lista la cena servida en la mesa de nuestro nuevo y momentáneo hogar.

En ese momento empezamos a entender, cuando la vimos a Soko cocinando. Se fue a su carpa, sacó cajas de la camioneta y se puso a cocinar para los 4: nuestro amigo el chofer, ella, Mariano y yo. La familia seguía con su rutina, no compartiríamos este evento tan peculiar. 

En ese momento comprendí por qué no había problema con mi duda sobre comer o no carne: Soko tenia en la camioneta todo lo que nosotros íbamos a comer durante esos días, porque claro, estábamos en un tour privado, y ella además de hacer de guía y amiga, nos iba a cocinar 4 comidas a diario. Nuestro amigo el chofer, que manejaba hasta el cansancio, lavaba los platos cuando terminábamos, y se encargaba de el trabajo pesado. Le decíamos a Soko que queríamos ayudar, que nosotros podíamos hacer algo además de esperar a que ella cocinara, pero con una sonrisa inmensa siempre nos dijo que no, que para eso ella estaba.




Durante los días en el campamento de verano pudimos apreciar el funcionamiento de una familia nómade tradicional. Por la mañana temprano, la hija y la nieta iban a ordeñar las vacas, mientras las cabritas pastoreaban, y una vez que todos terminaban de desayunar, arrancaban a desarmar las carpas para trasladarse una vez más. Cada familia tiene su espacio asignado, y entre esos campamentos se mudan durante el año, de acuerdo a la estación, para acompañar su vida según los caprichos del clima. Además, reciben turistas a diario, y por ese intercambio cada Guest -house o agente les da dinero para subsistir. 

La cocinera de Mongolia: 

Soko cocinaba como los dioses, todo era elaborado por sus manos, rico y abundante, ademas de preparme un plato especial, le ponía amor y voluntad. 
Recuerdo el cruce de miradas desoladas que intercambiamos con Mariano cuando la vimos a Soko empezar a cocinar. Pobres nosotros, ingenuos, que no nos dimos cuenta que habíamos pagado para que nuestra guía sea ademas nuestra cocinera personal. Nos quedamos a su lado de manera constante, porque no encontrábamos la forma de agradecerle lo que hacia con su tiempo, su energía y sus manos. 

Soko integra a nuestras abuelas, nuestras madres, esa parte de nuestra infancia en la que creíamos que la maternidad estaba ligada de manera lineal y obligatoria a la cocina empedernida, a la entrega total y arriesgada. A las 7 de la mañana Soko empezaba a calentar el agua para que tengamos el tecito cuando nos levantáramos, y a las 8 de la noche nos despedía con otro tecito en la mano, mientras se retiraba de la carpa con los platos sucios para que nuestro amigo el chofer pudiera lavar. En ese acto tan servicial, nos adentramos de lleno a la cultura asiática. Y más allá de las diferencias entre las culturas, pude encontrar la similitud que me haría sentirme en casa una vez mas. 

La abuela y su nieta frente a la maquina de coser, una escena que he vivido más de mil veces, mientras mi abuela me hacia los trajes para que pudiera brillar en el escenario cada año. 

Soko cocinando de sol a sombra, otra escena que me es fervientemente familiar, que me dan ganas de salir corriendo y abrazar a mi abuela y mi mamá, ellas que todo lo dieron para alimentarnos, para cuidarnos. Soko nos unió con esa imagen de la infancia que parecía ser parte de una actividad dada de una vez y para siempre, y que con el tiempo y la vorágine de la vida no nos detenemos a pensar. 
Pero ahí estábamos, nosotros ingenuos, creyendo que teníamos que ocuparnos de nuestra comida mientras estemos en el desierto, viendo como Soko, con una sonrisa gigante, se hacia cargo de que sus invitados al mundo Mongol, se llevaran de este encuentro solamente amor y un gran sabor en el gigante paladar. 




Pasamos 4 días increíbles entre animales salvajes en peligro de extinción, nómades, camellos y la inmensidad del desierto. Hicimos caminatas con un suizo que andaba dando vueltas en libertad, y dormimos con unas chicas de Taiwan que no paraban de reirse de lo que pasaba. 

Hice pis en el medio de la nada, y en una letrina improvisada. No me bañé durante los días que duró la experiencia. Comí chocolate y nos miramos con amor con nuestros anfitriones eternos. Nos sentamos al solcito, con el abuelo, mientras la abuela barría la puerta de casa. 




Miramos a Soko cocinar y nos comimos todo lo que nos dio con tanto amor. 
Aprendi, gracias a este shock de amor cultural que conocer a Soko me dio, que la belleza de la diferencia está en entender que no hay nada más allá que equidad. 

Y en esa búsqueda constante me encuentro y recuerdo a diario la mirada de amor de Soko por lo que hacia. Y así logro conciliar el sueño después de este año eterno...










Shock en Viajes: #7 - El sur no era lo que recordaba

13:19

Colonia Suiza, febrero 2020.


Nos fuimos al sur. Llegamos en enero a Buenos Aires sin grandes planes ni muchas ideas en la cabeza de lo que queríamos hacer con nuestra vida. Veníamos de cruzar el mundo en tren, de hacer más de 9000 km atravesando el país más grande del mundo en tren. Veníamos de dormir con los nómadas en el desierto de Mongolia. Mongolia, ¿a quien se le ocurre ir a parar allí?, a mi. 


Veníamos de estar un mes en China, solos, sin poder hablar con nadie en nuestro idioma, ni siquiera en inglés; veníamos de comunicarnos con emojis para que no le pongan carne a mi comida. Veníamos de hacer buceo en Tailandia, algo que nunca estuvo en los planes, pero pasó. Veníamos de allá, de festejar año nuevo con gente que en menos de un mes se convirtió en familia, dentro de un hostel que no sabíamos que existía. Veníamos de allá, de tener una vida libre de todo, vacía de juicios y desierta de prejuicios. Y de repente, aterrizamos en una calurosa Buenos Aires, los dos con la cabeza rapada, como para ver qué pasa. 

Y ahí empezaron las preguntas, esas que sin querer lastimar, lo hacen. ¿Qué vas a hacer? ¿por qué volvieron? ¿qué planes tienen? ¿a dónde van a ir después? ¿Después? ¿después de qué? Todavía estoy tratando de entender qué hago acá, cómo llegué, cómo salí de China y aterricé en Buenos Aires, todavía yo no entiendo qué paso ayer, no puedo responder. 

No puedo responder. Pasaron 6 meses y todavía no puedo. Porque no entiendo. Porque parece que mi vida está fraccionada, que pasaron cosas que no vi, que hay sabores que de a ratos ya no recuerdo. Y me esfuerzo, pero no logro hacerlo. 

En enero comprendí que había algo que logró darme paz, y fue el hecho de cumplir un sueño. Es como si algo adentro mío se hubiese acomodado, como si hubiese llegado mi abuela con su dedal puesto en el dedo gordo derecho, y acomodándose los lentes mientras hilvana el hilo en su dulce aguja de coser, hubiese unido todo aquello que estaba roto en pedazos. Adentro, muy dentro mío. Haber cruzado el mundo en tren, arregló ciertas partes que tenía desparramadas en mi ser. Me dio la tranquilidad que necesitaba, me hizo encontrar cierta paz entre tanto movimiento y traqueteo perdida allá lejos, en Siberia. 

Arde Buenos Aires:

Llegamos a Buenos Aires a comienzos de enero. Mientras nos reencontrábamos con la familia y amistades, empezamos a pensar en cumplir otro sueño: volver al Sur, a la Patagonia, a hacer ese viaje con el que todo esto comenzó. 

Empezamos a darle forma de proyecto a una idea: tener un hostel en el Sur, poder vivir entre lagos y montañas, alejados del ruido y el caos de la gran ciudad, pero cerca de nuestras familias y amistades de origen. Cerca de nuestras raíces. 

Lago Falkner, febrero 2020.


El Sur para mí siempre fue el destino final del viaje, incluso mucho antes de saber cuál iba a ser mi viaje y sin pensar en lo que esto iba a significar. Desde que estaba en la facultad, cuando ni siquiera conocía a Mariano, tenía el deseo y el plan armado: iba a recibirme y me iba a mudar a Bariloche. Total, con un título bajo el brazo y la juventud hecha pedazos, ¿qué podía salir mal? La historia ya la saben: antes de recibirme conocí a Mariano. La historia de amor creció rápido y a pasos agigantados, los años en la facultad fueron más de los que pensaba y en el algún momento mi alma creyó que era mejor lanzarme a las garras del mundo corporativo y olvidarme de mis ganas de vivir en patas tomando mate en el lago y escalar las montañas simplemente porque están ahí. 

En algún momento, la vida y los deberes me hicieron creer que aquello que tanto anhelaba no estaba bien. Pues aquí resulta que ese mandato se equivocó, porque entre tanto taco alto y cartera de rebaja para hacerme la importante, la angustia y la ansiedad se apoderaron de mí, y ya no hubo otra opción, no hubo vuelta atrás. Dejarlo todo para salir a vivir el mundo, era lo que tenía que pasar. Así, sin más. No podía seguir viviendo atascada en Panamericana, haciendo crecer la deuda en mi tarjeta para comprar las carteras que ayuden a apaciguar mi alma angustiada. Simplemente eso no podía ser todo lo que mi vida iba a tener. 

Dos años después volvimos, y nos enfrentamos al deber de nuevo: ¿y ahora que?. Ninguno de los dos sabía qué más hacer, pero al mismo tiempo teníamos la necesidad de irnos al Sur, allá abajo, para encontrarnos con lo que Argentina nos podía ofrecer. El plan estaba prácticamente armado: si todo sale bien, en marzo nos estamos estableciendo en Bariloche o San Martín, mientras nos preparamos para recibir a la primera horda de esquiadores cuando arranque la temporada. 

El plan era perfecto: alquilar una casita que pudiéramos acomodar y decorar, hacer las redes, la página web. Mudarnos con Bea y sentarnos a tomar mate mirando el lago y la montaña, ¿que podía fallar en este impecable plan? 

8 años después: 

Pehuajó, enero 2012


Nos subimos al auto, como hicimos hace 8 años, y salimos rumbo a San Martín, el 26 de febrero. Nos fuimos con el mate y la radio, antes de que salga el sol, para ganarle al tránsito del verano. El trayecto se hizo eterno. Todo aquello que en nuestros recuerdos era un viaje maravilloso en auto, esta vez fue largo y tedioso. Estábamos cansados, y no llegábamos más. Como frutilla del postre, no entendíamos los precios, así que todo nos parecía caro y descuidado. Hay cosas en la ruta que están igual que hace 10 años, ni las puertas del baño de la estación de paso han cambiado. 

Dos días después, llegábamos a San Martín, ¿cómo explicarles que no era lo que recordaba? ¿Tanto puede cambiar la percepción de uno y su lugar en el mundo? ¿Cómo puede ser que no sienta a mi corazón saltar de alegría por haber llegado a mi lugar de sueños? Entraba tierra por la ventilación del auto, mi alergia se agudizaba, pero no me animaba a decir en realidad lo que estaba pensando: no quería vivir allí. 

Colonia Suiza, febrero 2020.


Mariano tampoco decía nada, pero algo nos hacía entender lo que el otro sentía, quizás llega un punto en las relaciones que ya no hace falta hablar para saber lo que pasa, aun no lo se... 

Nos instalamos en nuestro Airbnb con pocas ganas, calladitos y sin mucho entusiasmo, fuimos al super y a caminar un poco por el pueblo, anhelando encontrar esa chispa mágica que estábamos buscando. 

Pasaron unos 15 días desde que llegamos hasta que decidimos irnos de ahí. Durante nuestra estadía nos dedicamos a tener algunas reuniones con inmobiliarias y gente que nos abrió su corazón para contarnos cómo era vivir en el Sur más allá de los sueños que uno podría tener. Tuvimos el lujo de tener incluso la oportunidad de ingresar a un hostel que nos querían vender. Fuimos a la municipalidad más de una vez, nos reunimos a la 1 y a las 3. Vimos casas que podríamos alquilar y mansiones que estaban tan lejos del presupuesto que ni ganas de llorar te dan. 

Hicimos números y nada cerró. Pero lo que nos hizo entrar en razón fue una charla con Daniel, con su simple y acertada recomendación: Daniel nos dijo que hagamos un listado de las cosas, las situaciones que estábamos por definir en esos días. Nos recomendó, ese dulce señor detrás de su olvidado escritorio, que tomemos nota y escribamos en grande lo que queríamos para la vida. Nos dijo con énfasis que remarquemos esos deseos, para que, cuando todo esto pase y la realidad nos despierte 10 años mas allá, no desparramemos culpas en nadie mas. 

Me dejó pensando Don Daniel. Que con toda su experiencia y paz se dio el tiempo de atendernos y extendernos su mano para calmar la ansiedad.

Después de esa reunión, el rumbo del plan tomó otro sentido: me fui al sur buscando un norte, como tantas otras veces lo hemos hecho. Buscando en la inmensidad del lago, ahí donde se cruzan las montañas, la respuesta y el punto final. Pero no había reparado en algo trascendental, no había reparado en el paso del tiempo. Ese monstruo inevitable al que nunca le tuve miedo, pero que me dejó bien en claro que existe, que arrasa y se lleva no solo la edad, sino la energía y los pensamientos. Don Daniel, con su consejo tan evidente, me puso en jaque el juego: el shock mas grande que me lleve en ese viaje, fue el darme cuenta que me fui buscando a la Marina que hace 15 años quería vivir en el sur, perderse entre los árboles del invierno y nadar hasta el fondo del lago en pleno verano.

San Martin de los Andes, febrero 2020.


Lo que entendí después, es que esa Marina ya no está, la transformó el tiempo, el viaje, el desapego. La Paz la encontré en el amor, no en la soledad de la inmensidad que estaba persiguiendo. Don Daniel, con su mate a medio tomar porque ya tenía que cerrar, me ayudó a entender que no puedo pretender ver con mis ojos, sentir con mi cuerpo y vibrar con el alma, lo mismo que ayer.

El sur no era lo que recordaba, y ese encuentro con mi lugar de ensueños me hizo entender que yo tampoco soy lo que recordaba cuando vivía acá. Ese proceso de reencontrarme y reconstruirme que empecé volando hacia el más allá, hoy lo tengo que hacer en el núcleo del dolor conocido; enfrentando fantasmas que vienen y van. Respirando hondo y sabiendo que esto también pasará.

San Martin de los Andes, febrero 2020.


Las cosas no salieron como pensábamos: el Sur ya no es para nosotros ese lugar mágico y lleno de paz al que podemos escapar para respirar y arrancar de nuevo. Nos faltaba movimiento,amistades,esa chispa que te invita a levantarte con ganas de caminar y salir a vivir el mundo. Económicamente tampoco nos resultó redituable, nuestro proyecto se vio truncado y no cerraba por ningún lado. 

¿Qué fue los mas difícil de aceptar? El hecho de que una vez mas, teníamos que barajar y dar nuevo. Lo mas difícil no fue procesar que el Sur ya no era nuestro lugar en el mundo, sino que ahora teníamos que enfrentarnos a la búsqueda del deseo que resulta que tiene que ser constante. Y acá estamos, todavía buscando donde vamos a pasar los próximos años, con una pandemia mundial en el medio del proceso, que nos obligo a centrarnos y buscar bien adentro.

Gracias Don Daniel, me había olvidado del paso del tiempo. Me queda esperar que el mundo sane y se calme, y sanar yo con él para poder seguir adelante.